Versos Spanish Rosalía de Castro Quisiera, Hermosa Mía

Spanish poem

Quisiera, Hermosa Mía

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Quisiera, hermosa mía, a quien aun más que a Dios amo y venero, ciego creer que este tu amor primero, ser por mi dicha el último podría. Mas... —¡Qué! ¡Gran Dios, lo duda todavía! —¡Oh!, virgen candorosa, ¿por qué no he de dudarlo al ver que muero si aun viviendo también lo dudaría? —Tu sospecha me ofende, y tanto me lastima y me sorprende oírla de tu labio, que pienso llegaría a matarme lo injusto del agravio. —¡A matarla! ¡La hermosa criatura que apenas cuenta quince primaveras...! ¡Nunca...! ¡Vive, mi santa, y no te mueras! —Mi corazón de asombro y dolor llenas. —¡Ah!, siento más tus penas que mis penas. —¿Por qué, pues, me hablas de morir? —¡Dios mío! ¿Por qué ya del sepulcro el viento frío lleva mi nave al ignorado puerto? —¡No puede ser...! Mas oye: ¡vivo o muerto, tú solo y para siempre...! Te lo juro. —No hay por qué jurar; mas si tan bello sueño al fin se cumpliera, sin enojos cerrando en paz los fatigados ojos, fuera a esperarte a mi sepulcro oscuro. Pero... es tan inconstante y tan liviano el flaco y débil corazón humano, que lo pienso, alma mía, y te lo digo, serás feliz más tarde o más temprano. Y en tanto ella llorando protestaba, y él sonriendo, irónico y sombrío, en sus amantes brazos la estrechaba, cantaba un grillo en el vecino muro, y cual mudo testigo, la luna, que en el cielo se elevaba, sobre ambos reflejaba su fulgor siempre casto y siempre amigo.

De polvo y fango nacidos, fango y polvo nos tornamos: ¿por qué, pues, tanto luchamos si hemos de caer vencidos? Cuando esto piensa humilde y temerosa, como tiembla la rosa del viento al soplo airado, tiembla y busca el rincón más ignorado para morir en paz si no dichosa.

Los astros son innúmeros, al cielo no se le encuentra fin, y este pequeño mundo que habitamos, y que parece un punto en el espacio, inmenso es para mí. Después... tantos y tantos cual las arenas del profundo mar, seres que nacen a la vida, y seres que sin parar su rápida carrera, incierta siempre, vienen o se van. Que se van o se mueren, esta duda es en verdad cruel; pero ello es que nos vamos o nos dejan, sin saber si después de separarnos volveremos a hallamos otra vez.

Y como todo al cabo tarde o temprano en este mundo pasa, lo que al principio eterno parecía, dio término a la larga. ¿Le mataron acaso, o es que se ha muerto de suyo aquello que quedará aún vivo? Imposible es saberlo, como nadie sabe al quedar dormido, en qué momento ha aprisionado el sueño sus despiertos sentidos.

¡Que cuándo le ha olvidado! ¿Quién lo recuerda en la mudable vida, ni puede asegurar si es que la herida del viejo amor con otro se ha curado? ¡Transcurrió el tiempo! —inevitable era que transcurriese—, y otro amante vino a hacerse cauteloso su camino por donde el muerto amante ya lo hiciera.

De pronto el corazón con ansia extrema, mezclada a un tiempo de placer y espanto, latió, mientras su labio murmuraba: —¡No, los muertos no vuelven de sus antros...! Él era y no era él, mas su recuerdo, dormido en lo profundo del alma, despertóse con violencia rencoroso y adusto. —No soy yo, ¡pero soy! —murmuró el viento—, y vuelvo, amada mía, desde la eternidad para dejarte ver otra vez mi incrédula sonrisa. —¡Aún has de ser feliz! —te dije un tiempo, cuando me hallaba al borde de la tumba—. Aún has de amar; y tú, con fiero enojo, me respondiste: —¡Nunca! —¡Ah!, ¿del mudable corazón has visto los recónditos pliegues?—, volví a decirte; y tú, llorando a mares, repetiste: —Tú solo, y para siempre. Después, era una noche como aquéllas, y un rayo de la luna, el mismo acaso que a ti y a mí nos alumbró importuno, os alumbraba a entrambos. Cantaba un grillo en el vecino muro, y todo era silencio en la campiña; ¿no te acuerdas, mujer? Yo vine entonces, sombra, remordimiento o pesadilla. Mas tú, engañada recordando al muerto, pero también del vivo enamorada, te olvidaste del cielo y de la tierra y condenaste el alma. Una vez, una sola, aterrada volviste de ti misma, como para sentir mejor la muerte de la sima al caer vuelve la víctima. Y aun entonces, ¡extraño cuanto horrible reflejo del pasado!, el abrazo convulso de tu amante te recordó, mujer, nuestros abrazos. ¡Aún has de ser feliz! —te dije un tiempo y me engañé; no puede serlo quien lleva la traición por guía, y a su sombra mortífera se duerme. —¡Aún has de amar! —te repetí, y amaste, y protector asilo diste, desventurada, a una serpiente en aquel corazón que fuera mío. Emponzoñada estás, odios y penas te acosan y persiguen, y yo casi con lástima contemplo tu pecado y tu mancha irredimibles. ¡Mas, vengativo, al cabo yo te amaba ardientemente, yo te amo todavía! Vuelvo para dejarte ver otra vez mi incrédula sonrisa.