Spanish poem
A Lima
El que perdidos para siempre gima el contento del alma y el reposo, vuele a tu seno, deleitosa Lima, y s ser en breve tornará dichoso. Tú, cual palacio de potente maga, virtud encierras de sin par dulzura, que cicatriza la más honda llaga y la dolencia más antigua cura. Tú a memorias acerbas y tenaces la paz concedes del sabroso olvido, y entre divinas ilusiones haces mecerse el corazón adormecido. De su patria al recuerdo lastimero, como yo al tuyo, con dolor no inunda en lágrimas su rostro el extranjero, que tú eres a su amor patria segunda. Y si te deja al fin, jamás olvida tus blandos usos, tu vivir ameno, y la noble dulcísima acogida que le brindó tu hospitalario seno. No hay hora en que tu mágica hermosura a mi amante memoria no sonría, que en la luz viva que tu sol fulgura resplandecer parece la Alegría. Y tu aire puro, tu apacible viento parece, en vuelo perezoso y leve, ser del Placer el deleitoso aliento donde el anhelo del placer se bebe. Jamás viste al relámpago temido tu cielo iluminar, siempre sereno; ni nunca, oh Lima, resonó en tu oído la ronca voz del pavoroso trueno. Ni te hirió con flamígera saeta del cielo vengador la justa saña; la tempestad tu atmósfera no inquieta ni en sus sonantes piélagos te haría. Tan sólo el Alba nacarada y fría, sacudiendo sus húmedos cabellos, en líquidos diamantes te rocía y blando aljófar que destilan ellos. No amortaja jamás escarcha o nieve tus verdes campos, ni el Invierno frío a penetrar tus términos se atreve, también cerrados al ardiente Estío. Y cual del hombre en la mansión primera, hoy a tal patria por su culpa extraño, para ti la florida Primavera es la perpetua juventud del Año. Sin tempestad que al navegante asombre, el Pacífico mar a ti vecino, conforme siempre con su dulce nombre, semeja inmenso lago cristalino. Nunca más tarde en ti raya la Aurora, ni más temprano se despide el Día, ni a su claro enemigo breve hora logra nunca usurpar la Noche umbría, si es bien que llames Noche la que aduna toda de estrellas la infinita hueste, a quien preside incomparable luna, nuevo sol de la bóveda celeste. Para ornarte el cabello, tus jardines bellas flores tributan a millares, y adornan tus espléndidos festines los frutos más sabrosos y manjares. Y si la Peste, que te envía ajena playa, tu sano cristalino ambiente con su aliento mortífero envenena, el cielo rara vez se lo consiente; y en ti la fuerza y el furor declina que ciudades despuebla en tiempo breve, que el ver tu gracia y tu beldad divina a piedad casi y a perdón la mueve. Fecunda madre de beldades eres, que la Fama doquier canta y pregona, y rinden a tus mágicas mujeres las bellas Gëorgianas la corona. ¿Qué pecho habrá tan recatado y duro que la preciosa libertad redima de sus ojos que al Sol dejan oscuro, de la gracia sin par que las anima? ¿Y quién habrá que se resista esquivo, y quién habrá que se rehúse ingrato al inefable agrado y atractivo de su halagüeño cariñoso trato? Ni helada nieve, ni insensible peña son del que abrasan al gemir doliente; cuanto hermosa es sensible la Limeña, y si amores inspira, amores siente. Y así en tu clima voluptuoso y blando que a siempre amar el corazón convida, ya entre amores eternos resbalando el sueño deleitoso de la vida. Y para ti las Horas indolentes se encadenan en danzas amorosas, enguirnaldando sus risueñas frentes blancos jazmines y purpúreas rosas. Al ocio, cual las árabes novelas, son tus antiguas tradiciones gratas, y al viajero suspendes y consuelas con las dulces leyendas que relatas. La flor de España, la feliz Sevilla por secular proverbio decantada, a ti la frente coronada humilla, con sus hermanas Cádiz y Granada. Al largo cielo en fin eres deudora de tal beldad y gracias hechiceras, que de toda ciudad reina y señora y verdadero Paraíso fueras, si el odiado sonante Terremoto tal vez no fuese a visitar tu suelo: tu sola plaga, y humillante coto que poner quiso a tu soberbia el Cielo. Pasa a veces veloz cual amenaza, como del cielo saludable aviso, soltar haciendo del placer la taza a tu trémula mano de improviso; Con pecho helado, a tu indecisa planta sonar escuchas su rumor profundo, que al mundo de los vivos se levanta como la voz del subterráneo mundo. Y en el rugido de tu horrendo azote breves instantes tu pavor respeta acentos de inspirado sacerdote, terribles amenazas de profeta. Y una vez y otra tu perenne fiesta vuelve a turbar, y aunque tu enmienda tarda, otra vez y otras ciento te amonesta, y largamente tu mudanza aguarda. Ministro en fin de la implacable Muerte, y de las iras férvidas divinas, con vuelo menos raudo te convierte en vasto campo de hacinadas ruinas. ¡Bella hermana de Nápoles que, siendo rico jardín del suelo Italïano, yace a las plantas del volean tremendo que sepultó a Pompeya y Herculano; con igual riesgo y el olvido mismo, al arrullo de cantos seductores, duermes al borde de un profundo abismo cubierto, todo de verdor y flores!
(1862)