Spanish poem
Mientras Afuera El Sol De Enero Brilla
by Andrés Bello
Mientras afuera el sol de enero brilla, en la cerrada alcoba el caballero duerme; y de congojosa pesadilla atormentado gime. El candelero lanza una llama trémula, amarilla, agonizante, y lanza ya el postrero rayo en la faz que interna angustia altera, y en la desordenada cabellera. Se le figura que su cara hija, ya en el griñón cautivos los cabellos, una tierna mirada le dirija, hinchados de llorar los ojos bellos. Los brazos le echa en torno; y ella, fija su vista en la del padre, afirma en ellos la lánguida cerviz. A la inocente víctima va a besar la blanca frente ¡Fiera trasformación! La rubicunda color de sus mejillas hondas huye; arde en los ojos una luz profunda; las cuencas tinte cárdeno circuye. No llora ya. Los brazos furibunda le opone; el beso paternal rehuye; y a los labios poniéndose un nudoso dedo, le dice en baja voz: «¡Mi esposo!... «¿Qué hay en este dictado que te asombre? El de mi corazón tiene las llaves... llaves que poseer no es dado al hombre. Mi esposo, sí, mi esposo eterno... ¿Sabes a quién me desposaste? Oye su nombre: ¡desesperacïón! Mira los graves grillos y la cadena que me agobia; éstos son los arreos de la novia». Huye el espectro lívido, lanzando mezcladas con gemidos maldiciones, y alzado el rostro al cielo, exclama, dando un grito de dolor: «¡No le perdones!» Vuelve a otro lado el infeliz, temblando, y al son de plañideros esquilones lenta, enlutada procesión advierte, y oye entonar el himno de la muerte. «¡Qué!... ¡ya difunta!... ¡mi Isabel!... ¡mi hermosa! Iré a besar su tumba». Fray Facundo sale a su encuentro en forma pavorosa: «Los pasos vuelve atrás. Profano, inmundo aun el paterno llanto es a la losa de la velada virgen. Para el mundo años ha falleció. Muerta ni viva sueltan estas paredes su cautiva». Negra capa de coro al franciscano los anchos lomos cubre; y se agiganta de manera su cuerpo, que al humano es dos veces igual, y aún le adelanta. Descomunal hisopo tiene en mano, y airado sobre Azagra lo levanta, como si no tan sólo agua bendita quisiera darle. Don Gregorio grita. Sueña que el hisopazo del robusto reverendo el testuz le descalabra; y como sacudido con el susto de la visión tamaños ojos abra, de Cunefate ve el cercano busto, el cual, sin proferir una palabra, con rostro imperturbable le propina la acostumbrada taza matutina. «¡Qué noche! ¡qué mortal desasosiego! ¡qué sueño horrible!», don Gregorio exclama. Incorporose, no sin pena; y luego arrójase otra vez sobre la cama desfallecido. En sus entrañas, fuego febril rápidamente se derrama, que sus fuerzas consume. Cunefate se llevó silencioso el chocolate. Aquel día, el siguiente y el tercero, leve se juzga el mal que le incomoda, y se recurre al régimen casero, y a la usüal farmacopea toda. La cachanlagua se aplicó primero; luego el culén; la doradilla; soda; clísteres de jabón y malvavisco; y un cordón bendecido en San Francisco. Ni por ésas; la fiebre no minora; de la jaqueca el bárbaro martirio crece; y a la disputa veladora sigue inquieto letargo con delirio. Por lo cual determina la señora se llame a don Canuto Litargirio, médico castellano celebérrimo, y del mercurio partidario acérrimo. Nuestro doctor a don Gregorio pulsa; da cien golpes la arteria por minuto; seca la piel; la lengua está convulsa; sanguinolento y víscido el esputo. «¡Un chavalongo!», dice Elvira. «¡Insulsa nomenclatura!», exclama don Canuto. «¿Y cuántos días van, señora mía, de enfermedad?» «Hoy es el cuarto día». «Pero se le acudió muy tempranito con la soda, el culén, friegas calientes de unto con sal...» «Sí, sí; con el maldito ripio de aplicaciones impotentes que dejan vivo el