Spanish poem
La poesía y el poeta
A mi querido amigo Federico Parra
No mayor dignidad le cabe al hombre que el alto sacerdocio del poeta, ni hay grandeza que al mundo más asombre ni a quien más gloria el porvenir prometa: mas no merece tan augusto nombre quien sólo a rima y número sujeta vanas frases que halagan el oído, mas desnudas de espíritu y sentido. No, no es del vate el inspirado acento vago murmurio que fugaz recrea, como el que dan los árboles al viento que con su blando soplo los menea; infunde siempre un noble sentimiento, enseña siempre una sublime idea, y el alto nombre de poeta miente quien no enloquece corazón y mente. ¡Oh chusma que, importuna y vocinglera, oprobio siempre y deshonor has sido de la prole de Apolo verdadera, usurpando el clarísimo apellido: sal del santuario venerando fuera do vano suena de tu voz el ruido, y en él deja que libre se dilate el conceptuoso cántico del vate. ¿Quién mejor con tal canto no se siente y enamorado de lo grande y bueno? ¿Quién no desprende corazón y mente de lo caduco, frágil y terreno? ¿Qué frío corazón tan indolente habrá, y al entusiasmo tan ajeno, a quien propio sentir no enseñe cuánto puede en las almas la virtud del canto? ¿Qué alma tan pusilánime y cobarde, al escuchar los himnos de Tirteo, no se siente mayor, e indócil arde de morir por la patria en el deseo? Si hago, al leerlos, de valor alarde y si los riesgos de la lid no veo, aún hoy que tanta edad de ellos me aparta, ¡cuál inflamaron la triunfante Esparta! Cuál fue del vate el ministerio, dilo dilo tú, culta y elegante Atenas, que temblabas de Sófocles y Esquilo en las terribles trágicas escenas: aún hoy las almas, do durmió tranquilo el crimen, de terror despiertan llenas, la pena al ver con que la suma diestra hiere a Edipo, y nefanda Clitemnestra. Bien cumpliste tan santo ministerio, tú que de los misérrimos precitos nos descubres el lóbrego misterio, y eco nos traes de sus roncos gritos; tú retratas en el negro Imperio de Italia las discordias y delitos, y aun de los vivos a tan fieras penas los traidores espíritus condenas. Visitas luego el temporal infierno, de donde no está ausente la esperanza, y, guía hallando más amado y tierno, tras él tu vuelo rápido se lanza a la morada del reposo eterno y de la sempiterna bienandanza; y, si la patria te cerró sus puertas, ves las del cielo en su lugar abiertas. Tu gran virtud y firme resistencia del llamado extranjero a la venida las causas son, que el mundo reverencia, de aquel destierro en que acabó tu vida; pues, atinque, al cabo te brindó Florencia su materna mansión apetecida, desdeñó tanta dicha tu entereza a precio conseguir de una bajeza. Que no envilece el pan de los destierros al adalid de la Justicia santa, ni le amedrentan lóbregos encierros, ni el sangriento patíbulo le espanta; al ronco son de eslabonalos hierros, la dulce libertad celebra y canta, y clamar «libertad» escucha el mundo a su trémulo labio moribundo. No siempre habita el vate en el santuario, que, de los malos y del mal azote, en campos lidia, y del feroz contrario legiones postra de su lanza al bote; como la edad pasada vio al Templario ser a un tiempo guerrero y sacerdote, la poesía, si su ser no vicia, es siempre sacerdocio y es milicia. Mas, aunque su alto ministerio es doble, y vibra a veces armas homicidas, al pecho pío, generoso y noble es más grato que abrir cerrar heridas; si derriba tal vez gigante roble, mas veces alza plantas abatidas, y de la dura tempestad preserva la caña débil y la humilde yerba. Sublime celestial consoladora, de mil secretos poseedora maga, el llanto enjuga del que a solas llora y desencona la más viva llaga; al que un recuerdo perennal devora con el licor de olvido ella embriaga, y es la celeste solitaria amiga de aquel que nada a la existencia liga. Sí, quiso Dios que de la humana gente fuese el poeta corazón gigante, común conciencia, labio y voz viviente, que, como Homero, Shakespeare y Dante, cuanto, piensa el mortal y cuanto siente en el idioma de los Dioses cante; idioma que artificio no remeda, y el vulgo, entiende sin que hablarle pueda. No estudio enseña, ni tenaz desvelo o de arte vanas leyes al profano el dulce idioma