Spanish poem
Grande Rumor Se Alza, Y Cunde
by Duque de Rivas (1791–1865)
Grande rumor se alza, y cunde De armas, caballos y pueblo De Sevilla por las calles, Al Maestre recibiendo. Suenan los vivas, unidos Con los retumbantes ecos, Que en la altísima Giralda Esparce el bronce hasta el cielo, Vase acercando la turba, Pero se la escucha menos; Ya a la plaza de palacio Llega y párase en silencio; Que la vista del Alcázar Gozaba del privilegio De apagar todo entusiasmo, De convertir todo en miedo. Quedó, pues, mudo el gentío, Falto de acción y de aliento, Para pisar la gran plaza Con un mágico respeto; Y el Maestre de Santiago, Con algunos caballeros De su Orden, entra, seguido De corto acompañamiento. Dirígese hacia la puerta, Como aquel que va derecho A encontrar de un buen hermano El alma y brazos abiertos, O como noble caudillo, Que por sus gloriosos hechos De un Rey a recibir llega Los elogios y los premios. Sobre un morcillo lozano, Que espuma respira y fuego, Y a quien contiene la brida Si ensoberbece el arreo, Muéstrase el noble Fadrique Con el blanco manto suelto, En que el collar y cruz roja Van su dignidad diciendo; Y una, toca de velludo Carmesí lleva, do el viento Agita un. blanco penacho Con borlas de oro sujeto.
Pálido como la muerte, El iracundo Don Pedro, En cuanto entrar en la plaza Vió al hermano desde lejos, Como si de mármol fuera Quedó del salón en medio, Y en sus furibundos ojos Ardió un relámpago horrendo, Pero pronto en sí tornando, Salióse del aposento, Cual si del huésped quisiera Buscar afable el encuentro. Así que volver la espalda Le vió la Padilla, lleno El corazón de amargura Y de llanto el rostro bello, Alzase y sale turbada Del balcón al antepecho, Al gallardo Maestre indica, Con actitudes y gesto, Que llega en mal hora, y mueve Por el aire el pañizuelo, Diciéndole en mudas señas Que se ponga en salvo luego. Nada comprende Fadrique, Y por saludos teniendo Los avisos, corresponde Cual galán y cual discreto. Y a la ancha portada llega, Do guardias y ballesteros le dejan el paso libre, Mas no entrada a su cortejo. Si no conoció las señas De la Padilla, Don Pedro Las conoció, pues paróse, Aun indeciso y suspenso, De la cámara en la puerta Un breve instante, y volviendo Los ojos, vió que la dama Agitaba el blanco lienzo. ¡ Oh Dios! ¿Fué esta acción tan noble, De tan puro y santo intento, La que 1lamó a los verdugos, Y la que firmó el decreto?
Apenas puso el Maestre, De dos solos escuderos Seguido, el pie, confiado, En el vestíbulo regio, Donde varios hombres de armas, Vestidos de doble hierro, Paseándose guardaban De la escalera el ingreso, Cuando a uno de los balcones, Como aparición de infierno, El Rey se asoma, gritando: Matad al maestre, maceros. Siguió como en la tormenta El súbito rayo al trueno, Y seis refornidas mazas Sobre Fadrique cayeron. Llevó la mano al estoque, Pero en el tabardo envuelto Halló el puño, y fué imposible Desenredarlo tan presto. Cayó en tierra, un mar de sangre Del roto cráneo vertiendo, Y lanzando un alarido Que llegó, sin duda, al cielo. Voló al instante la nueva De tan horrible suceso; Apelaron a la fuga Los frailes y caballeros; Huyó a esconderse en sus casas, Temblando de horror, el pueblo, Y del Alcázar quedaron Los alrededores desiertos.