fomes. ¡Qué prurito de meterse a curar! ¡Pobres pacientes! no se nos llama hasta que el caso apura; se mueren; y el doctor erró la cura». La próvida consorte que barrunta algo triste al oír razones tales, «¿Encuentra usted peligro?», le pregunta. «Aún no aparecen síntomas mortales, dice el doctor. El caso pide junta; que vengan Mata, Valdemor, Grajales; y porque en tanto el morbo a más no pase, dadme pluma y papel». Receta y vase. Elvira, sin dejar (como es preciso) de suspirar y hacer algún puchero, a fray Facundo da oportuno aviso de la ocurrencia; el alma lo primero. El padre comisiona a fray Narciso para que al viejo asista; él fuera; pero por un capricho, Azagra, inexplicable, no quiere que le vea, ni le hable. Y como abriga aquel ardiente celo por el ajeno bien, no sólo encarga a fray Narciso le encamine al cielo; mas a la Elvira en carta escribe larga que, por si el accidente pone lelo a su querido esposo o le aletarga, haga que otorgue luego en buena forma su testamento; y le incluyó la norma. Que no llore, ni plaña, ni se aflija, mas se resigne, y todo, como debe, a la salud eterna lo dirija de su consorte; y pues que viste en breve el sagrado sayal su cara hija, haga de modo tal, que limpia lleve el alma a mejor vida don Gregorio, y se le abrevie al pobre el purgatorio. Ella, que a media voz al padre entiende (que si ladino es él, no es ella lerda), con eficacia a consumar atiende el concertado plan, y el modo acuerda. Era ya noche; en el salón se enciende duplicado blandón; activa y cuerda asiste a las señoras Margarita, que una tras otra llegan de visita. Llénase de parientas el estrado y de beatas; que la triste nueva no bien a sus oídos ha llegado, a dar consuelo, a dar la usada prueba de su cariño van. El fresco helado, el bizcochuelo su apetito ceba; el chocolate, el alfajor circula. Danse la mano caridad y gula. Mientras que en el estrado, casi estrecho a tanta gente, el cuchicheo bulle, pasa las horas cabe el triste lecho la doña Elvira; la almohada mulle; la colcha extiende; está en continuo acecho; y si de cuando en cuando se escabulle, sólo es para decir desde la puerta: «Que no entre nadie! ¡Serafina, alerta!» Discurre acá y allá la servidumbre; cuál carga a paso lento el azafate; otro para el cigarro lleva lumbre; otro la pasta caraqueña bate. Y la tertulia, que, según costumbre, se viene al husmo de la aloja y mate, hace sobre el suceso comentarios, o ensarta en baja voz discursos varios. Don Agapito Heredia, que no supo cómo en la alcoba entrar, después que lucha con la apostada centinela, al grupo de los doctores silencioso escucha. La exposición a Litargirio cupo del caso que los llama; desembucha raudo torrente de palabras griegas, y explora la opinión de sus colegas. Grajales dice: «Es un absceso hepático». Mata descubre congestión nefrítica. Litargirio asegura en tono enfático que es una vieja lúe sifilítica. «Y debe, añade, dársele el vïático, porque la cosa me parece crítica. Aquel hipo, a mi ver, no es muy católico». Su pronóstico, en suma, y es melancólico. Si sobre el mal, según aquí relato, tanto difieren, ¿cómo no en la cura? Mas Valdemor, después de un breve rato de profundo silencio y de madura meditación, «Señores, yo no trato (dice con reposada catadura) de combatir ajenas opiniones fundadas en tan sólidas razones. »En mi sentir, el caso es menos grave; ni tiene en las entrañas el asiento, sino en el alma sola. ¿Quién no sabe lo que puede un ahogado sentimiento, una pasión intensa que no cabe, que sacude el angosto alojamiento de un sistema vital, que debilita la vejez, y el más leve soplo agita? »No es delirio, señores, lo que noto en el paciente; el vago devaneo de una mansa locura, el