Versos Spanish Vicente Piedrahíta El poeta

Spanish poem

El poeta

by (1833–1878)

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Dedica esta composición al cantor del Pico de Teide, Fernando Velarde, su admirador y amigo Vicente Piedrahíta

Nor second He, that rode sublime upon the seraph wings to Ecstasy, the secrets of the abysse to spy, He pass'd the flaming bounds of place and time: the living Throne, the sapphire blaze where angels tremble while thy gaze, He saw...

Gray.

I

Te dio aquilón su ráfaga tonante, su furibunda turbulencia el mar, la cascada su salto de gigante, el abismo su trazo colosal.

Te dio su hervir el Cotopaxi horrendo, el flamígero rayo su fragor, el terremoto su ímpetu tremendo, la trompeta final su vibración.

El águila su vuelo y osadía, su elevación espléndida el zenit, el universo entero su armonía, su aspiración divina el querubín.

Te dio el caos sus sombras misteriosas, sus arcanos la augusta eternidad, el serafín sus alas fulgurosas, y el mismo Dios su soplo germinal.

II

Grandioso genio, portentoso atleta, cuando revienta en tu robusto seno de tus pasiones el sublime trueno ¿dó no retumba su potente voz? Cuando maldices a la tierra impía y escarneces al hombre corrompido ¿quién no escucha en tu acento dolorido del cielo la terrible maldición?

Cuando te elevas cual cometa ardiente, y rápido el espacio luminoso atraviesas en giro esplendoroso ¿quién no se siente arrebatar de ti? ¿Cuándo en las crestas de soberbios montes tu vuelo agitas, águila altanera, y allá en la cumbre donde el rayo impera cantas del mundo el grande porvenir?

Sus senos te abre la creación inmensa, su lenguaje te enseña misterioso, y la tiara y el báculo precioso de supremo pontífice te da; y el himno sacro del amor entonas, y escucha Dios tu cántico propicio, y víctima y altar y sacrificio le ofrece en ti la ingrata humanidad.

Fúnebres sombras en el alma llevas pero a tu paso se reanima todo; la suerte dones te negó y del lodo perlas sacas de incógnito primor. Al través del crespón de los pesares tu augusta frente vívida radía: ¡misteriosa y sublime sinfonía en las tumbas del lúgubre panteón!

Quizá la injusta sociedad te befa y en ti el Señor la sociedad bendice, la corrupción nefanda te maldice y te ofreces por ella en redención. El hombre imbécil de tu amor divino se burla torpe, de tu ardiente anhelo, y cual nube esplendente sube al cielo el incienso inefable de tu amor.

III

¡Hijo de la tormenta! Cuando asorda la tempestad la atmósfera inflamada, cuando tiembla la tierra consternada y el rayo miras a tu frente arder; cuando contemplas, cual fantasma horrendo levantarse la nube altitonante, cual infernal dragón amenazante, cual la sombra terrible de Luzbel.

Cuando el océano turbulento brama y horrisonante hierve furibundo, como hierve el infierno tremebundo al soplo de la cólera de Dios; cuando parece que los orbes todos en cataclismo universal perecen, y las tinieblas y el espanto crecen, y es un inmensa abismo la creación;

tu espíritu más grande se sublima y vuela audaz de la tormenta al seno, tu voz retumba con la voz del trueno, con el rayo fulgura tu mirar; y al fragor de los vientos encontrados, y al ímpetu veloz del torbellino, en un carro de nubes el camino vas siguiendo del rápido huracán.

Y tu alma llena la extensión del cielo, y cree abarcar la inmensidad sombría, y el mundo, en tu ardimiento y osadía, en tus manos quisieras sostener; y nada entonces sobre ti se eleva, ningún mirar a tu mirar alcanza, ninguna fuerza iguala tu pujanza, ningún saber supera tu saber.

Y oyes, acaso, entre el estruendo rudo, de la música eterna los acentos, del infierno los míseros lamentos y el terrible anatema de Jehová. Y acaso entre las nubes tormentosas al inmenso tu espíritu sorprende cuando su soplo la borrasca enciende y fulgura en tremenda majestad.

Y mientras tiemblan las feroces bestias en sus lóbregas grutas escondidas, tú sientes de entusiasmo estremecidas tus entrañas al grito de aquilón; y no te aterra el general bramido, que atruenan más tu pecho las pasiones; no te aterran los negros nubarrones que es más negro y furioso tu dolor.

Y no te espanta el formidable rayo porque es un rayo divinal tu mente, porque arde tu cabeza incandescente con el fuego vivifico de Dios. Y más sacude tu ansiedad terrible tu corazón, en incesante guerra que los pinos robustos de la sierra del volcán la espantosa convulsión.

IV

¡Alma de la armonía! ¡engendro hermoso de la luz, el amor y la belleza! A tu soplo feraz naturaleza vida y galas ostenta por doquier. Y en tus manos derrama sus tesoros, en tu frente su rica lozanía, en tu cantar su blanda melodía, y en tu aliento el perfume del Edén.

Y con su manto espléndido te viste, y con su brillo tu semblante dora, te da el concierto de la gaya aurora, del sol la augusta pompa en el zenit; el suspiro armonioso de la tarde, de la noche serena la tristura, sus beleños de plácida ventura, su cielo de diamantes y zafir.

Y eres entonces corazón y vida de la creación, espíritu fecundo, lengua sonora y férvida del mundo, del canto universal el diapasón; suprema inteligencia, alma infinita, que la extensión abarcas, y el vacío en tu ardiente y sublime desvarío, lo pueblas con tu aliento engendrador.

