Spanish poem
No Bulle
by Andrés Bello
No bulle la selva; el campo no alienta. Las luces postreras despiden apenas destellos, que tiemblan. La choza plebeya, que horcones sustentan; la alcoba, que arrean cristales y sedas; al sueño se entregan. Ya es todo tinieblas. ¡Oh noche serena! ¡Oh vida suspensa! La muerte remedas.
¿Qué rüido sordo nace? Los cipreses colosales cabecean en el valle; y en menuda nieve caen deshojados azahares. ¿Es el soplo de los Andes, atizando los volcanes? ¿Es la tierra, que en sus bases de granito da balances? No es la tierra; no es el aire; son los duendes que ya salen.
Por allá vienen; ¡qué batahola! ora se apiñan en densa tropa, que hiende rápida la parda atmósfera; y ora se esparcen, como las hojas ante la ráfaga devastadora. Si chillan éstos, aquéllos roznan. Si trotan unos, otros galopan. De la cascada sobre las ondas, cuál se columpia, cuál cabriola. Y un duende enano, de copa en copa, va dando brincos, y no las dobla.
¿Fantasmas acaso la vista figura? Como hinchadas olas que en roca desnuda se estrellan sonantes, y luego reculan con ronco murmullo, y otra vez insultan al risco, lanzando bramadora espuma; así van y vienen, y silban y zumban, y gritan que aturden; el cielo se nubla; el aire se llena de sombras que asustan; el viento retiñe; los montes retumban.
A casa me recojo; echemos el cerrojo. ¡Qué triste y amarilla arde mi lamparilla! ¡Oh Virgen del Carmelo! aleja, aleja el vuelo de estos desoladores ángeles enemigos; que no talen mis flores, ni atizonen mis trigos. Ahuyenta, madre, ahuyenta la chusma turbulenta; y te pondré en la falda olorosa guirnalda de rosa, nardo y lirio; y haré que tu sagrario alumbre un blanco cirio por todo un octavario.
¡Cielos! ¡lo que cruje el techo! ¡y lo que silba la puerta! Es un turbión deshecho. De lejos oigo estallar los árboles de la huerta, como el pino en el hogar. Si dura más el tropel, no amanecerá mañana un cristal en la ventana, ni una hoja en el vergel.
San Antón, no soy tu devoto, si no le pones luego coto a este diabólico alboroto. ¡Motín semeja, o terremoto, o hinchado torrente que ha roto los diques, y todo lo inunda! ¡Jesús! ¡Jesús! ¡qué barahúnda!... ¿Qué significa, raza inmunda, esa aldabada furibunda? El rayo del cielo os confunda, y otra vez os pele y os tunda, y en la caverna más profunda del inflamado abismo os hunda.
Ni por ésas. Parece que arroja el infierno otro denso nublado, o que el diablo al oírme se enoja; y empujando el ejército alado, el asalto acrecienta y aviva. El tejado va a ser una criba; cada envión que recibe mi choza, yo no sé cómo no la destroza; a tamaña batalla no es mucho que retiemble, y que toda se cimbre, cual si fuese de lienzo o de mimbre... ¿Es el miedo? o ¿quién anda en la sala? Vade retro, perverso avechucho... ¡Ay! matóme la luz con el ala...
¡Funesta sombra! ¡Tenebroso espanto!... Amedrentado el corazón palpita... y la legión de Lucifer en tanto, reforzando la trápala y la bulla, a un tiempo brama, gruñe, llora, grita, bufa, relincha, ronca, ladra, aúlla; y asorda estrepitosa los oídos, mezclando carcajadas y alaridos, voz de ira, voz de horror, y voz de duelo. ¡Qué fiero son de trompas y cornetas! ¡Qué arrastrar de cadenas por el suelo! ¡Qué destemplado chirrío de carretas!... ¡Ya escampa! Hasta la tierra se estremece, y según es el huracán, parece que a la casa y a mí nos lleva al vuelo... ¡Perdido soy!... ¡Misericordia, cielo!
¡Ah! Por fin en la iglesia vecina a sonar comenzó la campana... Al furor, a la loca jarana, turbación sucedió repentina. El tañido de aquella campana a la hueste infernal amohína, sobrecoge, atolondra, amilana. Como en pecho abrumado de pena una luz de esperanza divina; como el sol en la densa neblina, de los montes rizada melena; el tañido de aquella campana, que tan alto y sonoro domina, y se pierde en la selva lejana, el tumulto en el aire serena.
¡Partieron! La sonante nota a la hueste infernal derrota. Uno a otro apresura, excita, estrecha, empuja, precipita. Huyó la fementida tropa; no trota ya, sino galopa; no galopa ya, sino vuela. Por donde pasa la bandada, una sombra más atezada los montes y los valles vela, y el luto de la noche enluta. Como de leña mal enjuta, que en el hogar chisporrotea, de mil pupilas culebrea rojiza luz intermitente, que va señalando la ruta de Satanás y de su gente.
Cesó, cesó la zozobra. A escape va la pandilla; y la tierra se recobra de la grave pesadilla de esta visita importuna; y la perezosa luna sale al fin, y el campo alegra. Allá va la sombra negra; distante suena la grita de la canalla maldita; como cuando ciñe un monte de nubes el horizonte, y desde su oscuro seno rezonga lejano trueno; como cuando primavera tus nieves ha derretido, gigantesca cordillera, y a lo lejos se oye el ruido de impetuosa corriente que arrastra una selva entera, cubre el llano y corta el puente.
Mas a ti, ¿qué fortuna, huerta mía, te cabe? ¿Respiras ya del grave afán? ¿Injuria alguna sufriste?... ¡Cuánta asoma, entreabierta a la luna, nueva flor! ¡Cuánto aroma de rosas y alelíes el ambiente embalsama! No hay una mustia rama; no hay un doblado arbusto. Parece que te ríes de tu pasado susto.
Sobre aquellos boldos que a un pelado risco guarnecen la falda, al amortecido rayo de la luna, van haciendo giros. Enjambre parecen de avispas, que el nido materno abandona, despojo de niños traviesos, y vuela errante y proscrito.
¡Desventurados! Del patrio albergue también vosotros gemís ausentes; vagar proscriptos os cupo en suerte... ¡Terrible fallo!... ¡y eterno!... ¡Pesen mis maldiciones, blandas y leves, sobre vosotros, míseros duendes!
Hacia el cerro que distingue lo sombrío de su tizne -padrón negro de hechos tristes- vagorosas ondas finge, parda nube, con matices colorados, como el tinte que a la luna da el eclipse; y en la espira que describe, rastros deja carmesíes... ¿En qué abismos, infelice nubecilla, vas a hundirte?... Ya los ojos no la siguen; ya es un punto; ya no existe.
¡Qué calma tranquila! Tras leve cortina de gasa pajiza, la luna dormita. Al sueño rendidas, las flores se inclinan. El viento no silba, ni el aura suspira. Tú sola vigilas; tú siempre caminas, y al centro gravitas, ¡oh fuente querida! ya turbia; ya limpia; ya en calles, que lilas y adelfas tapizan; ya en zarzas y espinas. ¡Tal corre la vida!