alboroto de ardiente frenesí, no es lo que veo. Es imbécil terror que pone coto a la efusión de un íntimo deseo; es profunda pasión que opresa gime, y a veces lanza el peso que la oprime. »¡Mi hija! ¡mi hija! repite; el balbuciente labio su nombre a cada instante exhala. La sacrifico, es la expresión doliente que entre ayes y gemidos intercala. Mas doña Elvira acude prontamente, y con dedo imperioso le señala el santo crucifijo. Dios lo ordena, y ella lo quiere, dice; ya es ajena. »Yo traspaso tal vez mi ministerio, y mi aserción tendréis por temeraria; pero hay, sin duda en esto algún misterio cuya averiguación es necesaria. Ella ejercita un absoluto imperio que no ablandan lamento ni plegaria; se amilana al oírla, se estremece el extenuado enfermo, y enmudece». Don Agapito Heredia, que apartado en un ángulo estaba, se apersona ante el docto hipocrático senado, y obtenida su venia, así razona: «Un íntimo dolor reconcentrado, porque el miedo en su pecho lo aprisiona, es lo que aqueja a mi infelice amigo; con la más firme convicción lo digo. »Yo a curarle me empeño, y de contado voy a poner los medios». Con gran calma contesta Litargirio: «Lo apurado es el cuerpo, señores, no es el alma; y con permiso de la junta, añado que en lugar de estas borlas, una enjalma al médico se debe que se mete en lo que sólo al confesor compete. »Si hay en el alma intrínseca batalla, el pulso ni lo afirma ni lo niega, e interrogado el orinal lo calla. ¿Qué más incumbe a una persona lega?» Contesta Valdemor: «De acuerdo se halla conmigo mi doctísimo colega. Fíese del espíritu la parte a la amistad, y la del cuerpo al arte». Diciendo así, concluye que a su juicio el método expectante es el más propio. Don Canuto, que observa claro indicio, o evidencia más bien, de antiguo acopio de virus, quiere corregir el vicio con el mercurio, el tártaro y el opio; Grajales, calomel; Mata decreta sanguijuelas, cantáridas, lanceta. Mientras en esta parte de la casa sigue el debate medical, escena harto diversa en otro sitio pasa, donde su testamento Azagra ordena. La triste alcoba alumbra luz escasa, tanto que la escritura lee con pena Panurgo Fraguadolo, el escribano, que la trajo extendida de su mano. Dispone don Gregorio lo siguiente: instituye en sus bienes heredera a su alma sola, que perpetuamente los deberá gozar, en la manera que encarga a su estimado confidente y comisario, don Julián Herrera de Ulloa y Carvajal, primo segundo del reverendo padre fray Facundo. La herencia pasará de don Gregorio como los mayorazgos de Castilla, pero con el servicio obligatorio de una misa anüal en la capilla, iglesia, monasterio u oratorio donde quiera el patrón mandar decilla; la cual misa se diga (que es el punto cardinal) por el alma del difunto. Y porque siempre el tal servicio dure, quede bajo estrechísimo reato de la conciencia, y piérdase ipso jure, en caso de omisión, el patronato. Empero a doña Elvira se asegure (amén del espadín y del retrato, plata labrada y árbol gentilicio) el goce de los bienes vitalicio. Y muerta doña Elvira de Hinojosa, pase toda la herencia al comisario y a su posteridad, con la forzosa carga del antedicho aniversario. Y a la de Cristo prometida esposa, doña Isabel, su hija, el necesario asenso el otorgante ruega y pide, para que el patronato se valide. Leído el testamento, el escribano lo da a firmar; el testador firmolo con triste cara y temblorosa mano y luego don Panurgo Fraguadolo y los testigos. El doliente anciano en la sombría estancia queda solo con su mujer; la primanoche pasa; toda es silencio y soledad la casa. Huye la negra sombra; el alba ríe; la sonrosada luz primera asoma sobre la cordillera; y se deslíe en el ambiente un