Spanish poem
Entre Estepona Y Marbella
by Duque de Rivas (1791–1865)
Entre Estepona y Marbella, Una torre fulminada, Hoy nido de aves marinas, Y en otro tiempo atalaya, Corona con sus escombros Una roca solitaria, Que se entapiza de espumas, Cuando las olas la bañan. A la derecha se extiende Una humilde y lisa playa, Cuyas menudas arenas Humedece la resaca; Y oculta entre dos ribazos Forma una escondida cala, Abrigo de pescadoras contrabandistas barcas. A este temeroso sitio, Mientras lento declinaba A ponerse un sol de otoño Entre celajes de nácar, Estando el viento adormido, La mar blanquecina en calma, Y sin turbar el silencio De las voladoras auras, Sino el grito de un milano Que los espacios cruzaba, Y los de dos gaviotas, Cuyo tálamo era el agua, La divina Rosalía, La hermosa de la comarca, Fugitiva y anhelante Llegó, sudosa y turbada. * * * Su gentil cabeza y hombros Cubre un pañolón de grana, Dejando ver negras trenzas, Que un peine de concha enlaza; Y de seda una toquilla, Azul, rosa, verde y blanca, Que las formas virginales Del seno dibuja y guarda. Su gallardo cuerpo adorna De muselina enramada Un vestido; con la diestra Recoge la undosa falda, Y el pie, primoroso y breve, Que apenas su huella estampa En la movediza arena, Más limpio desembaraza. Bajo el brazo izquierdo tiene Un envoltorio de nada, Cubierto con un pañuelo, Do el jalde y rojo resaltan. ¡Inocente Rosalía! ¿Qué busca allí?... ¡Temeraria! ¡Cuál su semblante divino, Lleno de vida y de gracia, Desencajado se muestra!... ¡Qué palidez!... ¡Qué miradas!... Está haciendo, bien se advierte, Un grande esfuerzo su alma. Sí, los ojos brilladores, Los ojos que tienen fama En toda la Andalucía, por su fuego y sus pestañas, En el peñón, que lejano Apenas se dibujaba Entre la neblina (seña De mudarse el tiempo), clava. Dos lágrimas relucientes Sus mejillas deslustradas Queman, un hondo suspiro Del pecho oprimido arranca. Queda suspensa un momento: Luego de pronto la cara Vuelve a Estepona, temblando: Juzga que una voz la llama. Y la llama, es cierto... ¡Ay triste! Mas ¿qué importa? Otra, más alta, Más fuerte, más poderosa, Desde Gibraltar la arrastra. * * * En el peñasco asentóse, De la humilde torre basa; Miró en torno, y de su seno Sacó y repasó esta carta: «Si, mi bien; sin ti la vida Me es insoportable carga; Resuélvete, y no abandones A quien ciego te idolatra. »Contigo nada me asusta, Sin ti todo me acorbada; Mi destino está en tus manos: Ten resolución, y basta. »Resolución, Rosalía, Cúmpleme, pues, tus palabras: No tendrás que arrepentirte, Te lo juro con el alma. »En cuando venga la noche, Volveré sin más tardanza Al sitio aquel que tú sabes, En una segura lancha. »Espérame, vida mía: Si no te encuentro, si faltas, Ten como cierta mi muerte. Corro al momento a la plaza »De Estepona, allí pregono Mi proscripto nombre, y paga De mi amor será un cadalso Delante de tus ventanas». Se estremeció Rosalía, No leyó más, y borraban Sus lágrimas abundantes Las letras de aquella carta. Llévala a los labios fríos, La estrecha al seno con ansia, Mira al cielo, «Estoy resuelta», Dice, y se consterna y calla. * * * Torna al peñón (que parece Una colosal fantasma Con un turbante de nubes, De nieblas con una faja) La vista otra vez. La extiende Por la mar, que muerta y llana, Fundido oro se diría Del sol poniente en la fragua. Juzga ver un negro punto Que se mueve a gran distancia: Ya se muestra, ya se esconde. ¿Será?... ¡oh Dios!... ¿Será?... La escasa Luz del crepúsculo todo Lo confunde, borra y tapa. Con los ojos Rosalía Los resplandores, que aun marcan La línea del horizonte, Sigue. Una nube la espanta, Que por el Sur aparece, Obscura y encapotada; Y aun más el ver acercarse Por allí dos velas blancas, Cuyas puntas ilumina Del sol, ya puesto, la llama.