Versos Spanish Antonio Plaza El Mendigo

Spanish poem

El Mendigo

by (1830–1882)

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De invierno era noche. La luna bañaba con luces divinas su casto ropón; el éter cerúleo su toldo bordaba de estrellas temblantes de tenue fulgor. Con hilos de escarcha tejió el horizonte un lienzo precioso de blanco ormesí, que en nieve trocaba las crestas del monte y en líquido aljófar del campo el tapiz. Todo era silencio. Ni un ave medrosa turbó con su canto la triste quietud: allá en lontananza se veía una choza de hoguera brillante fumífera luz. Al pie de un encino, al que hace pedazos sus frondas resecas el soplo invernal, las hebras de nieve dejando en sus brazos, y témpanos duros de limpio cristal. Descansan dos seres de aspecto humildoso, ¡exóticas hierbas de extraño plantel! un pobre mendigo que vela afanoso el sueño a una virgen, mendiga también. Los viles harapos, la turbia mirada, la barba canosa, la histérica faz, el cuerpo inclinado, la frente rugada del viejo, revelan su agudo pesar. A la que se duerme vestida en el suelo su brazo le sirve de almohada esta vez; el cándido rostro le cubre su pelo, el rostro que baña mortal palidez. Su talle que celos causó a las ondinas, lo arropan girones de burdo sayal; la sangre enrojece sus plantas divinas que en luengo camino llegáronse a hinchar. «Dime: ¿por qué sufres, niña desgraciada? ¿por qué el infortunio tu cuna meció? ¿por qué secó el hambre tus formas de hada y llanto salobre tu faz escaldó? ¿Eres azucena crecida entre abrojos? ¿paloma que trajo misión de llorar? ¿ó ángel que Cristo miró con enojos y vienes sin culpa, al mundo a penar?» Así habló el anciano: sus nervios crispados moviólos un fuerte, convulso temblor; entonces sus ojos sin luz, empañados, brillar un momento los hizo el dolor. Separó del rostro con mano amarilla de su hija el cabello sedoso, sutil; besó de la virgen la flaca mejilla, volvió con la crencha el rostro a cubrir. Clavó en las estrellas la vista indignada, los puños con ira temblante cerró, y puso en la joven después su mirada, y plática triste consigo entabló.

Duermes en sueño profundo, duérmete, ángel de dolor, que mendigos por el mundo vamos errantes tú y yo, como ecos en las montañas, corno secas espadañas a merced del vendaval; como dos plumas caídas, como dos olas perdidas sobre borrascoso mar. Todo calla. No se mueve ni la luna en el zafir, bajo sábana de nieve parece el orbe dormir. Cuan dichosos los pastores que tal vez hablan de amores al calor de aquella luz; sólo yo, pobre mendigo, me hallo sin pan, sin abrigo, en horrible senectud. Yo que de oro, de placeres, otro tiempo disfruté, y entre amigos y mujeres años felices pasé; yo que a nadie respetaba, que de todo me burlaba, porque grande me creí; ahora viejo, miserable, pobre harapo despreciable, todos se burlan de mí. Yo que en batalla tremenda con imponente quietud, vi de la metralla horrenda brillar la siniestra luz. y en débil barco indefenso afronté del mar inmenso la iracunda tempestad; hoy de puerta en puerta plaño y hasta de un niño el regaño me hace ¡cobarde! temblar. Canto excelso de victoria con voz robusta entoné, y obtuve lleno de gloria un renombre... ¿para qué? ¿si me llaman hoy mendigo, si a la humanidad hostigo con mi constante pedir? ¿si cual de réprobo inmundo sin semejante en ei mundo huye la gente de mí?

De mí, que de los salones era el orgullo, la luz, y en espléndidas reuniones derramé la beatitud. Hoy si muerto de hambre llego donde hay baile, bulla, juego, y les grito: Socorred al desgraciado, mi plaga en áurea copa que embriaga es una gota de hiel. ¿Qué se hicieron las brillantes horas de felicidad? las mujeres incitantes los amigos ¿dónde están?... fue fantasma que risueño a través de torpe sueño mis sentidos fascinó; fue meteoro refulgente, que en un cielo transparente para apagarse brilló. Áurea imagen de vapores, sueño brillante de ayer, lindas sombras de colores con las que yo deliré; recuerdos de nuestra gloria que torturan la memoria del pordiosero infeliz; marchad, placeres perdidos, fantasmas de fuego, idos, idos, fantasmas, de aquí. Hoy mendiga el que antes daba, y se humilla el que humilló, que el mundo que le adulaba de desprecio lo cubrió; y al morir sus ilusiones devoró las decepciones de la infame ingratitud, y en su camino de abrojos le hace postrarse de hinojos, de su miseria la cruz. De cuánta dicha inefable me hizo la suerte gozar; pero la suerte mudable y pérfida, como el mar, trocó mi orgullo en flaqueza, en miseria mi riqueza, mi placer en expiación. Hoy, devorado de hastío, hambre tengo, tengo frío, tengo luto y maldición. Sombras de oro que abrillanto con mis lágrimas, ¡huid! porque si os miro me espanto de mi existencia infeliz. ¿A qué un inslante la mente os acariñe ferviente venís en loco tropel? ¿Así irritáis la memoria vagos fantasmas de gloria para marcharos después? Dejadme en triste destierro sin amigos, mendigar, y recibir como perro un vil mendrugo de pan. Mendrugo que yo devoro empapado con el lloro que brota del corazón, y... ¡piensan todos en tanto que es de gratitud el llanto que arranca la indignación! Al mendigar miserable, como sin alma me ven y que harapo despreciable, mi orgullo de hombre dejé; mal conoce el que se engaña todo el veneno que entraña un corazón infeliz. Es mi eterna pesadilla, a quien una vez me humilla, humillarlo mil y mil. ¿Por qué a la suerte le plugo mi soberbia mancillar?... ¡Oh! isi pudiese el mendrugo devolver al que lo da! ¡Si me viese en un momento joven, fuerte y opulento para saciar mi rencor, feliz entonces muriera, que yo por vengarme diera... de mi hija la salvación!»