delicioso aroma. Ya apenas queda torre que no envíe su nota usada; ya no queda loma que con el sol no brille; ya no queda pájaro que no cante en la arboleda. Hora en que el toque repetido llama de la temprana misa a la devota; hora en que el jugador se va a la cama maldiciendo del as y de la sota; mientras en blando sueño joven dama bailar cree la cuadrilla o la gavota, y ufana de hermosura y galas, tiende la red traidora en que las almas prende. No así la Isabelita, que un tesoro de gracias acumula y no lo sabe; y ve del alba los celajes de oro, y oye el saludo que le canta el ave; y luego que las madres van al coro, sale a gozar el hálito süave de la temprana flor, que al aire frío se orea, salpicada de rocío. Es para ella el claustro y la frondosa huerta, ciudad y plaza y alameda. Una recién venida mariposa que en alas ve volar de gasa y seda, un vivo chupaflor, que nunca posa, y de repente equilibrado queda en el aire, o del pico apenas preso al azahar que liba, es un suceso. Así corren las horas placenteras de su vida apacible; limpia fuente que entre peñascos nace; y plantas fieras, el cristal no le enturbian trasparente; pero esas ondas luego entre riberas lozanas van, y en su fugaz corriente ¡cuánta agostada flor y mustia hoja de que a la selva el ábrego despoja! Tú no lo sabes, niña; ¡al cielo plega que no lo sepas nunca!... Ella discurre a un lado y otro; sus claveles riega, ceba su pajarito... Al fin se aburre. Sobre sí misma el alma se repliega; en odio al claustro, en odio al huerto incurre; y la importuna reflexión la asalta de que a su dicha alguna cosa falta. Echa su casa menos; menos echa... no sabe qué. Tan rara vez alcanza una noticia a la morada estrecha que con su vida encierra su esperanza, que aun de su padre nada sabe... Acecha por una reja; un grito en lontananza se oye; el eco del claustro lo duplica; sólo así con el mundo comunica. Mas un rüido inusitado, extraño, que en aquel monasterio no sonaba más que una vez o dos en todo el año, se oye en la calle; una calesa acaba de parar a la puerta; no es engaño de la imaginación, que ya la aldaba da un recio golpe, y el sonoro estruendo se va de claustro en claustro repitiendo. Y la campana al punto mismo avisa, y corre desalada la tornera; luego a la superiora vuelve aprisa, y un recado le da. La cosa era, según las apariencias, improvisa y de importancia; porque sale fuera de su celda la madre, oído el caso, y al locutorio va, más que de paso. Retorna a poco rato sor Camila (que tal el nombre fue de la abadesa), y llama a su presencia a la pupila, que, inclinándose, el hábito le besa. «Dios, Isabel, que sobre ti vigila, guíe tus pasos, dice; una calesa te está aguardando; conducirte debe a tu familia; volverás en breve. «Viene por ti tu tía, mi señora doña Leticia». Como aquel que emprende un largo viaje, y de la mar traidora por la primera vez las olas hiende, así se siente Isabelita ahora, y toda se confunde y se sorprende, y parece que a un tiempo su alma oprima pavor que halaga y gozo que lastima; Si bien la idea del albergue amado en que los suyos viven, la alboroza; y no sabiendo el peligroso estado de don Gregorio, anticipadas goza las caricias de un padre idolatrado, y el placer en su pecho le retoza al pisar otra vez la cara estancia que vio el primer pinino de su infancia. De este modo Isabela se divide entre un afecto y otro y otro vario. De las devotas madres se despide; besa a Camila el santo escapulario, y que por ella ruegue a Dios le pide y a la sagrada Virgen del Rosario. De la calesa a recibirla pronta se abre la puerta. «¡Adiós!», repite, y monta.
¡Mi hija! ¡mi hija!
La sacrifico
Dios lo ordena,
y ella lo quiere ya es ajena
ipso jure