Versos Spanish Andrés Bello Carta

Spanish poem

Carta

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Es fuerza que te diga, caro Olmedo, que del dulce solaz destitüido de tu tierna amistad, vivir no puedo.

¡Mal haya ese París tan divertido, y todas sus famosas fruslerías, que a soledad me tienen reducido!

¡Mal rayo abrase, amén, sus Tullerías, y mala peste en sus teatros haga sonar, en vez de amores, letanías!

Y, cual suele el palacio de una maga, a la virtud de superior conjuro, toda esa pompa en humo se deshaga.

Y tú, al abrir los ojos, no en oscuro aposento, entre sábanas fragantes, te encuentres, blando alumno de Epicuro;

Sino, cual paladín de los que errantes de yermo en yermo, abandonando el nido patrio, iban a caza de gigantes.

Te halles al raso, a tu sabor tendido, rodeado de cardos y dejaras, cantándote una rana a cada oído.

Y suspirando entonces por las caras ondas del Guayas (Guayaquil un día, antes que al héroe de Junín cantaras),

Digas: «¡Oh! venturosa patria mía, ¿quién me trajo a vivir do todo es hecho de antojos, de embeleco y de falsía?

A Londres de esta vez, me voy derecho, donde, aunque no me aguarda el beso amante de mi Virginia, ni el paterno techo,

Me aguarda una alma fiel, veraz, constante, que al verme sentirá más alegría de la que me descubra en el semblante.

Con él esperaré que llegue el día de dar la vuelta a mi nativo suelo, y a los abrazos de la esposa mía;

Y mientras tanto bien me otorga el cielo, ¡oh Musas! ¡oh amistad! a mis pesares en vuestros goces hallaré consuelo».

Ven, ven, ¡ingrato Olmedo! ¡Así los mares favorables te allanen su ancha espalda, cuando a tu bella patria retornares;

Y cuanta fresca rosa la esmeralda matiza de sus campos florecidos, Guayaquil entreteja a tu guirnalda;

Y a recibirte salgan los queridos amigos con cantares de alegría, por cien bocas y ciento repetidos!

Ven, y de nuestra dulce poesía al apacible y delicioso culto, vuelva ya tu inspirada fantasía.

Otro se goce en el feroz tumulto de la batalla y la sangrienta gloria, a la llorosa humanidad insulto;

Otro encomiende a la tenaz memoria de antiguos y modernos la doctrina, de absurdos y verdades pepitoria;

mientras otro que ciego se imagina en sólidos objetos ocupado, y también a su modo desatina,

intereses calcule desvelado, y por telas del Támesis o el indo, cambie el metal de nuestro suelo amado.

Te manda el cielo que el laurel del Pindo trasplantes a los climas de occidente, do crece el ananás y el tamarindo;

do en nieves rebozada alza la frente el jayán de los Andes, y la vía abre ya a nuevos hados nueva gente.

¡Feliz, oh Musa, al que miraste pía cuando a la nueva luz recién nacido los tiernezuelos párpados abría!

No llega nunca al pecho embebecido en la visión de la ideal belleza de insensatas contiendas el rüido.

El Niño Amor la lira le adereza; y díctanle cantares inocentes virtud, humanidad, naturaleza.

Huye el loco tumulto de las gentes; y a los dolores que codicia irrita, prefiere el campo, y árboles, y fuentes.

O por mejor decir, un mundo habita suyo, donde más bello el suelo y rico la edad feliz del oro resucita;

donde no se conoce esteva o pico, y vive mansa gente en leda holgura, vistiendo aún el pastoral pellico;

ni halló jamás cabida la perjura fe, la codicia o la ambición tirana, que nacida al imperio se figura;

ni a la plebe deslumbra, insulsa y vana, de la extranjera seda el atavío, con que tal vez el crimen se engalana;

ni se obedece intruso poderío, que, ora promulga leyes, y ora anula, siendo la ley suprema su albedrío;

ni al patriotismo el interés simula, que hoy a la libertad himnos entona, y mañana al poder, sumiso, adula;

ni victorioso capitán pregona lides que por la patria ha sustentado, y en galardón le pide la corona.

¡Oh! ¡cuánto de este mundo afortunado el fango inmundo en que yacemos dista, para destierro a la virtud criado!

Huyamos dél, huyamos do a la vista no ponga horror y asombro tanta escena que al bien nacido corazón contrista.

¿Ves cómo en nuestra patria desenfrena sus furias la ambición, y al cuello exento forjando está otra vez servil cadena?

¿No gimes de mirar cuál lleva el viento tantos ardientes votos, sangre tanta, cuatro lustros de horror y asolamiento,

Campos de destrucción que al orbe espanta, miseria y luto y orfandad llorosa, que en vano al cielo su clamor levanta?

Como el niño inocente, que la hermosa fábrica ve del iris, que a la esfera sube, esmaltado de jacinto y rosa,

Y en su demanda va por la pradera, y cuando cree llegar, y a la encantada aparición poner la mano espera,

Huye el prestigio aéreo, y la burlada vista le busca por el aire puro, y su error reconoce avergonzada;

Así yo a nuestra patria me figuro que, en pos del bien que imaginó, se lanza, y cuando cree que aquel feliz futuro

de paz y gloria y libertad alcanza, la ilusión se deshace en un momento, y ve que es un delirio su esperanza;

fingido bien que ansioso el pensamiento pensaba asir, y aéreo espectro apaña, luz a los ojos y a las manos viento.

Huyamos, pues, a do las auras baña de alma serenidad lumbre dichosa, que, si ella engaña, dulcemente engaña;

y este triste velar por la sabrosa ilusión permutemos, que se sueña en los floridos antros de tu diosa.

dame la mano; y sobre la ardua peña donde el sagrado alcázar se sublima, podrán dejar mis pies alguna seña;

mas ¡ay! en vano mi flaqueza anima tu vuelo audaz, que, al fatigado aliento, pone pavor la levantada cima.

Sigue con generoso atrevimiento a do te aguarda, en medio el alto coro de las alegres Musas, digno asiento.

Ya para recibirte su canoro concento se suspende, y la armonía de las acordes nueve liras de oro.

Y llegas, y te sientas, y Talía, que al áureo cinto arregazó la falda, la copa te presenta de ambrosía.

Y ciñe tu cabeza con guirnalda de siempre verde lauro que matiza purpúrea flor, y azul, y roja, y gualda.

Y luego que las cuerdas armoniza, el coro celestial en nuevo canto celebra tu llegada, y solemniza.

«Alma eterna del mundo, numen santo, tutela del Perú (cantan ahora, y su onda Castalia enfrena en tanto),

«Envía sin cesar luz bienhechora, que cesó de tu tierra la rüina, y libre ves al pueblo que te adora.

«La libertad, amable peregrina, su templo allí plantó; y allí su llama hermosa arde otra vez, pura y divina.

«Y en todos sus oráculos proclama que al Magdalena y al Rimac turbioso ya sobre el Tíber y el Garona ama».

A encontrar vuela el himno melodioso, la hueste de los vates inmortales, el cielo, el agua, el viento, el bosque umbroso;

Y vestida de diáfanos cendales, ocupa el aire en torno al Inca santo bella visión de cándidos cristales que con etérea voz repite el canto.