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Spanish poem

Noche de dolor en las montañas

by (1832–1907)

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A don Juan Valera

Rugió la tempestad; y yo, entretanto, del monte al pie, la faz sobre la palma vertiendo acerbo inextinguible llanto, quedé en su pena, adormecida mi alma; cuando cesó el sopor de mi quebranto, limpio estaba el azul, el viento en calma... ¡y con asombro y amargura y duelo, alcé mi rostro a contemplar el cielo!...

Sirio radiante sin cesar lucía; Saturno, inmóvil, del cenit miraba la vida universal... La Láctea Vía, que con luz taciturna centellaba y al orbe en ancho círculo envolvía de brillantes escamas, semejaba la infinita, simbólica serpiente que se está devorando eternamente...

¡Cuánto silencio! ¡Oh Dios! ¡Cuánto reposo! ¡Y cuán honda y fatal indiferencia! ¡Cuán extraño ese todo prodigioso es del hombre a la mísera presencia!... ¡Al comprenderlo, un pasmo doloroso penetra y acongoja la conciencia, y en sus abismos íntimos clarea una tremenda e implacable idea!

Gira el mundo en el vasto firmamento con pompa augusta y majestad suprema, y se agita, en acorde movimiento, de los astros sin fin el gran sistema... ¡Y el hombre pasa, alzando su lamento, y de su propio ser con el problema! ¡Sufre y muere!... ¡y no turba su caída el perpetuo banquete de la vida!

Ser inmenso encerrado en su egoísmo parece el universo soberano, o un colosal y ciego mecanismo que gira sin cesar; ¡y el ser humano -el que, entre todos, siéntese a sí mismo-, la arista deleznable, el leve grano, que va a saciar, sin que eludirlo pueda, la actividad de la gigante rueda!

¡Un resorte es, tal vez, de aquella vasta maravillosa máquina divina, mas resorte que sufre! ¡Que se gasta, y que siente su próxima ruina! ¡Ser cuya triste pequeñez contrasta con su instinto que a lo alto se encamina! ¡Que vive un día en cautiverio infando, eterna vida y libertad soñando!

¡Vive! ¡en su mente el doloroso drama llevando de sus propios pensamientos; conjunto extraño, mísera amalgama de opuestos y encontrados elementos; mezcla de sombra y de celeste llama; antítesis de todos los momentos; híbrido ser; en medio a cuanto existe, de la fatalidad víctima triste!

Como el príncipe aquel infortunado de los extraños cuentos orientales, que, en su inferior mitad petrificado, lloraba inmóvil sus eternos males; a la inerte materia encadenado el hombre, así, por vínculos fatales, de las regiones ínfimas del suelo ¡ansioso mira y suspirando el cielo!

Más dichosos, del ángel puro y fuerte no oprime el barro la sustancia aeria; la inmóvil planta, el mineral inerte, son insensible estúpida materia; siente el bruto los males de su suerte, ¡pero no a su dolor y a su miseria da una perpetua y céntuple existencia el cristal refractor de la conciencia!

Sólo él, que se llama el rey egregio de la vasta creación puesto en la cumbre, sólo él recibe el alto privilegio de la razón, con que su noche alumbre; él tiene el pensamiento, signo regio que en su frente refulge, interna lumbre, del Universo misterioso espejo, y de su propio ser sombra y reflejo.

El sol, de eterna majestad vestido, que nace en calma allá en el océano, cuando, como de amor estremecido, palpita y se alza su cerúleo llano; cuando bullente mar de oro fundido su faz semeja; y su vapor liviano flota en los aires, y escalando el monte, desvanece el perfil del horizonte;

cuando, en las altas cúspides quebrados, hieren los dardos de oro las montañas... y de los hondos valles y collados el humo se alza ya de las cabañas; y el distante mugir de los ganados se oye, y la voz de montes y campañas; ¡y de la tierra la anchurosa escena de luz, de vida y de rumor se llena!

Los espumosos rápidos torrentes que, de los montes rudos y sombríos relumbrando en las ásperas vertientes, bajan al valle; los sonoros ríos que, en caprichosos giros refulgentes, por entre bosques, pueblos y plantíos, se pierden en confusa lontananza... ¡como un sueño de amor y de esperanza!

La hora augusta, callada y ardorosa del meridiano universal sosiego, cuando la Tierra extática reposa bajo su blanca túnica de fuego... Las sombras de la tarde misteriosa; de la campana el clamoroso ruego, mientras el sol se oculta paso a paso en las pompas sublimes del ocaso;

Del labrador alegre los cantares, que, más feliz que próceres y reyes, de la diurna faena a sus hogares al paso vuelve de sus tardos bueyes; las voces de las granjas y lagares; el tropel y balido de las greyes que en silencio al redil el pastor guía, a las vislumbres últimas del día;

Venus que asoma rutilante y pura del dudoso crepúsculo entre el velo; la muchedumbre de astros que fulgura en el profundo cóncavo del cielo, mientras cubre aún la tierra sombra oscura. ¡Y el alma siente indefinible anhelo bajo esa inmensa y trémula techumbre de viva, ardiente y fulgorosa lumbre!

¡La aparición de la triunfante luna en el azul más claro del vacío, que con serenos rayos la laguna argenta y la montaña y selva y río... La misteriosa oscuridad que aduna tal vez la noche en su recinto umbrío, mientras del mar en la tiniebla oculto ¡resuenan los gemidos y el tumulto!...

Las nebulosas noches en que vela el firmamento sombra vaporosa, cuando la luna trémula rïela en la mar alterada y tenebrosa, y su argentada rutilante estela sigue el vaivén del onda silenciosa... ¡Y en el alma se eleva, conmovida, como el recuerdo de otra augusta vida!

