Versos Spanish Duque de Rivas Diz Que El Ver Sangre Embravece

Spanish poem

Diz Que El Ver Sangre Embravece

by (1791–1865)

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Diz que el ver sangre embravece Al tigre con tanto extremo, Que prosigue los destrozos, Aunque ya esté satisfecho Su vientre, porque se goza En teñir de rojo el suelo. Sin duda, al Rey de Castilla Le sucedía lo mesmo. En cuanto vió a Don Fadrique Desplomarse en tierra yerto, Corrió por palacio todo Buscando a, sus escuderos, Que, trémulos y amarillos, De aposento en aposento, Huyen, sin hallar amparo, Corren, sin hallar un puerto. Por dicha logró fugarse O esconderse el uno de ellos; Sancho Villegas, el otro, No fué tan feliz o diestro. Viendo que el Rey le persigue, Entróse de espanto muerto, Donde estaba la Padilla Desmayada y en su lecho, Asistida por sus damas Que están temblando de miedo, Y con sus niñas al lado, Angeles en alma y cuerpo. Mirando allí el infelice Aun perseguirle el espectro, Que en asilos no repara, Coge en sus brazos de presto A Doña Beatriz, que apenas Cuenta seis años completos, Hija por quien el Rey tiene El más cariñoso extremo. Pero ¡ay! de nada le sirve... En vano allá en el desierto Con la cruz santa se abraza El peregrino, si recio Brama el Sur, si arde el espacio, Si olas de arena, creciendo Mar espantoso, confunden La baja tierra y el cielo. Con la niña entre los brazos, Y de rodillas, el pecho Traspasóle furibunda La daga del rey Don Pedro. Cual si no hubiese en palacio Nada ocurrido de nuevo, Se asentó el Rey a la mesa, Como acostumbra, comiendo. Jugó en seguida a las tabias, Salió después a paseo, Fué a ver. armar las galeras Que han de ir a Vizcaya luego; Y en cuanto cubrió la noche Con, su manto el hemisferio, Entró en la Torre del Oro, Donde tiene en un encierro A la linda doña Aldonza, A la cual del monasterio De Santa Clara ha sacado, Y a la que idolatra ciego. Fué un rato a hablar en seguida Con Leví, su tesorero, En quien tiene su privanza Aunque es un infame hebreo, Y muy tarde retiróse, Sin más acompañaniento Que un moro, su favorito, Hombre bajo, por supuesto. Entró en el tranquilo Alcázar, Llegó al vestíbulo excelso, Y en él paróse un instante La vista en torno moviendo. Una lámpara pendiente Del artesonado techo En derredor derramaba Ya sombras, y ya reflejos. Entre las tersas columnas Dos hombres de armas, dos negros Bultos paseaban solos, Vigilantes y en silencio; Y en tierra aun tendido estaba, De un lago de sangre en medio, El maestre Don Fadrigue En su roto manto envuelto. Se acercó el Rey, contemplóle Con atención un momento, Y notando que no estaba Del todo su hermano muerto, Pues aun respiraba acaso Palpitante el hondo pecho, Le dió con. el pie un empuje Que hizo estremecer el cuerpo; Desnudó la aguda daga, Al moro la dió, diciendo: «Acábalo», y, sosegado, Subió y entregóse al sueño.