Spanish poem
Ya La Tarde Libra El Combate Postrero
Ya la tarde libra el combate postrero en las flechas de oro que lanza al acaso, y se va como un príncipe, caballero en el rojo corcel del Ocaso. Se ahonda el misterio de las lejanías, misterio sombreado de tinte mortuorio, y el barrio se puebla de las letanías que llegan del negro, cercano velorio. Empieza a caer la nieve Dulcemente, un rumor de canciones resuena en el patio del conventillo de enfrente, que, en ritmos alegres, oculta una pena Las mozas, dicen sus ansias juveniles la salud se hizo canto en sus bocas, como en una lira de cuerdas viriles que guarda un deseo de imágenes locas. Rayo de sol sobre la escarcha: la mustia, de inviolable sudario en el seno, copa repleta del vino de la angustia que infiltra en la sangre su sabio veneno. Finge en arabescos la nieve que baja como una lluvia de blancos pesares, una viejecita que hila su mortaja, y una novia que arroja azahares. Sobre una cabeza inquieta, entristecida, yo la veo caer, como un beso que absorbiese los rencores de una herida y quedase en los bordes impreso. Se desconsuela el barrio. Todos los males salvajes resurgen aullando impaciencias como presagios, que en las noches mortales florecen las llagas de sordas dolencias Asómate a la ventana, hermano. Mira, tras la niebla, espejismos extraños de fiebres. Desde una frente que delira, soltó la tristeza sus búhos huraños Rondan sugestiones en el pensamiento, a todas las luchas del Crimen resueltas, y el ambiente es propicio al presentimiento, pues las bestias del mal andan sueltas. Me invade el miedo. Mi cerebro afiebrado es un biógrafo horrible de cosas fatídicas y raras de lo ignorado: donde van a caer, silenciosas. En la casa del tísico, que los fríos llevaron al lecho, graznó una corneja: la inspiración de los cuentos sombríos que junto a la lumbre musita la vieja. La huerfanita, en el desván ha cesado de gemir, y, aunque nadie la asiste, en su glacial abandono se ha quedado obsedada del sol, como triste enferma que deseara un ardor eterno, y, envuelta en su suave caliente pelliza, tuviese en una noche cruda de invierno un cálido sueño de tardes en Niza. El mendicante se ha ido de la puerta Dice algo muy hosco su ceño fruncido, como si algún dolor en su mano abierta entre las limosnas hubiese caído. El crónico del hospital, ya moribundo, sospecha, insensible, la gran Triunfadora, y como en neblinas ve pasar el mundo, sonámbulo grave que aguarda la hora En su instante supremo la frente inclina, como en su último adiós un bandido que llorase al pie de la guillotina, y se fuese después redimido. ¿Será el miedo, hermano? ¿No oyes cómo brama el viento en la calle, tan sola y oscura? ¡Si supieses! Anoche, junto a mi cama, con muecas burlonas pasó la Locura.