Spanish poem
Ya La Segunda Noche Se Aproxima
by Andrés Bello
Ya la segunda noche se aproxima de aquel aciago octubre catorceno, cuya memoria sola pone grima y sobresalto al corazón chileno. Obstáculo no queda que reprima, del Cachapoal en el distrito ameno, al español, que enardecido vaga, y de pillaje y muerte se embriaga. La plaza de Rancagua es el postrero asilo en que la hueste patrïota sostiene aún la lucha; no hay sendero que ofrezca un medio de escapar; se agota la munición; en torno el crudo ibero con alharaca horrísona alborota; y cuanto más resiste, más ofende el enemigo, y más la lid se enciende. Es mayor cada instante la matanza que hace en sus filas el silbante plomo, y más se estrecha el cerco; y de esperanza no se divisa ni un lejano asomo. ¿Qué puede allí la espada, ni la lanza, ni qué el fusil? Cruzó el celeste domo por vez segunda el sol; la noche oscura vuelve otra vez y el fiero asalto dura. Es para el enemigo cada techo un fuerte desde donde a salvo tira, mientras desnudo nuestra gente el pecho presenta, y no descansa, y no respira sino con pena en el recinto estrecho a que más concentrada se retira, bajo el llover de bala, y piedra, y teja que ya donde moverse no le deja. Una ventana espesa bocanada de fuego y humo sin cesar vomita; en otra la familia desolada ¡favor! ¡favor! a sus amigos grita; y cada bocacalle está enjambrada de soldadesca vándala maldita que cierra las salidas de la plaza y a los nuestros de lejos amenaza. Como la artillería su baluarte de débiles adobes aportilla, las filas enemigas rompe y parte a gran correr la intrépida cuadrilla. Víctimas de sus iras a una parte y otra dejando va, que es maravilla; pincha, taja, derriba y atropella; marcan sangre y cadáveres su huella. Iba entre los infantes (que una bala pudo descabalgarle en la refriega), el joven capitán Emilio Ayala, que a varonil edad apenas llega, y por su talle y apostura y gala, y por el ardimiento con que juega la espada, y por el aire altivo y franco, de la enemiga furia se hizo el blanco. Sobrino fue de aquel don Agapito tantas veces mentado en mi leyenda; y sobrino mimado y favorito, y presunto heredero de la hacienda. Bravo, arrestado. Aún era tiernecito cuando lanzar un potro a toda rienda y enlazar un novillo en el rodeo era su pasatiempo y su recreo. Patriota, no se diga. Ni pudiera no serlo el que educado por su tío fue, desde la infeliz temprana era de guerra incauta y de inexperto brío, soldado de la patria. Su primera milicia vieron Maule y Biobío; y si su nombre a Chile enorgullece y España lo maldice, lo merece. Iba, pues, como digo, en la valiente tropa; en el centro alguna vez oculto, cuando le carga demasiada gente del enemigo, por pescarle el bulto; ora lidiando valerosamente donde es mayor la gresca y el tumulto; y ora asaltando súbito al que observa más desapercibido en la caterva. Estaba tan mezclada la española con la chilena gente, que no puede usar el enemigo la pistola ni la escopeta; y el terreno cede mal de su grado si se empeña sola el arma blanca, en que el patriota excede, y con ventaja lidia indisputable, ora puñal esgrima, espada o sable. Pero es forzoso ahora hincar la espuela antes que la restante fuerza hispana al sitio acuda; Ossorio mismo vuela al frente de la tropa veterana a que en los casos de importancia apela; pero su diligencia ha sido vana; distantes van los nuestros, y lejano se oye el casco veloz pulsar el llano. Emilio se quedó corto, ya sea que le embarace el enemigo el paso, o que alejarse a los demás no vea (pues ya oscuro el crepúsculo, un escaso destello arroja), o que en parcial pelea enardecido en medio del fracaso y confusión, su propio riesgo olvide, y (lo que nunca suele), se descuide. Le encuentran solo; y a correr aprieta; y le siguen tres vándalos a una. Llevaba el de adelante una escopeta (el habérsele roto fue fortuna en anterior acción la bayoneta); y a la distancia alzándola oportuna, de descargar un fiero golpe trata al mozo en el testuz con la culata. «De ésta, le dice, a Satanás te mando, miserable insurgente». Esquiva el viento la culata terrífica silbando; mas su baladronada fue un acento de aviso y salvación. El joven, dando media vuelta con ágil movimiento, huye el bulto, y al godo que le hostiga mete un palmo de acero en la barriga. Maldiciones vomita el fusilero; y puestas ambas palmas en la herida, dice con quebrantada voz: «Me muero... A manos de un traidor, pierdo la vida... ¡Camaradas, venganza!...» Al compañero como los otros dos de la partida vieran caer, a darle van auxilio; así logró ponerse en cobro Emilio. Toda Rancagua en tanto era despojo del español, que tala, rompe y quema