Spanish poem
Tres Veces, Oh Dalmiro
by Nicolás Fernández de Moratín (1737–1780)
Tres veces, oh Dalmiro, La cítara lesbiana apliqué al pecho Aliviando mi suspiro Al ejercicio usado Con peine ebúrneo y pulso a trizas hecho En lauro coronado Porque te aplauda cuando mi voz cante Con cuerdas lloro el ébano sonante. Y tres veces Timbreo Áurea palabra destilo en mi oído Cogida con deseo Dulcísima y sonora Cual su rayo en mar Índico ha cogido Irisiada concha o nácar erithea Que mansamente el flujo la menea Con aura matutina Y arrullo de los céfiros serenos Y Febo la divina Lira puso cantando Y versos me inspiró de néctar llenos: A cuyo acenia blando Rompen el agua en escuchar conformes Las sacras ninfas del nevado Tormes. Teniendo cairelada Con espadaña junco y verdes ovas Frente de oro crinadas Y el viejo dios del río Dejando allá en sus húmedas alcobas Dosel de plata frío, Salió a escuchar la célica armonía Y en la mano la barba entretenía. Mil gotas destilando Y no (merced a Apolo) te cantaba, Ni marcial, como cuando En la traciona orilla Mueve el Bistonio Marte guerra brava Blandiendo alta cuchilla O la terrible lanza, con violento Impulso y junta la lengueta y cuento. Con hierro engastonado, Y túnica vestida de diamante Ancho escudo embrazado De láminas de bronce, Con sangre rociado de gigante En las esferas once Relinchan sus caballos y al estruendo Del carro tronador, Ebro el horrendo Curso pasó. de esta arte, Con la fulmínea espada hiriendo el viento, No aspiro yo a cantarte Que el vuelo que levanta El águila dircea al firmamento Es corto a empresa tanta Y a Palas y Minerva no es bastante La cítara de Píndaro sonante. Con nuevo y dulce empleo, esparciendo de casia olor sagrado, y cínamo panqueo, mi siempre humilde Musa, como alcarrena abeja al matizado Romeral en confusa Selva amena hizo moradas flores Cantará los suavísimos amores. Que Athenas te ofreciera con lampo de belleza irresistible Cual rayo de la esfera. Dichosa tu hermosura, No solo porque en ti miré asequible Cuanto pudo natura, Mas porque te ensalzó la voz discreta Del divino y grandioso poeta. Que el coro de Helícona Del laurel y arrayán ciñe a su frente, Y rosas la corona. Muchos ha dulces días Que este amor conocieron felizmente. Présagas ansias mías Que el pecho y corazón de quien tiernamente Arde por dentro en resonante llama. No oculta a fiel amigo, A favor de la dulce poesía Él es así testigo De cuanto vibran rayo Los soles que a la ninfa ilustran mía, Cuanto clavel da mayo, Y cuanto incendió al híado oriente Los cerros de oro undoso de su frente. Pero también él sabe Como me dio palabras que ligeras Volaron más que el ave De Jove, por la altura De la etérea mansión: o tú no quieras Con tanta hermosura Que en los melífluos versos de Dalmiro Que el Indio desde el mar honde retiro De la intacta señora Atiende, con plumeros y aljabado, Y el río que colora Su arena, al son se para Resuene tu desdén. ¡Ay que culpado Será, y su saña rara! Y cuanta diosa envía, dará más pía tan celeste y angélica armonía.