Versos Spanish Clemente Althaus A la felicidad

Spanish poem

A la felicidad

by

Listen in the reader

Yo vi que no eran tu mansión mis lares, amada entre las Diosas, y por ti surqué extranjeros procelosos mares, y apartadas regiones recorrí. Y cada orilla que tocó mi prora con labio ansioso preguntar me oyó: ¿Aquí, decidme, la Ventura mora? Mas ¡ay! doquier me respondieron: ¡no! Id más allá: no mereció este suelo que su áurea planta se imprimiera en él: y sin cesar su arrebatado vuelo sigue de playa en playa mi bajel. Y nunca abordo a la feliz ribera donde me digan: La encontraste ya: antes hiere mi oído donde quiera ese eterno terrible ¡más allá! Así del mundo infante en el misterio, anhelando tu asilo encantador, las islas de Fortuna y el hesperio jardín buscaba el hombre soñador. Mas, viendo que en las playas no resides de su natal Mediterráneo mar, mas allá de los términos de Alcides tus islas bellas se lanzó a buscar. Y en el remoto piélago de Atlante intrépido guïando su timón, una siempre, esperando más distante el fugitivo umbral de tu mansión. Y en el vasto Pacífico océano, tras siglos largos, penetró también; pero, sus playas recorriendo en vano, no halló en ninguna el suspirado Edén. Mas siempre en lo ignorado todavía su fe cifraba y su ilusión tenaz; y más lejos, más lejos repetía, y nunca daba a su carrera paz. Holló comarcas donde reina sólo de eterno estío el implacable ardor, y hasta los hielos últimos del polo lanzó el audaz bajel explorador. Y hoy que el nativo globo descubierto por donde quiera el desdichado ve, ¿A qué mar, se pregunta, y a qué puerto para encontrar a la Ventura iré? Mas, aunque nunca a poseerte alcanza, y a todos ve su decepción común, no se rinde y fallece su esperanza, y persevera su deseo aún. Que otra playa lo queda donde vaya de tu hermosura misteriosa en pos, y es la del cielo esa postrera playa adonde puso tu morada Dios. Gozando allí lo que región alguna le dio del mundo, encontrará por fin las islas verdaderas de Fortuna, de las Hesperias el rëal jardín. y sois vosotras esas islas bellas donde el hombre infeliz ha de abordar, refulgentes altísimas estrellas, doradas islas del celeste mar.

(1866)