Versos Spanish Duque de Rivas El Fratricidio. Romance Cuarto. Los Dos Hermanos

Spanish poem

El Fratricidio. Romance Cuarto. Los Dos Hermanos

by (1791–1865)

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De Mosén Beltrán Claquín Ante la tienda, de pronto, Páranse dos caballeros Ocultos en los embozos. El rey Don Pedro era el uno, Rodríguez Sanabria el otro, Que en la fe de un enemigo Piensan encontrar socorro, Con gran priesa descabalgan, Y ya se encuentran en torno Rodeados de franceses Armados y silenciosos, En cuyos cascos gascones, Y en cuyos azules ojos Refleja el farol, que alumbra Cual siniestro meteoro. Entran dentro de la tienda Ya vacilantes, pues todo Empiezan a verlo entonces De aspecto siniestro y torvo. Una lámpara de azófar La alumbra trémula y poco; Mas dejan ver un bufete, Un sillón de roble tosco, Un lecho y una armadura, Y lo que fue más asombro, Cuatro hombres de armas inmobles, De acero vivos escollos.

Don Pedro se desemboza Y, «Vamos ya», dice ronco; Y al instante uno de aquéllos, Con una mano de plomo, Que una manopla vestía De dura malla, brioso Ase el regio brazo y dice: «Esperad, que será poco». Al mismo tiempo a Sanabria Por detrás sujetan otros, Arráncale de improviso La espada, y cúbrenle el rostro. ¡Traición!... ¡traición!... gritan ambos, Luchando con noble arrojo ; Cuando entre antorchas y lanzas En la escena entran de pronto Beltrán Claquín, desarmado, Y don Enrique, furioso, Cubierto de pie a cabeza De un arnés de plata y oro. Y ardiendo limpia en su mano La desnuda. daga, como Arde el rayo de los cielos Que va a trastornar el polo. De Don Pedro el brazo suelta El forzudo armado, y todo Queda en profundo silencio, Silencio de horror y asombro. Ni Enrique a Pedro conoce, Ni Pedro a Enrique: apartólos El cielo hace muchos años, Años de agravios y enconos, Un mar de rugiente sangre, De huesos un promontorio, De crímenes un abismo Poniendo entre el uno y otro. Don Enrique fué el primero Que con satánico tono, «¿Quién de estos dos es —prorrumpe— El objeto de mis, odios?» «Vil bastardo —le responde Don Pedro, iracundo y torvo—, Yo soy tu rey; tiembla, aleve; Hunde tu frente en el polvo». Se embisten los dos hermanos; Y don Enrigue, furioso Como tigre embravecido, Hiere a Don Pedro en el rostro. Don Pedro, cual león rugiente, ¡Taidor.!, grita; por los ojos Lanza infernal fuego, abraza A su armado hermano, como A la colmena ligera Feroz y forzudo el oso, Y traban lucha espantosa Que el mundo contempla absorto. Caen al suelo, se revuelcan, Se hieren de un lado y otro, La tierra inundan en sangre, Lidian cual canes rabiosos. Se destrozan, se maldicen, Dagas, dientes, uñas, todo Es da aquellos dos hermanos A saciar la furia poco.

Pedro a Enrique al cabo pone Debajo, y se apresta ansioso, De su crueldad o justicia A dar nuevo testimonio; Cuando Claquín (¡ oh desgracia! En nuestros debates propios Siempre ha de haber extranjeros Que decidan a su antojo), Cuando Claquin, trastornando La suerte, llega de pronto, Sujeta a Don Pedro, y pone Sobre él a Enrique alevoso, Diciendo el aventurero De tal maldad es abono: «Sirvo en esto a mi señor; Ni rey quito, ni rey pongo». No duró más el combate; De su rey en lo más hondo Del corazón la corona Busca Enrique, hunde hasta el pomo El acero fratricida, Y con él el puño todo Para asegurarse de ella, Para, agarrarla furioso. Y la sacó... goteando ¡Sangre!... De funesto gozo Retumbó en el campo un viva Y el infierno repitiólo.