que aprendió en el cielo el vate, de los ángeles hermano: de mil y mil el temerario anhelo tenaz demanda, pero siempre en vano, una mirada plácida y risueña del inflexible Dios que los desdeña. Con mano caprichosa cuanto avara, entre los hombres ese dios reparte la facultad maravillosa y rara que es del canto inmortal la mayor parte: mas quiso que prudente sujetara al alado corcel freno del arte, cuando más raudo e impetuoso vuela, del Numen acosado por la espuela. Ufano el vate y a los cielos grato de cuanto al cielo y a sí mismo debe en el arte adquirido y estro innato, no vive solo en esta vida breve: mira agitarse en vértigo insensato para morir como olvidada plebe, para pasar cual fugitiva sombra, esos que grandes el engaño nombra. Tú a quien la sangre ensalza o el dinero, y a quien un bien no tuyo el pecho ufana, depón el ceño, en vano tan severo, y tu ufanía y tu soberbia insana; que de todo ese brillo pasajero ni aún el recuerdo quedará mañana, cuando del que hoy desdeña tu altiveza segunda vida en el sepulcro empieza. Y tú, monarca altivo, en cuyas sienes el oro en ricos lazos se eslabona, breve y tasada la existencia tienes; no salva del olvido la corona: no envidia el vate tus mentidos bienes, y tu frágil diadema no ambiciona, cuerdo juzgando por mayor decoro de laurel la corona que la de oro. Vanamente en los términos estrechos del sepulcro se encierra la ceniza de aquel que cría a sus fecundos pechos la inspiradora celestial Nodriza: mas no a sí solo, que los altos hechos canta de los demás e inmortaliza; y eterna vida, como el vate, alcanza quien merece del vate la alabanza. Que al fatídico labio del poeta la pregonera Fama da que aliente su resonante mágica trompeta, que a otros ningunos embocar consiente; su voz el Tiempo vencedor respeta, y a mil voces y mil irreverente, hace que al fondo del olvido bajen, y las desnuda de sonante imagen. La voz del vate solitaria suena en los silencios de la edad remota; ninguna edad es al poeta ajena, y es de todos los pueblos compatriota; sin él de humanidad la gran cadena fuera por siglos o distancias rota; él un clima a otro clima, raza a raza y a lo pasado lo futuro enlaza. Es el Olvido un silencioso, oscuro, soñoliento, vastísimo océano, donde naufragan por destino duro las muchedumbres del linaje humano: tan solo el vate en su bajel seguro alarga a pocos salvadora mano, y los lleva por piélago tan muerto de eterna Gloria al refulgente puerto. ¿Quién, sino fuera por la eterna Iliada, supiera el nombre del airado Aquiles? Bajado hubiera al seno de la nada, como la turba de guerreros viles; mas la meonia trompa, no su espada, le hace vivir innúmeros abriles, y que le envidie el Macedonio fiero, ansiando a sus hazañas otro Homero. Hundida en vano en la profunda huesa por la diestra infalible de la Parca, eterna vive la beldad francesa en los cantos divinos del Petrarca: su dulce nombre de sonar no cesa por cuanto alumbra el sol y el mar abarca, que, flor de una mañana, la hermosura sólo en los cantos del poeta dura. Mas ¡ay! ingrato mundo, tú no sabes con cuán profundas penas y crüeles, y desengaños e infortunios graves compra el noble poeta sus laureles: para que tú le admires y le alabes su labio apura del dolor las hieles, y las que te deleitan dulces notas, pedazos son de sus entrañas rotas. La aleve Envidia, la Calumnia artera, el velar noche y día en el volumen donde vivir, tras de su muerte, espera, la inaccesible perfección, del numen la abrasadora inextinguible hoguera, al poeta fatigan y consumen; y el furor sacro que jamás se calma le enferma el cuerpo y le devora el alma. Nuevas penas padece en cada hora, que exceden toda humana recompensa, aquella alma sensible y pensadora, que ya padece, cuando siente o piensa: a la nocturna antorcha brilladora, que con la clara luz que nos dispensa va lenta consumiéndose a sí propia, el noble vate en su destino copia. Y a males tantos su desdicha agrega ver que rehúsa a su inspirada frente tal vez la patria idolatrada ciega el premiador laurel resplandeciente: mas tu recuerdo su dolor sosiega, futura edad, siempre a su fe presente, que la injusticia de esta edad reparas, ¡y al Genio eriges inmortales aras!