V

¡Oh, quién alcanza a comprenderte nunca cuando la excelsa inspiración te abrasa! Mil veces necio el que conciba tasa a tu rica, sin par fecundidad. ¿Quién pudiera seguir tu fantasía en su vuelo magnífico, esplendente, cuando soporta su agitada frente el peso entero de la inmensidad?

¿Quién tus arranques comprender pudiera, tus soberbias, bellísimas creaciones, que giran rutilantes a millones en el espacio inmenso de tu ser? ¿Tus criaturas de esencias inmortales en ignorados goces embriagadas, por un sol perennal iluminadas en jardines más bellos que el Edén?

¡Oh! en tu arrebato sin igual, sublime, del universo músico inspirado, su brillante y magnífico teclado sacudes con poético furor; y unísonos sus ámbitos resuenan con prolongada augusta sinfonía, y en solemne inefable melodía se inebria tu ambicioso corazón.

Pero, siempre insaciable, encuentras débil la concertada voz del Universo, que más te exalta tu robusto verso que el canto acorde de Universos mil; y más grandes conciertos anhelando te transportas audaz al firmamento, y al son allí del místico concento haces también tus cánticos oír.

Y en medio de seráficas falanges del Excelso penetras al santuario, y del ángel tomando el incensario el incienso le ofreces de tu amor. Y cual gran sacerdote de los hombres, de sus negras miserias condolido, de majestad sagrada revestido te ofreces por el mundo en oblación.

Y acepta Dios tu noble sacrificio; la paz y amor y bendición y vida descienden a la tierra redimida de su horrible delito de impiedad. Y tú también de tu piedad en premio con la visión beatífica alumbrado, de la aureola del justo circundado desciendes como enviado celestial.

Y ministro supremo del Altísimo, su gloria, su bondad, su omnipotencia, predicas con la bíblica elocuencia al obcecado mundo con fervor. Y del lóbrego abismo en que ahora yace la pobre especie humana sumergida, de su blasón divino destituida, en sacrílega guerra con su Dios.

Tú, encumbrarla pretendes esforzado de la virtud, del bien a la eminencia, do resplandezca su inmortal esencia y se ostente en su plena magnitud; y libre, sabia y opulenta verla, su alta misión de progresar llenando, uniforme y segura caminando al templo de la excelsa beatitud.

Y el hombre con el hombre para siempre, y con la tierra el cielo poderoso, del amor con el vínculo precioso estrechar en sublime comunión. Mas ¡ay! pocos, quizá, pocos comprenden tu idioma aquí, celeste peregrino, y sigues solitario tu camino cargando el peso enorme del dolor.

Mientras, allá, la humanidad prosigue corriendo en su demencia furibunda, y ora sube, ora baja, ora se inunda en las amargas ondas de la mar; ora blasfema de su Dios impía, ora menguados númenes inciensa, ora lo arrasa todo, ora comienza de nuevo, arrepentida, a edificar.

VI

En este valle mísero de llanto, en este áspero, inmundo, estéril suelo, las puras flores que te diera el cielo las ves ¡ay! tristemente marchitar. ¡Ay! en tu pecho por tu mal encierras un inmenso tesoro de ternura que filtra, gota a gota, la amargura hasta tu ardiente corazón ahogar.

Hizo Dios de tu alma un foco hirviente de exquisito y grandioso sentimiento, y el amor infinito por sustento a tu existencia borrascosa dio. Y para amar con férvido entusiasmo la libertad, la gloria y la grandeza, para adorar la púdica belleza, tu generoso corazón formó.

Hermosas, puras, tímidas mujeres con fascinantes atractivos viste, y en ellas ver en tu ilusión creíste los ministros seráficos de Dios. Y las amaste con febril delirio, con ciega fe, con entusiasmo santo, e hirvió en tu pecho el inspirado canto, y alborozado el mundo te escuchó.

Y arrebatado de placer y gloria, en inefables goces inebriado, hallar pensaste al mundo transportado el celestial, inmarcesible Edén. Y realizados tus ensueños de oro, cuando pintó tu rica fantasía, el ideal que formó tu poesía en su ascensión hasta el Supremo Ser.

Mas ¡ay! que en vez de tu pasión sublime el infame comercio hallaste solo; tras la mentida candidez el dolo, bajo el velo modesto del pudor... ¡Silencio!...¡sí! que allá el infierno diga lo que resiste a proferir mi lengua, que es honrar la verdad, si causa mengua, hundirla en el silencio del dolor...

Genio divino desterrado al mundo, tu alimento en la tierra es la amargura, incesante buscando la luz pura de tu perdida patria celestial. Son tus gemidos vibraciones lúgubres que al harpa eterna del pesar exhala; ningún tormento tu tormento iguala, no hay ansiedad igual a tu ansiedad.

Tus lágrimas destilan cuando lloras la vivífica savia de tu vida, y te deja una fibra consumida cada histérico ¡ay! desgarrador. Te devora tu misma inteligencia, tu inspiración aumenta tus pesares, y en tus más tiernos plácidos cantares a pedazos se va tu corazón.

Mas, yergue altivo la soberbia frente y el generoso corazón alienta, que allá el grandioso porvenir ostenta sus refulgentes senos para ti. Y espíritu inmortal, siempre animando los hombres que vendrán, tu pensamiento, resonará tu poderoso acento de la edad postrimera hasta el confín.

Quito, a 15 de octubre de 1855.