Versos Spanish Ruđer Bošković El anhelo de la patria

Spanish poem

El anhelo de la patria

by (1711–1787)

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¡Ilíricas montañas! ¡De Ragusa Altos muros queridos! ¡Aire que recibiste de mi infancia Los primeros vagidos!

¡Cuándo ¡ah! cuándo será que torne á veros, Yo que en extraño clima Envejecí, y en las amadas puertas Mis ósculos imprima?

Figúrome que voy sobre las olas Adriáticas; que invoco Propicios á los vientos; que la patria Orilla miro y toco.

Ya siete veces se mostró ceñido De espigas el verano, Y siete veces con su bruma y hielos Pasó el invierno cano,

Desde que Roma, la ciudad de Marte, En su cerco me encierra, Desposeído del materno halago De la ilírica tierra.

¡Ay! si del techo que abrigó mi cuna Pude espacio tan luengo Permanecer ausente, ¡desdichado! De bronce el alma tengo.

¡Partí! Ni el padre anciano, ni la amante Madre y la tierna hermana Mi pecho enternecieron, insensible Como de tigre hircana.

También, climas buscando más geniales, De aquí la golondrina Se aleja, y largo derrotero emprende, Alada peregrina.

Mas cuando vuelve el Zéfiro, y las flores Brotan, su dulce nido Torna ella á visitar, de algún añoso Madero suspendido.

También Medea, cuando huyó empapada En sangre del hermano, Del ofendido genitor temiendo La justiciera mano,

A Colcos muchas veces del camino Los ojos revolvía, Y ¡Adiós! dijo con lágrimas amargas, ¡Adiós, oh patria mía!

No, no hice yo á mi patria insulto impío, Ni ya de mi linaje Los manes profané con pacto aleve Ni vedado hospedaje;

Ni la paterna sangre derramando Horror puse á las fieras. Ni de selladas urnas la ceniza Di á torpes hechiceras.

¿Mas de qué sirve mi inocencia, cuando Dejé, de amor desnudo, Los padres, el hogar, y cuanto objeto Ser dulce al hombre pudo?

Cual roca duro fuí. ¡Piedad benigna. Antigua habitadora Del pecho humano! ¡Ingénitos afectos! Tornad, tornad ahora.

Reblandeced un corazón que grato Ya vuestro influjo siente, Y del llanto, en el ánima agostada. Volved á abrir la fuente.

Mi voto cumpliré. Del Adria bravo Iré sobre las ondas: ¡Poned, poned del impaciente leño Las velas más redondas!

¡Roma, quédate á Dios! Tiempo sobrado, Voluntario proscrito Te conocí: deber y amor me llaman Con imperioso grito.

Tus cóleras depón, Padre Nereo, Y adormido reciba Tu seno al viajador que inclina el rumbo A la costa nativa.

Glauco de escollos me liberte, y salva La prora se deslice; Con sedoso plumón aura lasciva El manso golfo rice.

Nadando vayan coros de Nereidas En torno de mi nave, Y el azulado Palemón la empuje Con ímpetu suave.

Si hórrido temporal entenebrece Con cerrazón de plomo El piélago alterado, y rutas borra Sobre su crespo lomo,

Pediré á otro elemento desusada Senda, y los mares mismos Se admirarán cuando bogar me vean En etéreos abismos.

Que no tú solo, Dédalo atrevido, Dejarás á la historia Del poder que hasta el cielo á un hombre eleva, Admirable memoria.

Dédalo, es fama, entre las mallas preso De ciego laberinto. Del amor de la patria estimulado Por el seguro instinto,

Juntó livianas arrancadas plumas, Y con mano industriosa Las teje, y á sus hombros las aplica, Y alzarse en ellas osa.

Igual amor rae impulsa: él prodigioso Me vestirá sus alas, Y delante henderá, fuerte remero, Las cristalinas salas,

Cual lanzándose el ave de la copa Del más erguido pino, Dirige los polluelos inexpertos Por líquido camino.

Y no habré de pararme en el espacio A contemplar radiosas Constelaciones, el Dragón luciente, Erígone y las Osas.

Deja atrás, si te place, al que te guía, Ícaro, y sigue solo; Con las ruedas ignívomas compite Del inflamado Apolo.

Entanto, á do risueña se aparece La ilírica ribera. Allá declinaré, raudo volando En dirección certera.

Y alzando yo á mirar, y al ver que subes Más y más en tu vuelo. Diré: ¡Prefiero los paternos lares Al estrellado cielo!