Versos Spanish Rosalía de Castro Una Tarde De Abril, En Que La Tenue

Spanish poem

Una Tarde De Abril, En Que La Tenue

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Una tarde de abril, en que la tenue llovizna triste humedecía en silencio de las desiertas calles las baldosas, mientras en los espacios resonaban las campanas con lentas vibraciones, dime a marchar, huyendo de mi sombra. Bochornoso calor que enerva y rinde, si se cierne en la altura la tormenta, tornara el aire irrespirable y denso. Y el alma ansiosa y anhelante el pecho a impulsos del instinto iban buscando puro aliento en la tierra y en el cielo. Soplo mortal creyérase que había dejado el mundo sin piedad desierto, convirtiendo en sepulcro a Compostela. Que en la santa ciudad, grave y vetusta, no hay rumores que turben importunos la paz ansiada en la apacible siesta.

—¡Cementerio de vivos! —murmuraba yo al cruzar por las plazas silenciosas que otros días de glorias nos recuerdan. ¿Es verdad que hubo aquí nombres famosos, guerreros indomables, grandes almas? ¿Dónde hoy su raza varonil alienta? La airosa puerta de Fonseca, muda, me mostró sus estatuas y relieves primorosos, encanto del artista; y del gran Hospital, la incomparable obra del genio, ante mis tristes ojos en el espacio dibujóse altiva. Después la catedral, palacio místico de atrevidas románicas arcadas, y con su Gloria de bellezas llena, me pareció al mirarla que quería sobre mi frente desplomar, ya en ruinas, de sus torres la mole gigantesca. Volví entonces el rostro, estremecida, hacia donde atrevida se destaca del Cebedeo la celeste imagen, como el alma del mártir, blanca y bella, y vencedora en su caballo airoso, que galopando en triunfo rasga el aire. Y bajo el arco oscuro, en donde eterno del oculto torrente el rumor suena, me deslicé cual corza fugitiva, siempre andando al azar, con aquel paso errante del que busca en donde pueda de sí arrojar el peso de la vida. Atrás quedaba aquella calle adusta, camino de los frailes y los muertos, siempre vacía y misteriosa siempre, con sus manchas de sombra gigantescas y sus claros de luz, que hacen más triste la soledad, y que los ojos hieren. Y en tanto... la llovizna, como todo lo manso, terca, sin cesar regaba campos y plazas, calles y conventos que iluminaba el sol con rayo oblicuo a través de los húmedos vapores, blanquecinos a veces, otras negros.

Ciudad extraña, hermosa y fea a un tiempo, a un tiempo apetecida y detestada, cual ser que nos atrae y nos desdeña: algo hay en ti que apaga el entusiasmo, y del mundo feliz de los ensueños a la aridez de la verdad nos lleva. ¡De la verdad! ¡Del asesino honrado que impasible nos mata y nos entierra! . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . ¡Y yo quería morir! La sin entrañas, sin conmoverse, me mostrara el negro y oculto abismo que a mis pies abrieran; y helándome la sangre, fríamente, de amor y de esperanza me dejara, con sólo un golpe, para siempre huérfana. «¡La gloria es humo! El cielo está tan alto y tan bajos nosotros, que la tierra que nos ha dado volverá a absorbernos. ¡Afanarse y luchar, cuando es el hombre mortal ingrato y nula la victoria! ¿Por qué, aunque haya Dios, vence el infierno?» Así del dolor víctima, el espíritu se rebelaba contra cielo y tierra... mientras mi pie inseguro caminaba; cuando de par en par vi abierto el templo, de fieles despoblado, y donde apenas su resplandor las lámparas lanzaban.

Majestad de los templos, mi alma femenina te siente, como siente las maternas dulzuras, las inquietudes vagas, las ternuras secretas y el temor a lo oculto tras de la inmensa altura. ¡Oh, majestad sagrada! En nuestra húmeda tierra más grande eres y augusta que en donde el sol ardiente inquieta con sus rayos vivísimos las sombras que al pie de los altares oran, velan o duermen. Bajo las anchas bóvedas, mis pasos silenciosos resonaron con eco armonioso y pausado, cual resuena en la gruta la gota cristalina que lenta se desprende sobre el verdoso charco. Y aun más que los acentos del órgano y la música sagrada, conmovióme aquel silencio místico que llenaba el espacio de indefinidas notas, tan sólo perceptibles al conturbado espíritu. Del incienso y la cera el acusado aroma que impregnaba la atmósfera que allí se respiraba, no sé por qué, de pronto, despertó en mis sentidos de tiempos más dichosos reminiscencias largas. Y mi mirada inquieta, cual buscando refugio para el alma, que sola luchaba entre tinieblas, recorrió los altares, esperando que acaso algún rayo celeste brillase al fin en ella. Y... ¡no fue vano empeño ni ilusión engañosa! Suave, tibia, pálida la luz rasgó la bruma y penetró en el templo, cual entre la alegría de súbito en el pecho que las penas anublan. ¡Ya yo no estaba sola! En armonioso grupo, como visión soñada, se dibujó en el aire de un ángel y una santa el contorno divino, que en un nimbo envolvía vago el sol de la tarde. Aquel candor, aquellos delicados perfiles de celestial belleza, y la inmortal sonrisa que hace entreabrir los labios del dulce mensajero mientras contempla el rostro de la virgen dormida en el sueño del éxtasis, y en cuya frente casta se transparenta el fuego del amor puro y santo, más ardiente y más hondo que todos los amores que pudo abrigar nunca el corazón humano; aquel grupo que deja absorto el pensamiento, que impresiona el espíritu y asombra la mirada, me hirió calladamente, como hiere los ojos cegados por la noche la blanca luz del alba. Todo cuanto en mí había de pasión y ternura, de entusiasmo ferviente y gloriosos empeños, ante el sueño admirable que realizó el artista, volviendo a tomar vida, resucitó en mi pecho. Sentí otra vez el fuego que ilumina y que crea los secretos anhelos, los amores sin nombre, que como al arpa eólica el viento, al alma arranca sus notas más vibrantes, sus más dulces canciones. Y orando y bendiciendo al que es todo hermosura, se dobló mi rodilla, mi frente se inclinó ante Él, y conturbada, exclamé de repente: «¡Hay arte! ¡Hay poesía...! Debe haber cielo. ¡Hay Dios!»