Spanish poem
Mañana Cumpliremos
Mañana cumpliremos quince años de vida en esta casa. ¡Qué horror, hermana, cómo envejecemos, y cómo pasa el tiempo, cómo pasa! Llegamos niños, y ya somos hombres, hemos visto pasar muchos inviernos y tenemos tristeza. Nuestros nombres no dicen ya diminutivos tiernos, ingenuos, maternales, ya no hay esa infantil alegría de cuando éramos todos a la mesa: «¡Que abuela cuente, que abuelita cuente un cuento antes de dormir, que diga la historia del rey indio» Gravemente la voz querida comenzaba: «Siga la abuela, siga, no se duerma!» «¡Bueno!» ¡Ah, la casa de entonces! La modesta casita en donde todo era sereno, ¡Nuestra casita de antes! No, no es esta la misma. ¿Y los amigos, las triviales ocurrencias, la gente que vivía en el barrio las cosas habituales? ¡Ah, la vecina enferma que leía su novela de amor! ¿Qué se habrá hecho de la vecina pensativa y triste que sufría del pecho? ¡Era de linda! Tú la conociste, ¿No te acuerdas, hermana? Ella leía siempre una novela sentada a una ventana. Nosotros la mirábamos. Y abuela la miraba también. ¡Pobre! Quién sabe qué la afligía. A veces ocultaba el bello rostro, de expresión muy suave, entre sus blancas manos, y lloraba. ¡Cómo ha ido cambiando todo, hermana, tan despaciosamente! Cómo ha ido cambiando todo ¿Qué se irá mañana de lo que todavía no se ha ido? Ya no la abuela nos dirá su cuento. La abuela se ha dormido, se ha callado: la abuela interrumpió por un momento muy largo el cuento amado. Aquellas risas límpidas y claras se han vuelto graves poco a poco, aquellas risas que no se habrán de oír. Las caras tienen sombras de tiempo en tiempo, huellas de pesares antiguos, de pesares que aunque se saben ocultar existen. En las nocturnas charlas familiares hay silencios de plomo que persisten hoscos, malos. En torno de la mesa faltan algunas sillas. Las miradas fijas en ellas, como con sorpresa, evocan dulces cosas esfumadas: rostros llenos de paz, un tanto inciertos pero nunca olvidados. ¿Y los otros?, Nos preguntamos muchas veces. Muertos o ausentes, ya no están: sólo nosotros quedamos por aquellos que se han ido, y aunque la casa nos parezca extraña, fría, como sin sol, aún el nido guarda calor: mamá nos acompaña. Resignada, quizá, sin un reproche para la suerte ingrata, va olvidando, pero, de cuando en cuando, por la noche, la sorprendo llorando: «¿Qué tiene, madre? ¿Qué es lo que le apena? ¿No se lo dirá a su hijo al hijo viejo? ¡Vamos, madre, no llore, sea buena, no nos aflija más! ¡Basta!» ¡Y la dejo calmada, libre al fin de la amargura de su congoja atroz, y así se duerme! ¡Húmedas las pupilas de ternura! ¡Ah, Dios no quiera que se nos enferme! Es mi preocupación ¡Dios no lo quiera! Es mi eterno temor. ¡Vieras! No puedo explicártelo. Sí ella se nos fuera ¿Qué haríamos nosotros? Tengo miedo de pensarlo. Me admiro de cómo ha encanecido su cabeza en estos meses últimos: la miro, la veo vieja y siento una tristeza tan grande ¿Esa aprensión nada te anuncia hermana? Tú tampoco estás tranquila: tu perdida alegría te denuncia También tu corazón bueno vigila. Yo no sé, pero creo que me falta algo cuando no escucho su voz. Una inquietud vaga me asalta Hay que cuidarla mucho, hermana, mucho.