¡Las montañas inmobles y severas que se reflejan en el hondo lago, cuyo luciente espejo auras ligeras tan sólo agitan, en amante halago; sus ondas que en las plácidas riberas lentas expiran con murmullo vago; los nevados que elevan a lo lejos sus cúpulas de fúlgidos reflejos!...

Los azulados pálidos albores de la aurora en los valles indecisa; el amante susurro de las flores que el soplo inclina de la fresca brisa; de la escondida frente los rumores; de los cielos la fúlgida sonrisa; la blanca nube que en su fondo rueda; la tórtola que gime en la arboleda...

Del panorama espléndido del mundo cada aspecto magnífico y diverso, cada acento sonoro o gemebundo del himno augusto en la creación disperso, de un sentimiento incógnito y profundo llenan su corazón; y al universo estrecha su alma con gigante abrazo, ¡y unirse quiere en perdurable lazo!

¡Perpetuamente contemplar quisiera de la tierra y los cielos la hermosura; y, siguiendo en su rápida carrera a la gloria e inmortal natura, al revolver de la celeste esfera, en éxtasis de amor y de ventura, del éter por las vastas soledades atravesar con ella las edades!

¡De la ley de la muerte vencedora, gozar quisiera de inexhausta vida, sin noche, sin ocaso y sin aurora, sin término, ni valla, ni medida! ¡Y la infinita sed que la devora así saciando, al universo unida, su espíritu fundiéndose en su esencia, abismarse en la cósmica existencia!...

¡Que es la vasta creación, con los fulgores de sus eternos astros, con la orquesta de sus seres, y cantos y rumores... el coro inmenso, la perpetua fiesta entre la cual, la humanidad, de flores marcha ceñida, y a morir dispuesta! ¡Ifigenia inocente y resignada ante ignota deidad sacrificada!

¡Comprende que es inútil su esperanza! ¡Que -blanco de la cólera tremenda del destino implacable o la venganza, o ante su altar propiciatorio ofrenda-, por fuerza oculta arrebatado avanza gimiendo el hombre en la terrestre senda, a cuyo fin le espera silenciosa la universal y sempiterna fosa!...

¡Oh indecible dolor!... ¡Oh desventura eterna, inevitable e infinita! ¡Contradicción fatal! ¡Ley de amargura a nuestra raza mísera prescrita!... Si por doquier a la infeliz criatura su propia y triste condición limita, ¿por qué esta sed que nos devora interna de amor, de vida y venturanza eterna?

¿Por qué esta ansia de espíritu gigante puesta en un ser efímero y mezquino? ¿Por qué este anhelo inmenso e incesante de lo eterno, inmortal y lo divino, si el sueño irrevocable de un instante sólo es la vida que le dio el destino; niebla que en el azul del firmamento veloz agrupa y desvanece el viento?

¡No! Armada de la séptuple coraza de firme voluntad el alma fuerte, el golpe esperarás con que amenaza tu inerme seno la infalible muerte, ¡oh, tú, de Adán desventurada raza, hija desheredada de la suerte! ¡Y le opondrás la calma y la grandeza de tu heroica invencible fortaleza!

De la enemiga tribu prisionero y próximo a sufrir muerte cruenta, atado al tronco el índico guerrero las breves horas de su vida cuenta; inmóvil, silencioso y altanero, no a sus contrarios apiadar intenta; su suerte acepta; y de la turba impía desdeñoso la saña desafía;

en lo pasado engólfase su mente largo tiempo, al rumor que en la enramada forma el viento que le habla tristemente de su selva, su choza y de su amada... Levanta, alabo, la inclinada frente; centellante recorre su mirada de sus verdugos el salvaje coro... ¡y al fin entona un cántico sonoro!

¡Un cántico de muerte y de victoria! ¡Himno a la vez triunfal y plañidero! Que toda encierra la sangrienta historia de sus luchas de guerra en el sendero. ¡Apoteosis de su propia gloria! ¡Consolación de su suplicio fiero! En su labio crispado al fin expira... ¡y el cuerpo entrega a la inflamada pira!

Así ¡oh tú, alma generosa y fuerte que el soplo alienta de viril potencia! aceptar debes de la adversa suerte la injusta cuanto bárbara sentencia; el aspecto cercano de la muerte mirarás con estoica indiferencia; ¡y, al morir, sin flaqueza y sin quebranto, entonarás tu funerario canto!

Y en él dirás: de tus fugaces años, las luchas, los cuidados y dolores, incertidumbres, dudas, desengaños... de la instable fortuna los rigores; de la callada edad los lentos daños; de los seres más caros y mejores la inesperada eterna despedida, que extingue la mitad de nuestra vida.

De invisibles contrarios el asedio en la terrestre encarnizada guerra; la ponzoña letal y sin remedio que allá en su fondo nuestra copa encierra; la creciente congoja y hondo tedio en nuestro triste viaje por la tierra... ¡y aquel amargo y desdeñoso acento, muriendo, arrojarás al firmamento!

¡Del propio crimen que nosotros, reo sufriendo atroz suplicio en la alta roca, no, de Jove, el antiguo Prometeo con viles ruegos la piedad invoca; encadenado el torso giganteo, cerró el silencio del desdén su boca; mas, sublime, lanzó, con frente enhiesta, a la eterna justicia su protesta!

¡Sí! que, al morir, elévese a lo menos el grito de la mísera criatura, y traspasando los etéreos senos, allá resuene en la celeste altura; que en los espacios mudos y serenos eterno vibre su eco de amargura... ¡y que después deshágase y sucumba, y en polvo caiga en ignorada tumba!