Versos Spanish Carolina Coronado Aquel Nombre Primero

Spanish poem

Aquel Nombre Primero

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Aquel nombre primero que bendijo mi labio balbuciente, después que prisionero vi a mi padre inocente, fue, Señora, tu nombre reverente. Aquella faz hermosa que, después de la faz hermosa y santa de mi madre amorosa miré con ansia tanta, fue, Señora, tu faz que al mundo encanta. La primera alegría que de mi triste infancia en los albores recuerda el alma mía, brotó con tus favores como al rayo del sol brotan las flores. Y la primera gala que el sereno y trasparente cielo al puro azul iguala, la vestí con anhelo por celebrar tu nombre y mi consuelo. Yo entonces no sabía cómo en la vaga mente se creaba la sonora poesía, pero entonces cantaba los himnos que en tu honor el pueblo alzaba. De tu dulce amnistía a la sombra feliz hemos crecido, las que niñas un día tanto habemos sufrido que sin ti fuera triste haber nacido. Con noche muy oscura nacimos en el siglo desgraciado, y nunca la luz pura hubiéramos gozado si no le amaneciera tu reinado. Luz trajo tu venida, luz tu sonrisa, luz es tu mirada, y a tu luz atraída, ave desorientada, yo te vine a buscar triste y cansada. Y tú al ave importuna que de Aranjuez al campo retirado fue a gemir su fortuna, tendiste con agrado tu mano, que es su nido regalado. Al verte, a mi memoria vino el recuerdo de la infancia mía, toda la amarga historia del padre que gemía, y tu grandeza soberana y pía. Recordé tu hermosura, como del campo la primera mañana que en nuestra infancia pura. Con el alba lozana, se muestra tan risueña y tan galana. Y los himnos suaves que gozosos cantaban mis hermanos, al compás de las aves, por los floridos llanos, en honor de tus rasgos soberanos. Y por eso a tu planta, sin poder exhalar palabra alguna mi anudada garganta, quedé, como en la cuna el niño embelesado al ver la luna. Y nunca mi cariño te pudiera expresar con un acento, si, cual la madre al niño, no me enseñara atento tu labio a traducir mi pensamiento. Tú al canto del Petrarca y del Tasso a los épicos sonidos, en la bella comarca los muy blandos oídos tienes acostumbrados y entendidos. Yo no sé hacer canciones que el genio inspira, que el talento ordena, mas, ¡ah! los corazones que el entusiasmo llena, tienen de gratitud fecunda vena. De un alma agradecida comprende el amoroso sentimiento, sin arte y sin medida, que el agradecimiento es, Señora, virtud, mas no talento. Mejor sé verter llanto estrechando tus manos contra el pecho, que encerrar en mi canto, con un límite estrecho, la gratitud que Dios tan grande ha hecho. Al decir que te ama el corazón, Señora, no se inquieta por la Apolínea llama que, al numen no sujeta, prefiero ser mujer a ser poeta. No puedo consagrarte rico poema do tu augusto nombre con perfección del arte al universo asombre, que los épicos cantos son del hombre. Mas ruego cada día en piadosa oración, que es más sonora, a la Virgen María, que te sea, Señora, como eres tú, mi augusta protectora.