Versos Spanish Antonio Plaza Fatalidad

Spanish poem

Fatalidad

by (1830–1882)

Listen in the reader

¡Ay infeliz de aquel que en torpe sueño ama a la virgen que soñando ve, y al despertar de su febril beleño sueña que existe lo que sueño fue! Y pierde ¡ay! su venturosa calma, y corre ciego de una sombra en pos, y busca un alma que comprenda su alma cual se comprende la virtud y Dios. Y el demonio le pone en su camino un demonio con formas de mujer, y el soñador en loco desatino, clama: —¡La virgen de mi sueño es! Y lleno de ternura y de inocencia idolatra al demonio como a Dios, y el demonio emponzoña su existencia y le arranca la fe del corazón.

Hubo tiempo que ajena de dolores mi vida fue pasando, como entre blancas flores cruza feliz el aura, remedando la sonrisa del dios de los amores. Era mi alma de ángel a semblanza, un porvenir veía brillante en lontananza, y mi sensible corazón latía lleno de fe, de amor y de esperanza. Mi alma tan pura como blanco armiño y como sol ardiente rebosaba cariño, y con los sueños que abrigó mi frente latió feliz mi corazón de niño. En esta alma para el bien nacida levántele un sagrario a la que fue mi egida, mi arcángel tutelar, mi relicario, y el perfume precioso de mi vida.

Fue una mujer mi creencia, mi encanto, mi religión, la vida de mi existencia, la luz de mi corazón. Y la amaba como ama el poeta su laúd, como el guerrero la fama, como el justo la virtud, como el náutico los mares, la virgen su castidad, como el proscrito sus lares, como Dios la caridad, como el avaro ama el oro, como el ciego ama la luz, como al paraíso el moro, y como el mártir la Cruz.

De mi amor en el exceso, mi aspiración sólo era poner en su planta un beso, y en cambio, querido hubiera darla por lecho la espuma, y por toldo de colores las niveas alas de pluma del ángel de los amores. Y ai que formó los palmeros rogar que su mano santa tejiera con sus luceros un tapiz para su planta; que al contemplarla tan bella quería de Dios el poder. para inventar un placer exclusivo para ella. Para mí era su ventura la ventura de los dos, y la adoré en mi locura como nadie adora a Dios.

Pero la verdad un día quebró el prisma de colores, y en lugar de luz y flores vi doblez, hipocresía. Conocí que deificaba a una víbora dañosa, que traidora y cariñosa el corazón me picaba.

De mis sueños nacarados el panorama cambió, y en escombros vi trocados los castillos encantados que la mente fabricó. La ilusión vertiginosa castigó el Supremo Ser, porque en mi fiebre amorosa formé ¡imbécil! una diosa de quien sólo era mujer. Y eran falsos sus acentos, y era falsa su pasión, y falsos sus juramentos, y falsos sus sentimientos, y falso su corazón. Quise yo perder el juicio para no sentir mi mal, y alurdirme con el vicio arrojándome al bullicio de irritante bacanal. Y escandalosas veladas, y frenética embriaguez, y amistades depravadas, y mujeres degradadas, envejecieron mi tez. ¡Ay del que al crimen se arroja! es el crimen la expiación; yo rendido de congoja vi morir hoja tras hoja las flores del corazón. Hallé en la amistad falsía, en el goce padecer, en el amor ironía, y maldije en mi agonía mis momentos de placer. Mis labios palidecieron, y mi barba emblanqueció, y mis cabellos cayeron, y mis mejillas se hundieron, y mi frente se rugó.

El triste corazón sólo es la umbra del que latiera ayer joven y fuerte; lánguido está cual lámpara que alumbra los fúnebres altares de la muerte. Murió mi corazón. Ni odia ni ama, ni palpita anhelando los placeres que presenta del mundo el panorama con sus bailes, su gloria y sus mujeres. Murió mi corazón. Sensible un día de amar y aborrecer quedó cansado; fue convulsa y horrible su agonía, pues murió el infeliz envenenado. El beso de una hermosa no lo embriaga, ni el desdén de una hermosa lo enardece; el aplauso del mundo no le halaga, ni el desprecio del mundo le entristece. Altivo roble que volvió ceniza el rugiente volcán de las pasiones, el dardo del dolor le martiriza y le niega el placer sus ilusiones.

