Spanish poem
Fortuna Pérfida Y Loca
by Antonio Plaza (1830–1882)
Fortuna pérfida y loca, tu capricho al orbe manda; con el audaz eres blanda, con el tímido eres roca. Ciega que a gozar provoca y hace al hombre padecer; vana eres como el placer, y aunque alientas alma infame, no hay hombre que no te ame, porque al fin eres mujer.
Veleta de oro, que gira según el viento se muda; Astarté ante quien desnuda la prostitución se mira; aunque es tu favor mentira, por llegarlo a poseer, todos echan a correr tras de ti, de ansia beodos; pero tú burlas a todos, porque al fin eres mujer.
Maga de rostro severo, con el asta de Amaltea, linda vuelves a la fea y general a un arriero; ennobleces al fullero, al bruto le das saber, a un bicho le haces valer; pero al conceder tu amor siempre eliges lo peor, porque al fin eres mujer.
Prostituta, la virtud es tu esclava, a quien humillas, ante el crimen te arrodillas y dispensas plenitud de bienes a multitud de pícaros, que maguer ahorcados debieran ser; no extraño que des tus dones a estúpidos y bribones, porque al fin eres mujer.
Reina de las joyas falsas, al que hoy elevas al cielo lo arrojas mañana al suelo y al abatido lo ensalzas. Al hombre mísero alzas para dejarlo caer; porque con sólo querer haces todo en el instante... eres tú muy inconstante, ¡oh Fortuna! al fin mujer.
Vieja del mechón inmundo, soberana sin conciencia, ante cuya omnipotencia de hinojos se postra el mundo. A todo hombre nauseabundo que arrastra su noble ser ante el oro y el poder, tú la proteges, injusta, que la adulación te gusta, porque al fin eres mujer.
Santa Juliana bendita ató al demonio temido; pero a ti nadie ha podido atarle, calva maldita. En vano el hombre se agita. Fortuna por detener tu rueda que hace caer al infeliz que la toca; porque eres pérfida y loca como una mala mujer.
Quien vivir sabe, te acecha; desvelas al codicioso, no te busca el perezoso, el pródigo te desecha: el imbécil se despecha; porque a nadie tu poder contento puede tener, y te maldicen no pocos, que a todos los vuelves locos, porque al fin eres mujer.
Quien no tiene confianza en ti, siempre te aborrece, y quien menos te merece, Fortuna, siempre te alcanza. Nadie pierde la esperanza de llegarte a poseer, sólo yo, mísero ser, quizá filósofo o necio. Fortuna, no te hago aprecio, porque al fin eres mujer.
Tú, lo mismo que mi suegra, me aborreces, vil Fortuna, y aunque yo desde la cuna he visto tu cara negra, no me aflige ni me alegra tan villano proceder; y sin pena, sin placer, te doy la espalda, ¿qué quieres? me fastidian las mujeres, y tú al fin eres mujer.