Spanish poem
En Aquella Galería
by Duque de Rivas (1791–1865)
En aquella galería, Adornada de arabescos Y follajes primorosos, Con oro y esmaltes hechos, Y cuya baranda rica Daba hacia el jardín pequeño, En que el caballo de bronce Estuvo por largo tiempo, Sin más luz que la, que esparce La luna en mitad del cielo, Esperando a alguien la Reina Está turbada, y con miedo. Del concurso de la danza Y de la orquesta el estruendo ¡ Que los salones ocupa, Oye resonar de lejos; Y aunque sabe que notada Ha de ser su ausencia presto, Por dar al Conde un aviso Atropella todo riesgo. Siglos los instantes juzga Con mortal desasosiego, Y en el barandal dorado Palpitante apoya el pecho. Mira, al ecuestre coloso, Inmóvil, obscuro, enhiesto, Entre laureles y murtas, Y tiembla ¡ infelice! al verlo. Alza a la pálida luna Los ojos de llanto llenos, Y se extravía su mente, Por precipicios horrendos. Sin rumor y de puntillas, Como fantasma o espectro, En el corredor entróse La parte obscura siguiendo, Un hombre embozado: llega Por detrás en gran silencio A la Reina, que, de espaldas Estando, no pudo verlo, Y le tapa el noble rostro Con dos manos como hielo; pero delicadas manos Que agita un temblor ligero. Quién pudiera aproximarse A dama de tal respeto, Sino el amante dichoso Con tan inocente juego? Así lo pensó ella misma, Pues aunque al primer momento De sorpresa, lanzó un grito, Pronto sobre sí volviendo: «Déjame Conde —prorrumpe Con dulces lánguidos ecos—; No es esta ocasión de burlas, Pues es de infortunios tiempo. Déjame y escucha, Conde». Libre la dejan en esto Las manos que la cegaban, Y se encuentra sola ¡cielos! Con su marido, que arroja Por los ojos rabia y fuego. Queda la infeliz difunta; Mas tienen el privilegio Las hembras del disimulo, Y en los críticos encuentros Mucha mayor agudeza Que el hombre de más ingenio. Al oír que el Rey pregunta Con voz como voz de infierno, «Yo Conde?... ¿Yo?» En sí tornando La Reina, responde presto: «Sí, señor, de Barcelona... Y se complace mi pecho Con tal título, afirmado Con vuestro poder y esfuerzo, Después que habéis reprimido La rebelión de aquel pueblo». Quedó pasmado el Monarca. «Discreta sois por extremo Repuso, y tras pausa leve—, Mas qué infortunio tenemos? «Ya alentada la señora, Pues siempre el paso primero Es el trabajoso, dijo: «No faltan, señor, por cierto; Dígalo Flandes perdida, Y de Nápoles los reinos, «Donde un ambicioso intenta Arrebatarnos el cetro; Milán, donde la peste Está tanto estrago haciendo, «Y Portugal vacilante, Do traidores encubiertos...» Aquí atajóla Filipo Con voz de lejano trueno. «Basta, pues, basta, señora; Sois francesa, bien lo veo; Tenéis interés muy grande En mi honor y en el del reino. «Veréis que uno y otro al punto Para aquietaros sostengo, Y que lavaré con sangre La mancha que advierta en ellos». Calló, y una atroz mirada Con el rostro descompuesto, Que pareció más terrible De la luna a los reflejos, Clavó en la Reina; mirada Que destrozó aguda el seno De la infeliz, pues, temblando, Cayó sin sentido al suelo. * * * Como sin rumor ninguno Vuela o se deshace un sueño, Desapareció el Monarca ; Fué a su cámara en silencio, Tocó un silbato de oro, Que tuvo mágico efecto, Pues salió de los tapices, Al silbato obedeciendo, Por una encubierta entrada Un humilde ballestero, Cual espíritu maligno Que al conjuro está sujeto. Era el favorito oculto Del Rey: ambos un momento Hablaron con tal sigilo, Que el labio apenas movieron. Sólo al irse el confidente, Se oyó decir al Rey esto: «Asegura bien el golpe, Y si has de vivir, secreto». * * * Al sarao y a los salones Tornó Filipo muy presto; Aunque pálido el semblante, Tranquilo y tal vez risueño, Volvió a hablar al Conde-Duque, El cual como astuto y diestro, Que su señor encubría Conoció cuidados nuevos. Al cabo de corto rato Anuncióse que en su lecho La Reina indispuesta estaba, Y se dió fin al festejo. Sucedió al bullicio alegre, Al son de los instrumentos Y a la confusión festiva, El más profundo silencio. Los cortesanos al punto Las actitudes y gestos Dejaron de la alegría Y tomaron los del duelo; Y a vaciarse los salones Comenzaron del inmenso Concurso, que los llenaba De galas, vapor y estruendo. Villamediana, confuso, De inquietud funesta lleno, Al retirarse saluda Al Monarca con. respeto, Y éste con una sonrisa Lo deja aterrado y yerto; Mientras, afable, despide A los otros palaciegos. * * * De la desdichada Reina La favorita, corriendo Sale por las antesalas, Busca al Conde sin aliento, Penetra la muchedumbre, Le hace señas desde lejos: Al fin le alcanza, va a hablarle, Un papel lleva encubierto: Cuando se para y se hiela, Al Rey de repente viendo: Tal queda liebre cobarde De la serpiente al aspecto. El gran tropel que desciende Las escaleras, violento Arrastra a Villamediana, Que va delirante y ciego. Su carroza no parece... En la de Orgaz toma puesto, Y ambos Condes por las calles (Que aun no estaban, cual las vemos, Alumbradas con farolas) Veloces van y en silencio. Grita en una encrucijada Una voz : ¡Conde.! El cochero Para al punto los caballos; Pregunta Orgaz desde dentro: «¿A cuál de los dos?» De fuera «Villamediana», dijeron. Villamediana, al estribo, Juzgando que es mensajero De la Reina quien lo llama, Sacó la cabeza, y pecho; Y al punto se lo traspasa Una daga de gran precio, Con tal furor, que a la espalda Asomó el agudo hierro. Cayó el herido en el coche Un mar de sangre vertiendo, Y de su amigo en los brazos Al instante quedó muerto.