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Canto a la Argentina — IX (Belgrano te saluda y San…)
by Rubén Darío
Belgrano te saluda y San Martín y el mundo americano. El alma latina te decora con la palma que anuncia el porvenir fecundo, y una guirnalda fresca y blanca, color de aurora.
Pues tú fuiste aquel fuerte que se reposó un día después de los horrores terribles de la guerra, hallando en los amores de la santa Armonía la esencia más preciosa del zumo de la tierra.
En el dintel de Horacio y en la dantesca sombra, te vieron las atentas generaciones, alto, fiel al divino origen del Dios que no se nombra, desentrañando en oro y esculpiendo en basalto.
Y para mí, Maestro, tu vasta gloria es ésa: amar los hechos fugaces de la hora, sobre la ciencia a ciegas, sobre la historia espesa, la eterna Poesía más clara que la aurora.
Cuando, cual los centauros de metopas y estampas, ibas en un revuelo de tempestad marcial, bravo generalísimo, jinete de las pampas, envuelto ya en el alba de un futuro real,
quizás te acompañaba, junto al corcel guerrero, la musa de tus años en flor; quizás entonces pensabas en los épicos exámetros de Homero, sublimes como mármoles y eternos como bronces.
Y luego ya en tus horas de Néstor Argentino, sintiendo en ti la fuerza que las edades doma, te acompañaba el soplo del rudo Gibelino y Flacco te traía sus músicas de Roma.
Supiste que en el mundo los odios, la mentira, los celos, las crueles insidias, los espantos, se esfuman ante el alma celeste de la Lira que puebla el universo de estrellas y de cantos.
¡Gloria a ti sobre el sistro antiguo y sobre el parche que ha sonado con duelo a tu fúnebre paso! ¡Gloria sobre el ejército que en lo futuro marche con los ojos en ti como en sol sin ocaso!
¡Gloria a ti que a Catón y a Marco Aurelio hubiste rimando versos que eran siempre de cosas puras, pues las Gracias brindaron a tu espíritu, triste de pensar, los diamantes de sus minas obscuras!
¡Gloria a ti que en tu tierra, fragante como un nido, rumorosa como una colmena y agitada como un mar, ofrendaste, vencedor del olvido, paladín y poeta, un lauro y una espada!
¡Gloria a ti, pensativo de los grandes momentos, para traer el triunfo del instante oportuno, o cuando hechos relámpagos iban tus pensamientos vibrando en tus vibrantes arengas de tribuno!
¡Ya tu imagen el útil del estatuario copia; ya el porvenir te nimba con un eterno rayo; las líricas victorias vierten su cornucopia, la Fama el clarín alza que dora el sol de Mayo!
¡Gloria a ti que, provecto como el destino plugo, la ancianidad tuviste más límpida y más bella; tu enorme catafalco fuera el de Víctor Hugo, si hubiera en Buenos Aires un Arco de la Estrella!
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