«¿Mi hija?... ¡no!... ¡loca demencia! infortunada criatura, bastante es tu desventura con deberme la existencia. Flor de blanca transparencia cuyo purísimo seno está de lágrimas lleno; mañana tal vez la ola del ábrego, tu corola arrastrará por eí cieno. Triste imagen de la muerte ¡infeliz! te ha puesto el hambre, y débil como el estambre ya no puedes sostenerte. ¿Para penar de esta suerte de los cielos descendiste? antes de nacer ¿qué hiciste? ¿qué sufres con un mendigo de su pasado el castigo que tú nunca mereciste? Dios a vagar por el mundo te condena, pura ninfa, como la diáfana linfa, que corre entre fango inmundo. Mas del nejo moribundo si la vida se derrumba y entre los dos una tumba pone inflexible el destino, aislada en el torbellino, ¿qué harás cuando yo sucumba? Tus labios, tal vez mis ojos cerrarán, virgen preciosa, tal vez tú al hacer la fosa para inhumar mis despojos lanzarás, hija de hinojos ayes mil que el alma esconde, y al ver que nadie responde tomarás por compañero mi bordón de limosnero para ir... ¡qué sé yo adónde! ¿Qué porvenir se te espera si el hambre tu orgullo abate? quizá lúbrico magnate con su oro te hará ramera. Y aunque pobre limosnera serás su amanle, en seguida te dejará envilecida, y tendrás, hija, que ser vaso inmundo de placer, flor de todos escupida. Si desde la excelsa cumbre del pudor, al precipicio ruedas, y de infando vicio ardes en la horrible lumbre, trocarás en podredumbre tu pureza virginal; un torcedor infernal te matará, desgraciada, y morirás devorada de lepra, en el hospital. Tan horrorosa pintura me hace el corazón pedazos, mejor te ahogo en mis brazos: ¡muere!... ¡pero muere pural Que de mi infame locura venga el patíbulo en pos; no hemos de sufrir los dos, aunque execren mi memoria: vete sin mancha a la gloria, ¡magüer me condene Dios!»

Al decir esto, solloza y estrecha convulsamente el cuello de la inocente que al pie del árbol reposa. Ella siente en su garganta la opresión, deja el letargo, arroja un ¡ay! muy amargo y rápida se levanta. Con dulce rostro patético a su anciano padre mira, y su padre la retira v corre loco, frenético. y se golpea el corazón, y al ciclo eleva los ojos. Y después cae de hinojos y grita: ¡perdón!... iperdón!

Del ígneo sol sublime brillaron los fulgores los gélidos carámbanos su lumbre destruyó, abrieron sus corolas de púrpura bs flores, su cántico mandaron al tul los ruiseñores de Febo saludando el rostro bienhechor. Ya no triste neblina el horizonte empaña, del cerro se descubren los riscos de coral, el césped reverdece, revive la espadaña, y brincan las ovejas con gusto en la montaña y marchan los pasiores con gusto a trabajar. Está radiante el cielo, preciosa la natura, y todo ya parece al mundo sonreír: extiende el campo rica alfombra de verdura, y de perfume llena el aura que murmura, jugando da sus besos al nardo y alelí. En tanto se divisan en densa lontananza a nuestros dos mendigos un monte traspcner: el pobre viejo débil en su blago descansa y sigue silencioso, sin fe ni venturanza su marcha por el mundo, maldito para él.

Seguid, seguid viajeros desdichados por el yermo fragoso de la vida, que todos, cual vosotros, desgraciados tenemos alma por la pena herida. y con los ojos de llorar cansados, con la esperanza de placer perdida y con el mundo en perdurable guerra, todos vamos mendigos por la tierra.