Spanish poem
Las Fantasmas. Imitación De Las Orientales De Víctor Hugo
by Andrés Bello
¡Ah, qué de marchitas rosas en su primera mañana! ¡Ah, qué de niñas donosas muertas en edad temprana! Mezclados lleva el carro de la muerte al viejo, al niño, al delicado, al fuerte. Forzoso es que el prado en flor rinda su alegre esperanza a la hoz del segador; es forzoso que la danza en el gozo fugaz de los festines huelle los azahares y jazmines; Que, huyendo de valle en valle, sus ondas la fuente apure; y que el relámpago estalle, y un solo momento dure; y el vendaval que perdonó a la zarza la fresca pompa del almendro esparza. El giro fatal no cesa: la aurora anuncia el ocaso. En torno a espléndida mesa, jovial turba empina el vaso; unos apenas gustan, y ya salen; pocos hay que en el postre se regalen.
¡Murieron, murieron mil! la rosada y la morena; la de la forma gentil; la de la voz de sirena; la que ufana brilló; la que otro ornato no usó jamás que el virginal recato. Una, apoyada la frente en la macilenta palma, mira al suelo tristemente; y al fin rompe al cuerpo el alma; como el jilguero, cuando oyó el reclamo, quiebra, al tomar el vuelo, un débil ramo. Otra, en un nombre querido, con loca fiebre delira; otra acaba, cual gemido lánguido de eolia lira, que el viento pulsa; o plácida fallece, cual sonriendo un niño se adormece. ¡Todas nacidas apenas, y ya cadáveres fríos!... palomas, de mimos llenas, y de hechiceros desvíos; primavera del mundo, apetecida gala de amor, encanto de la vida. ¿Y nada dejó la huesa? ¿ni una voz? ¿ni una mirada? ¿tanta llama, hecha pavesa? ¿y tanta flor, deshojada? ¡Adiós! huyamos a la amiga sombra de anciano bosque; pisaré la alfombra De secas hojas, que crujan bajo mi pie vagoroso Fantasmas se me dibujan entre el ramaje frondoso; a incierta luz siguiendo voy su huella, y de sus ojos la vivaz centella. ¿He sido ya polvo yerto, y mi sombra despertó? ¿Cómo ellas estoy yo muerto? ¿O ellas vivas, como yo? Yo la mano les doy entre las ralas calles del bosque; ellas a mí sus alas; y a su forma vaga, etérea, mi pensamiento se amolda... A do, meciendo funérea colgadura, el sauce entolda un blanco mármol, de tropel se lanzan; y en baja voz me dicen: ¡ven!... y danzan. Vanse luego paso a paso por la selva, y de repente desparecen... Yo repaso la visión acá en mi mente, y lo que entre los hombres ver solía, reproduce otra vez la fantasía.
¡Una entre todas!... tan clara la bella efigie, el semblante me recuerdo, que jurara estarla viendo delante: crespas madejas de oro su cabello; rosada faz; alabastrino cuello; albo seno, que palpita con inocentes suspiros; ojos, que el júbilo agita, azules como zafiros; y la celeste diáfana aureola que en sus quince a las niñas arrebola. Nunca en su pecho el ardor de un liviano afecto, cupo; no supo jamás de amor, aunque inspirarlo sí supo. Y si cuantos la ven, la llaman bella, nadie al oído se lo dice a ella. El baile fue su pasión, y costole caro asaz: deslumbradora ilusión, que pasatiempo y solaz a todo pecho juvenil ofrece; pero el de Lola embriaga y enloquece. Todavía, cuando pasa sobre su sepulcro alguna nube de cándida gasa, que hace fiestas a la luna, o el mirto que lo cubre el viento mece, rebulle su ceniza y se estremece. La circular se le envía, que para el baile la empeña; y si piensa en él de día, en él a la noche sueña; vuélanle en derredor regocijadas visiones de danzantes, silfos y hadas; y la cercan plumas, blondas, canastillas y bandejas, mué de caprichosas ondas, crespón, de que las abejas pudieran hacerse alas; cintas, flores, tocas de formas mil, de mil colores.