sólo por contentar su ciego enojo en el dolor y en la miseria extrema. Lo mismo insulta en su brutal arrojo al rico, al pobre, a la deidad suprema; quiere dejar de su venganza ejemplo en la calle, en el rancho, hasta en el templo. Mirad los que dudáis si el hombre es fiera, una ciudad que hostil espada doma; no importa qué uniforme o qué bandera o qué divisa el enemigo toma. Guardia imperial, soldado talavera, sectario de Moisés o de Mahoma, iniciado en la fe por el bautismo o la circuncisión, todo es lo mismo. Con los lamentos de la triste gente miradle cuál se exalta y se alboroza, y cuál por la delicia solamente de herir y destrozar, hiere y destroza; y cómo, salpicado hasta la frente de sangre, en verla derramar se goza, y con qué risa endemoniada espía los visajes de la última agonía. Devoto campeón de un rey devoto, vedle del templo hacer taberna obscena, do la blasfemia, el desalmado voto, y su habitual interjección resuena, do roba y pilla, y todo freno roto, con los sagrados vasos bebe y cena, y ni a la madre de su Dios perdona arrancando a sus sienes la corona. ¡Lámpara fiel que ante los santos bultos ardes perenne! cuenta lo que viste: las abominaciones, los insultos, los sacrilegios de esta noche triste; los arrastrados párvulos y adultos, y la ultrajada virgen que resiste asida del altar, y opone en vano lloroso ruego al forzador villano, Mas con sus hechos harta ya es la fama. Fatiga este «destello peregrino de antorcha celestial», como él se llama; esta de lo infernal y lo divino, según yo pienso, equívoca amalgama, en quien la rienda, el arte, el culto y fino vivir social, palía sí, no enfrena el instinto del tigre y de la hiena. Volvamos, pues, al capitán, que sigue corriendo a gran correr por la llanura; y aunque español ninguno le persigue, y ya la noche va cerrando oscura, teme topar con alguien que le obligue a hacer alto; y por donde la espesura de las cercas su fuga patrocina, diligente y solícito camina. Oye en tanto a distancia el gran lamento de los vencidos y la horrible gresca de que en torpes orgías hinche el viento la mal disciplinada soldadesca. De Viva el rey al repetido acento, volviendo el rostro Emilio, una grotesca y lastimosa escena ve a la triste lumbre de que Rancagua se reviste. Partidas de soldados y ofíciales, desmandadas mujeres, niños, viejos, vagan por los confusos arrabales entre humo y sombra y cárdenos reflejos. Negra visión de estancias infernales a la vista parece desde lejos, en que tropa de diablos turbulenta a las míseras almas atormenta. Pero ¿qué nuevo incendio se levanta? ¿qué coro doloroso de alaridos hace al mancebo suspender la planta y dirigir atento los oídos? Altas llamas devoran (Virgen santa, ¡qué horror!) el hospital de los heridos. Claman ¡piedad! ¡piedad! Y les contesta algazara feroz de burla y fiesta. Vio la siguiente luz de la mañana las manos, por el fuego ennegrecidas, a las rejas aún, de la ventana, como en la lucha de la muerte, asidas; y de cuajada sangre americana pavimentos, paredes, vio teñidas, y de perros y buitres los insultos a destrozados cuerpos insepultos. Jura venganza Ayala, y su carrera dirige a cierto rancho conocido, do habilitarse de un caballo espera y mudar de sombrero y de vestido. Tras un torcido tronco de alta higuera acecha la ocasión, cuando oye el ruido de trotadores cascos, que veloces pulsan el llano, y de mezcladas voces. «Este, dice una voz, es el camino que se le vio tomar»... «Paren ustedes, dice otra voz, en tanto que examino si le ocultan acaso estas paredes». Toca a la puerta. Un viejo campesino sale. «¿Qué necesitan sus mercedes?», pregunta, temeroso. «Escucha, ¡infame! Si no quieres que toda se derrame «Esa vil sangre al filo de mi acero, entrégame al malvado que se esconde por estos andurriales». «Caballero, protesto y juro, el viejo le responde, que a nadie he visto». «¡Mientes, marrullero; le tienes escondido!» «Pero ¿dónde? Si no merezco yo que se me crea, pase adelante su merced, y vea». Era el que hablaba un cabo veterano que muestra por el habla y continente haber cargado un poco más la mano, que lo que fuera justo, al aguardiente. Nada dice que el ajo castellano con fuerza peculiar no condimente; zafio además, amigo de bureo, patiestevado, y como un mico feo. Desmonta, pues, y al viejo el insolente aparta de un tirón, y entra a la choza, do con el viejo habitan solamente una anciana mujer y una hija moza, la cual, entrando el cabo de repente, con una tosca manta se reboza; pero no es hombre el cabo que se empacha, porque se le reboce una muchacha. El cabo, que la ve, se le aficiona, que era la chica, a la verdad, no mala, y como con los humos de la