Versos Spanish Andrés Bello ¡Quién Pudiera, Biobío

Spanish poem

¡Quién Pudiera, Biobío

by

Listen in the reader

¡Quién pudiera, Biobío, pasar la existencia entera en un boscaje sombrío de tu encantada ribera! Una cabaña pajiza, donde viese tu onda pura, que callada se desliza entre frondosa verdura, donde, en vez del movimiento de políticos vaivenes, susurrar oyese el viento, entre robles y maitenes, Y escuchase la alborada que en no aprendida armonía, canta el ave en la enramada saludando al nuevo día; una pajiza cabaña, en que gozase el reposo de la paz que nunca engaña, ni envidiado ni envidioso; más grata, en verdad, me fuera que una confusa Babel, donde en pos de una quimera corren todos en tropel, do deslealtad y falsía cercan el trémulo altar que a los ídolos de un día alza el aura popular. ¡Oh feliz, oh dulce calma, paraíso de la tierra! ¿vale más que tú la palma del saber o de la guerra? Verdad, no lisonja, quiero; verdad sencilla, desnuda; no el aplauso vocinglero, que a la fortuna saluda; quiero en mis postreros años decir a ese bien fingido: ¡Adiós! no más desengaños; a los que olvidan, olvido. Otros en loco tumulto llamen dicha al frenesí; yo en el rincón más oculto quiero vivir para mí. Pero ¿a dónde en arrebato impensado me extravío? Para otro asunto más grato te invocaba, Biobío. Por tus verdes campos gira una amable forastera, y los aromas respira que embalsaman tu ribera. Cerca de ti su mansión tiene la bella Delfina; la de noble corazón, la de gracia peregrina. Yo la vi, pimpollo hermoso, que, con su beldad temprana, tuvo a Santiago orgulloso, en su primera mañana. Vila en cerrado vergel joven planta, que atesora lozano brillo, y con él a los vientos enamora. Vino tormenta sañuda, corro la que en duro embate al verde bosque desnuda, y hermosa arboleda abate. Casi (¡ay Dios!) su primavera la vio morir, y agostada la tuvo la Parca fiera, y la lloré malograda. Pero al modo que se eleva, cuando el huracán se calma, con vigor y vida nueva, una destrozada palma, Volvió mi Delfina así, a beber el aura pura; y correr las Gracias vi a retocar su hermosura. Hija la he visto amorosa en la morada paterna, y luego adorada esposa, y madre ya, dulce y tierna; y siempre cabal modelo de amabilidad serena, ángel bajado del cielo a nuestra mansión terrena. Tal es la beldad que ahora gozas, orgulloso río, y la que Mapocho llora en ajeno poderío. Que te desveles por ella te ruego; en diario tributo ríndele la flor más bella, y el más sazonado fruto. Al llevarla el blando ambiente del jazmín y el azahar, de su viejo amigo ausente hazla el nombre recordar. Pero no con lazo eterno presumas que la encadenes; la llama el hogar paterno; prestado tesoro tienes. Y harás de la deuda pago, y volveremos a verla, y se gozará Santiago en su enajenada perla.