Ya llega... los elegantes le hacen rueda; luce el rico bordado; en los albos guantes se abre y cierra el abanico. Ya da principio la anhelada fiesta: y sus cien voces desplegó la orquesta. ¡Qué ágil salta o se desliza! ¡Qué movimiento agraciado! Sus ojos, bajo la riza crencha del pelo dorado, brillan, como dos astros en la ceja de luz que el sol en el ocaso deja. Todo en ella es travesura, juego, donaire, alegría, inocencia... En una oscura, solitaria galería, yo, que los grupos móviles miraba, a Lola pensativo contemplaba... Pensativo... caviloso... y triste no sé si diga; en el baile bullicioso, el loco placer hostiga; enturbia el tedio la delicia, y rueda impuro polvo en túnicas de seda. Lola, en la festiva tropa, va, viene, revuelve, gira: ¡valse! ¡cuadrilla! ¡galopa! no descansa, no respira; seguir no es dado el fugitivo vuelo del lindo pie, que apenas toca el suelo. Flautas, violines, violones, alegre canto, reflejos de arañas y de blandones, de lámparas y de espejos; flores, perfumes, joyas, tules, rasos, grato rumor de voces y de pasos, toda la exalta; la sala multiplica los sentidos. No sabe el pie si resbala sobre cristales pulidos, o sobre nube rápida se empine, o en agitadas olas remoline.
¡De día ya!... ¿Cuánto tarda la hora que al placer da fin? Lola en el umbral aguarda por la capa de satín; y bajo la delgada mantellina, cuela alevosa el aura matutina. ¡Ah! ¡que triste tornaboda! Risas, placeres, ¡adiós! ¡Adiós, arreos de moda! Al canto sigue la tos; al baile, ardor febril que la desvela, dolor que punza, y respirar que anhela; y a la fresca tez rosada la cárdena sigue luego; y la pupila empañada a la pupila de fuego. Murió... ¡la alegre! ¡la gentil! ¡la pura! ¡la amada!... el baile abrió su sepultura. Murió... la muerte la arranca del abrazo maternal —último abrazo— y la blanca vestidura funeral le pone, en vez del traje de la fiesta, y es en un ataúd donde la acuesta. Un vaso de flores lleno guarda la escogida flor, que prendida llevó al seno; y aún conserva su color: cogiola en el jardín su mano hermosa, y se marchitará sobre su losa. ¡Pobre madre! ¡Qué distante de adivinar su fortuna, cuando la arrullaba infante, cuando la meció en la cuna, y con solicitud, con ansia tanta, miró crecer aquella tierna planta! ¿Para qué?... Su amor, su Lola, cebo del gusano inmundo, amarilla, muda, sola, en un retrete profundo duerme; y si en clara noche del hibierno, interrumpe la luna el sueño eterno, Y a solemnizar la queda los difuntos se levantan, y en la apartada arboleda fúnebres endechas cantan; en vez de madre, un descarnado y triste espectro al tocador de Lola asiste. «Hora es, dice, date prisa»; y abriendo los pavorosos labios con yerta sonrisa, pasa los dedos nudosos de la descomunal mano de hielo sobre las ondas del dorado pelo; y luego la besa ufano; y de mustia adormidera la enguirnalda; y de la mano, la conduce a do la espera, saltando entre las tumbas, coro aerio, a la pálida luz del cementerio, y tras un alto laurel la luna su faz recata, sirviéndole de dosel nubes con franjas de plata, que el iris de la noche en torno ciñe, y de colores opalinos tiñe.
¡Niñas! no el placer os tiente, que víctima tanta inmola; mas tened, tened presente a la malograda Lola; la compañera hermosa, amable, honesta, arrebatada al mundo en una fiesta. Cercada estaba de amores, gracia, beldad, lozanía, y de todas estas flores una guirnalda tejía; y cuando en matizarla se divierte, a esta dulce labor da fin la muerte.