mona de un pensamiento en otro se resbala, su primero propósito abandona de perseguir al capitán Ayala, que atisba lo que pasa no sin miedo, y en su escondrijo se mantiene quedo. El cabo, que al placer de la conquista nueva se entrega todo, a rato breve sale dando traspiés, torva la vista, y en mal formada voz, que a risa mueve: «Una o dos leguas más seguid la pista de ese traidor, que Lucifer se lleve (dice), la seña, Tarragona; el santo, San Ildefonso; aquí os aguardo en tanto». Los otros corren; él se queda, y junta la débil puertecilla del tugurio; y nuestro Ayala, que un desmán barrunta (pues no le pareció de buen augurio quedara el cabo), andando va en la punta de los pies hacia el rancho; y al murmurio de la conversación, que atento escucha, oye un rumor surgir como de lucha. Voces, lloros y gritos oyó luego, y reputando ya por cosa cierta lo que temía, arrebatado y ciego a tierra echó de un puntapié la puerta. Un salto da, y al mísero gallego, que estupefacto y con la boca abierta quedó del susto, asiendo de la gola, «A Chile —dice— este puñal te inmola. »Pídele a Dios misericordia, y muere!» «¡Perdón, mi capitán! —exclama el triste cabo, atajando el brazo que le hiere—. ¡Perdón a un infeliz que no resiste! ¡Piedad!» «Piedad de mí ninguna espere un español, un monstruo. ¿La tuviste de la mujer que deshonrabas?» «¡Toma! ¿No vio usted, capitán, que era una broma?» «¿Te burlas, miserable?» «Nada de eso; pero vamos al caso. Usted me mata. Muy bien... Los otros vuelven... Llevan preso a este infeliz, y usted, usted que trata de protegerle, es quien, por un exceso de protección, le aprieta la corbata... No, no se enfade usted... Por mí, me allano a perecer... pero este pobre anciano... »A más, usted la causa americana defiende, y la de Chile... Santo y bueno. Lo mismo hiciera, y de muy buena gana, el hijo de mi madre, a ser chileno. Pero ¿qué quiere usted? Nací en Trïana; soy, como acá se dice, sarraceno; y no hago más que usted, si se examina, en arrimar la brasa a mi sardina. »Déjeme usted, y a respetar me obligo». «Silencio, charlatán; y si es que en algo aprecias el pellejo, ven conmigo». «Pero ¿a dónde, por Dios, señor hidalgo?» «¡Monta!» «¿Con qué me voy?» «Que montes digo; la grupa tomaré». «Solo, cabalgo mucho mejor». «O monta, o muere». «Monto». «¡Hacia la cordillera, y pronto, pronto!» Iban los dos corriendo a toda brida. El cabo a veces charla, a veces reza, a veces canta, a veces voz perdida exhala; y ya dormita, ya bosteza; el viento, el aire, la veloz corrida le fueron despejando la cabeza. Rayó la aurora, y no distante un ancho río aparece; allende el río, un rancho. Atraviesan; descansan; se despoja de su uniforme Ayala; y un sombrero de paja y una manta azul y roja torna para seguir su derrotero. Decir qué rumbo lleva y dónde aloja con el involuntario compañero, prolijo cuento y fastidioso fuera; pero pasan, por fin, la cordillera; la cordillera yerma, no cual antes, de silenciosa paz vasto distrito, que sólo el pie de raros caminantes, o del cóndor rapaz turbaba el grito, o el de las tempestades resonantes que hacen vibrar sus lomos de granito; sino cruzada entre bullicio hirviente por luengas filas de apiñada gente. Por cada cima, y cada valle, y cuesta la multitud apresurada huía, cual suele verse en una insigne fiesta la calle principal que al templo guía; mas lo que en la expresión se manifiesta de los semblantes ¡ay! no es alegría, sino aflicción, y las que esparce al viento son voces de plegaria y de lamento. Corren hombres, mujeres, chicos, grandes, unos tras otros en continuas olas, y los páramos cubren de los Andes, huyendo de las iras españolas; pues de que tu rigor, España, ablandes no hay esperanza, y donde tú tremolas tus odiados castillos y leones hiela servil terror los corazones. ¡Ah! ¡cuánto pie lastiman delicado la roca dura, y de la intensa nieve el valladar antes de tiempo hollado! Y al patrio suelo que en paisaje breve se les presenta ahora ataviado de lustrosa verdura y de la leve túnica de la niebla, ¡cuánta muda despedida de lágrimas saluda! La paz de los sepulcros y el letargo ¿aceptarán de la opresión de España? Primero mendigar el pan amargo del emigrado, el pan de gente extraña, y el agrio cáliz de esperanza largo, que con befa crüel Fortuna engaña, tornando en triste y espantosa vela cada soñar que al infeliz consuela. Pero no a ti prolijo duelo aguarda, destronada Sïón, que a Iberia quita de su tutela infiel la dura guarda tremenda ley en bronce eterno escrita. Sueña ella que su espada la retarda. ¡Vano error! en el vidrio que limita la duración que el cielo da a tus penas se ciernen ya las últimas arenas.
Viva el rey