Versos Spanish Evaristo Carriego Ya Llegan Cansados En Rondas Hambrientas

Spanish poem

Ya Llegan Cansados En Rondas Hambrientas

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Ya llegan cansados en rondas hambrientas a husmear trozos entre los residuos: caridad de afables cristianas sirvientas que tienen por ellos cuidados asiduos. La humildad que baja de sus lagrimales se trueca en desplantes de ladridos fieros: no en vano regresan de sucios portales cumplida su ingrata misión de cerberos. Espíritus sabios en sus devociones, ladran sus blasfemias como ángeles malos, pero en los oficios de las contriciones los mueve a ser santos la unción de los palos. Tal vez ellos mismos, en noches aciagas son los milagreros geniales artistas, de bíblicas lenguas, que curan las llagas de anónimos Cristos sin evangelistas En las castas horas de amables ensueños, son, regularmente, como nadie parcos en el decir, pero se tornan risueños cuando beben agua de luna en los charcos. Gozan la primicia de las confidencias en los soliloquios de los criminales, y, como sus dueños, buscan las pendencias y aman los presidios y los hospitales. De noche, consuelan la angustia infinita de los incurables que en los conventillos, dulcemente lloran a la Margarita que muere en las teclas de los organillos. Puntuales consignas, jamás olvidadas con los que despiertan, fielmente severos, a las obreritas, en las madrugadas que anuncian las dianas de los gallineros. Se entristecen cuando la mujer insulta a ese sinvergüenza que aún no ha venido Y en su compañía descubren la oculta lejana cantina donde está el marido. Final de la ofensa nunca perdonada, rencor de los héroes de almas agresivas, gustan la belleza de la puñalada que alcanza a las locas muchachas esquivas. Crías corajudas, de castigo eximen a las delincuentes famas orilleras, si es que se discute la causa del crimen que apasionó al barrio semanas enteras Ponen sus rabiosas babas en los cuentos de las enredistas brujas habladoras, y asisten en días de arrepentimientos a las confesiones de las pecadoras. Luctuosos de mugre van a los velorios donde, haciendo cruces, arañan las puertas y, muy compasivos, gruñen responsorios y recitan Salves por las novias muertas. Hallan escondrijos de cosas guardadas, y cautos, divulgan en el vecindario fórmulas secretas de alquimias, robadas al hosco silencio de algún visionario. Con mucho sigilo, ferozmente, serios en el amplio, oscuro templo de la acera celebran sus ritos de foscos misterios, aullando exorcismos contra la perrera. Custodian el acto, de extrañas figuras, los insospechados de infames traiciones, hay autoritarias torvas cataduras de perros caudillos y perros matones. Uno, sobre todo, terror de valientes, jamás derrotado volvió a la covacha: ¡Quizás Juan Moreira le puso en los dientes su daga de guapo sin miedo y sin tacha! Y hay otro, apacible, gentilmente culto, de finos modales, ingenioso y diestro en estratagemas de escurrir el bulto, y a quien los noveles le llaman Maestro. Y hay otro, que, cuando la fiesta termina hablando a los fieles con raro lenguaje parece un apóstol de gleba canina que dice a las gentes su Verbo salvaje. Y otro, primer premio de anuales concursos y que, en saber, ante ninguno se agacha, es una promesa que sigue los cursos de las academias de un perro Vizcacha. Y otro, que en su orgullo se llama nietzscheano, siempre maculado de filosofías, en cien bellas frases, de credo inhumano, expone a la horda tremendas teorías Y otro, que con aire de doncel apuesto finge repulsiones hablando de gracia, cuidando la forma de su noble gesto impone el buen gusto de su aristocracia. Y el otro, que el domingo va a las conferencias, donde dragonea ya de libertario, afirma que toda clase de violencias es en estos días un mal necesario. Y otro, patriotero, bravo y talentoso, nació en Entre Ríos elogiando el suelo de su cuna, agrega, que en tiempo glorioso fue hermano en Calandria, y hermano en mi abuelo. Y otro, de impecada frescura de asceta, que a veces fulmina no sé qué amenaza, es el escuchado tonante profeta que augura el destino mejor de la Raza. Y algunos, que acaso fueran ovejeros en las mocedades de sus correrías, relatan historias de gauchos matreros con quienes pelearon a las policías. Y otros, caballeros que leen Don Quijote y ya han recibido más de una pedrea, casi pontifican que siempre el azote ha sido recurso de toda ralea Y otros, familiares reliquias vivientes que atiende el Estado, sarnosos y viejos mas con su prestigio de bocas sin dientes, inician a varios que piden consejos. Y ahí están. De pronto vuelven, todos juntos, a narrarse, en orden, sus melancolías: pregunta y respuesta, como en contrapuntos de fúnebres salmos que son letanías. ¡Parece que el alma de los payadores hubiese pasado por sobre la tropa, y que, frente a graves jueces gruñidores, está Santos Vega y está Juan sin Ropa! ¿Qué será ese inquieto pavor tumultuario que desde la sombra llega, a la sordina? ¡Cómo si rezasen lúgubres rosarios, de hostiles rumores se puebla la esquina! Se van galopando ¿Por qué habrán huido? ¡Qué sola ha quedado la calle! ¡Qué honda la pena del ronco furor del aullido! ¿No sientes, hermano? Se aleja la ronda.