Spanish poem
La mujer con quien yo me casaría
Pues no hay pariente ni amigo que, de mis penas testigo, no me repita el consejo de que, antes que llegase a viejo, busque el conyugal abrigo, respondo a todos al par: mañana voy al altar, si por mujer me dais una que en sí las prendas reúna que comienzo a enumerar. Es lo primero que anhelo, que la adorne virtud tanta, que no se encuentre en el suelo mujer más honesta y santa, ni ángel más puro en el cielo; por que del peligro así que siempre expuesto vi al que escoge buena cara su virtud me asegurara, ni hubiera celos en mí. Que deseo, lo segundo, que de una hermosura sea como nunca vi en el mundo, mas siempre llevé su idea del alma en lo más profundo. Es una belleza tal, tan maravilloso tipo, tan inefable idëal, que, mirándolo anticipo la ventura celestial. Tras esto, en ella deseara recto juicio, razón clara, lozana imaginación, gusto de fineza rara y no vulgar instrucción. Que, aún más casta que Lucrecia, y más bella que una Diosa, a la larga no se aprecia y nos es pronto enfadosa la que es ignorante y necia. Mas, al desear que supiera algo más que la cartilla, líbreme Dios de que fuera, vana Marisabidilla e importuna bachillera. Pero juzgaréis olvido, cuando tantas cosas pido, el que no pida riqueza, que es por donde siempre empieza, el que aspira a ser marido. Pues bien: sabed que, aunque pobre, rica mujer no codicio, y como beldad le sobre, virtud, talento y jüicio, aunque no tenga ni cobre. Y así, amigos, prescindiendo del metal que el alma humilla, es bien que os siga diciendo todo lo que hallar pretendo en mi futura costilla. Quiero que mucho me quiera, mas que no sea celosa; que jamás me oculte cosa, y que de mí nada inquiera, aunque mujer no curiosa: que sea de genio blando, y dócil como una pasta: ¿a qué os estáis asustando de lo mucho que demando? Pues todavía no basta. Porque consentir no puedo que tenga la suerte negra viva a la madre, pues miedo, como a mi amigo Quevedo, me da hasta el nombre de suegra. Tampoco, quiero cuñado: buscádmela sin pariente, si queréis que tome estado, pues quisiera estar casado con mi mujer solamente. Quiero que teja y que cosa como Aracne primorosa, y que, igualando el pincel, copie con aguja fiel la naturaleza hermosa. Que baile cual Salomé, cante como un serafín, toque ¿como quién diré? y que no haya gracia en fin de que adornada no esté. Pero tanto requisito. que pide mi ansia avarienta es muy largo para escrito, y fuera seguir la cuenta proceder en infinito. Y por que versos acorte mi musa, ya tan prolija, diré en fin que la consorte, de mis ilusiones hija, y de mis deseos norte, la que ansié desde la cuna, las perfecciones aduna de cuantas bellas serán son y han sido desde Adán, sin imperfección ninguna. No os riáis, al verme así pintaros con frenesí el bello imposible mío, porque yo mismo de mí antes que nadie me río. Que bien conozco, bien veo que sería menester, para encontrar la mujer que me pinta mi deseo, el que la mandara hacer, que en este bajo lugar, en mundo tan imperfecto, es locura desëar, como virtud sin defecto, hermosura sin lunar. Si entre inmenso vulgo insano, en plazas y calles llenas de inútil número humano, el gran Cínico de Atenas un hombre buscaba en vano; no espero, que mi ansia eterna, aún teniendo su linterna, del un polo al otro polo, como aquél un hombre solo, sola una mujer discierna. Y a la que busco no topa la más constante porfía entre la femínea tropa de Asia, de África, de Europa, de América y de Oceanía. Y, si quieres hallar una tan extremada y completa, puedes, iluso poeta, irla a buscar a la luna o a más lejano planeta. A mil millones quizá de leguas lejos de acá, en Aldebaran o en Sirio, el portento se hallará que busca aquí tu delirio. Y pues tan perfecta esposa pretende tu desvarío, resuélvete a que en tu losa escriban: Aquí reposa uno que sólo fue tío. ¡Oh dichoso Pigmalión, tú que anudaste himeneo con la rara perfección, hija fiel de tu deseo y de tu imaginación! ¿Hay escultor que le forme a esta alma que sola gime una hermosura sublime, a mi deseo conforme, y luego un dios me la anime? Pero tan sólo podría, copiando mi fantasía, dar cuerpo mi propia mano al objeto soberano de mi ciega idolatría. Fuera el genio más valiente a creármela impotente, en tan alto extremo bella; si otra mano, si otra mente me la forman, ya no es ella. Mas dado caso que hubiera en esta tan baja esfera criatura tan cabal, faltaba lo principal, y es que ella a mí me quisiera. Ella, que eclipsara a Elena, yo (el espejo me condena) que de Paris disto tanto; ella tan pura y tan buena, Yo... ¡qué contraste, Dios santo! Himeneo de tal suerte la unión simbolizaría del pesar con la alegría, de la vida con la muerte, de la noche con el día. ¿Quién pues posible creyó que tal hembra iba a querer a tal hombre como yo? Aunque, como al fin mujer, quizá no dijera: no. Y, como además sería, aunque tan bella, hija mía, o le cuadre o no le cuadre, por gratitud amaría y por deber a su padre.
(1863)