Spanish poem
A eco
«Infeliz enamorado, de la ciudad el estruendo vengo solitario huyendo a este triste despoblado, donde tú solo a mi acento y alto gemido doliente, respondes con balbuciente lengua sonora de viento; repitiendo la postrera sílaba de cuanto digo, como invisible testigo, que remedándome fuera. Y como en su soledad compañía necesita mi alma a quien decir su cuita, cual histórica verdad a admitir mi fantasía la hermosa fábula llega que de ti fingió la griega risueña Mitología. Ni te reputo ya un vano compuesto de aire y sonido, sino un errante afligido viviente espíritu humano. Sí, tú fuiste ninfa bella de locuaz habla ingeniosa, a quien de Jove la esposa privó para siempre de ella, cuando, yendo de su infiel esposo en busca, su curso detuvo tu hábil discurso, mientras se escapaba él. Mas tu desdicha mayor no fue tan dura mudez; que el que en eterna niñez vive, crudísimo Amor, tu pecho acertó a prender en la beldad de Narciso, del que a sí mismo se quiso, como un hombre a una mujer, cuando por la vez primera, de una fuente en el cristal, terso espejo natural, vio su figura hechicera. En mirarse embebecido, con clavado inmóvil pie, al cabo trocado fue en la flor de su apellido: Del Olimpo vengador justo con digno castigo al rigor que usó contigo y con el vulgo amador. ¡A cuántas ninfas y cuántas robado la paz había, que iban en pos noche y día de sus adoradas plantas! Mas lo que en ti su desaire en ninfa ninguna pudo, que te adelgazó el agudo dolor trocote en aire. Desde entonces moradora eres de las soledades, de Narciso las crueldades lamentando a cada hora. Por la voz tan solo viva, con rubor eternamente huyendo vas de la gente, de todo consorcio esquiva. Y, si alguien con pie veloz por alcanzarte se afana, siempre igualmente lejana oye tu imperfecta voz. Pero tus pasos detén a mi ruego; sólo intento contigo hablar un momento, quizá por tu propio bien. Que, si mis penas crüeles, ninfa infeliz, escuchares, de tus antiguos pesares podrá ser que te consueles. «Como tú, yo amo también, y a una bella el alma di, como Narciso a ti, me paga a mí con desdén. Como tu ingrato doncel, de sí misma enamorada, de la turba no se apiada en idolatrarla fiel. Y a su constante rigor no es escarmiento y aviso el ejemplo de Narciso trocado, por vano, en flor. Ni, ya que esquive la dura pena del que amó su imagen, teme que los años ajen y marchiten su hermosura; que cual si toda la vida debiera ser bella y moza, simple no aprovecha y goza su risueña edad florida.» Así lamenta sus males un desdichado mancebo, a quien paga hermosa dama con desvíos sus obsequios; y a sus lastimeros ayes con humano triste acento, como de oírle apiadada, sólo tú respondes, Eco.
(1859)