Viejo, pobre, de tedio consumido, nada en el mundo a consolarme alcanza, que en mi rebelde corazón podrido ya se apagó la luz de la esperanza. Miserable juglar, ser despreciado, siento que pesa en mi amarillo seno un lazarino corazón, preñado de lágrimas, de sangre y de veneno. Bajo mi pie la tierra se estremece, por donde voy rencores me concito, lo que aspira mi aliento languidece, lo que toca mi mano, está maldito.

Si quiero el ámbar de las bellas flores aspirar con anhelo, se mueren sus olores, y si las toco, ruedan por el suelo sus transparentes hojas de colores. Cuando la sed terrible me devora, si encuentro los cristales de vertiente inodora, y mis labios acerco, en lodazales se convierte la linfa bullidora. Si de un harpa el concento apetecido se oye sonar distante, y escucho conmovido, se revientan sus cuerdas al instante y al reventar murmuran un gemido. Si oigo cantar un pájaro, enmudece; y si el sol en la cumbre del mundo, resplandece, y quiero un rayo de su viva lumbre, el sol entre las nubes desparece. Nuncio del mal, gitano pordiosero, es mi laúd si canto fatídico agorero, que es mi voz, si en la noche se levanta, del cárabo el gemido lastimero. Si ante Dios de Israel caigo de hinojos, del templo en las baldosas, con iracundos ojos me miran las imágenes piadosas y me vuelven el rostro con enojos. Si quiero orar, se anuda mi garganta, y sin querer agravio la omnipotencia santa, que audaz murmura el rencoroso labio torpe blasfemia que aun al cielo espanta. Baña helado sudor mi faz rugosa y me falta el aliento, y una voz pavorosa, ¡Salte! —me dice— y salgo, porque siento que me empuja una mano misteriosa. Ser de fastidio y maldición emblema, doquier estoy proscripto, y mi frente se quema; porque en mi vieja frente se halla escrito de un cielo vengador el anatema. Ni siquiera en llorar hallo consuelo, la fuente está agotada, y mi llanto es ¡oh cielo! una ronca, estridente carcajada que me postra sin fuerzas en el suelo.

Mas... pronto moriré. ¡Soy desgraciado! y mi cuerpo que acaso dormirá insepulto en camino abandonado, de ración a los perros servirá. Triste es morir en orfandad penosa, transida el alma, yerto el corazón; sin que la madre o la querida esposa riegue con llanto el fúnebre crespón. Triste, muy triste es al dejar el mundo tender la vista en derredor de sí, y balbucir con labio moribundo: ¡Ya no hay quien tenga compasión de mí!

Y ¿qué importa morir?—¡Una careta! Me vuelvo al carnaval que llaman vida, entre esa turba del cinismo atleta voy a burlarme de mi propia herida, a embromar, a reír en danza inquieta aunque esté el alma de veneno henchida, y aunque ruede beodo al precipicio quiero reír hasta perder el juicio. Y sufriré, mas sufriré callando no quiero que se burlen de mis males; riendo siempre me verán cruzando por la senda del mundo entre zarzales, que ni interés ni compasión demando: al odio y la piedad encuentro iguales, y si acaso de pena desfallezco, que ignore el mundo lo que yo padezco. Si errante voy en brazos de la suerte, ya, ¡vive Cristo! de vagar me enojo: quiero el descanso ya, quiero la muerte, quiero decir al mundo: Ahí te arrojo pedazos hecho un corazón inerte, de mi esqueleto mísero despojo: sirva de alfombra a tu brillante carro ese juguete de asqueroso barro. Y que se cumpla mi fatal destino, al fin me hastió la humanidad entera: Si es el hombre del hombre el asesino, si es la mujer del hombre la pantera, y si es la vida batallar contino, lucharé hasta morir, y cuando muera saludaré la fúnebre morada con mi ronca y convulsa carcajada.