Spanish poem
Por La Victoria De Lepanto
by Fernando de Herrera (1534–1597)
Cantemos al Señor, que en la llanura venció del mar al enemigo fiero. Tú, Dios de las batallas, tú eres diestra, salud y gloria nuestra. Tú rompiste las fuerzas y la dura frente de Faraón, feroz guerrero; sus escogidos príncipes cubrieron los abissos del mar, y decendieron cual piedra en el profundo, y tu ira luego los tragó, como arista seca el fuego. El soberbio tirano, confiado en el grande aparato de sus naves, que de los nuestros la cerviz cativa, y las manos aviva al ministerio de su duro estado, derribó con los brazos suyos graves, los cedros más ecelsos de la cima y el árbol que más yerto se sublima, bebiendo agenas aguas y pisando el más cerrado y apartado bando. Temblaron los pequeños, confundidos del impio furor suyo; alzó la frente contra ti, Señor Dios, y enfurecido ya contra ti se vido, con los armados brazos estendidos, el arrogante cuello del potente. Cercó su corazón de ardiente saña contra las dos Hesperias, que el mar baña, porque en ti confiadas le resisten, y de armas de tu fe y amor se visten. Dijo aquel, insolente y desdeñoso: «¿No conocen mis iras estas tierras y de mis padres los ilustres hechos? ¿O valieron sus pechos contra ellos con el húngaro dudoso y de Dalmacia y Rodas en las guerras? ¿Pudo su Dios librallos de sus manos? ¿Que Dios salvó a los de Austria y los germanos? ¿Por ventura podrá su Dios ahora guardallos de mi diestra vencedora? »Su Roma, temerosa y humillada, sus canciones en lágrimas convierte. Ella y sus hijos mi furor esperan cuando, vencidos, mueran. Francia está con discordia quebrantada, y en España amenaza horrible muerte quien honra de la luna las banderas. Y aquellas gentes, en la guerra fieras, ocupadas están en su defensa, y aunque no, ¿quién podrá hacerme ofensa? »Los poderosos pueblos me obedecen, y con su daño el yugo han consentido, y me dan, por salvarse, ya la mano. Y su valor es vano, que sus luces, muriendo, se escurecen. Sus fuertes en batalla han perecido, sus vírgenes están en cativerio, su gloria ha vuelto al cetro de mi imperio. Del Nilo a Eufrátes y al Danubio frío, quanto el sol alto mira, todo es mío». Tú, Señor, que no sufres que tu gloria usurpe quien confía en su grandeza, prevaleciendo en vanidad y en ira, a este soberbio mira, que tus templos afea en su vitoria, y tus hijos oprime con dureza, y en sus cuerpos las fieras bravas ceba, y en su esparcida sangre el odio prueba; y, hecho ya su oprobio, dice: «¿Dónde el Dios d'estos está? ¿De quién se esconde?» Por la gloria debida de tu nombre, por la venganza de tu muerta gente, y de los presos por aquel gemido, vuelve el brazo tendido contra aquel que aborrece ya ser hombre, y las honras que a ti se dan consiente, y tres y cuatro veces su castigo dobla con fortaleza al enemigo, y la injuria a tu nombre cometida sea el duro cuchillo de su vida. Levantó la cabeza el poderoso que tanto odio te tiene, en nuestro estrago; juntó el consilio, y contra nos pensaron los que en él se hallaron. «¡Venid! —dixeron— y en el mar undoso hagamos de su sangre un grande lago. Deshagamos a estos de la gente, y el nombre de su Cristo juntamente. Y, dividiendo d'ellos los despojos, hártense en muerte suya nuestros ojos». Vinieron de Asia y de la antigua Egito los árabes y fieros africanos, y los que Grecia junta mal con ellos, con levantados cuellos, con gran potencia y número infinito, y prometieron con sus duras manos encender nuestros fines y dar muerte con hierro a nuestra juventud más fuerte, nuestros niños prender y las doncellas, y la gloria ofender y la luz d'ellas. Ocuparon del mar los largos senos, en silencio y temor puesta la tierra, y nuestros fuertes súbito cesaron y medrosos callaron, hasta que a los feroces agarenos, el Señor eligiendo nueva guerra, se opuso el joven de Austria valeroso con el claro español y belicoso; que Dios no sufre en Babilonia viva su querida Sión siempre cativa. Qual león a la presa apercibido, esperaban los impios confiados a los que tú, Señor, eras escudo, que el corazón desnudo de temor, y de fe todo vestido, de tu espíritu estaban confortados. Sus manos a la guerra compusiste y a sus brazos fortísimos pusiste como el arco acerado, y con la espada mostraste en su favor la diestra armada. Turbáronse los grandes, los robustos rindiéronse temblando y desmayaron, y tú pusiste, Dios, como la rueda, como la arista queda al ímpetu del viento, a estos injustos, que, mil huyendo de uno, se pasmaron. Cual fuego abrasa selvas y cual llama que en las espesas cumbres se derrama, tal en tu ira y tempestad seguiste y su faz de inominia confundiste. Quebrantaste al dragón fiero, cortando las alas de su cuerpo temerosas y sus brazos terribles no vencidos, que con hondos gemidos se retira a su cueva, silbos dando, y tiembla con sus sierpes venenosas, lleno de miedo torpe sus entrañas, de tu león temiendo las hazañas; que, saliendo de España, dio un rugido que con espanto lo dejó aturdido. Hoy los ojos se vieron humillados del sublime varón y su grandeza, y tú solo, Señor, fuiste exaltado: que tu día es llegado, Señor de los ejércitos armados, sobre la alta cerviz y su dureza, sobre derechos cedros y extendidos, sobre empinados montes y crecidos, sobre torres y muros y las naves de Tiro, que a los tuyos fueron graves. Babilonia y Egito, amedrentada, del fuego y asta temblará sangrienta, y el humo subirá a la luz del cielo, y, faltos de consuelo, con rostro oscuro y soledad turbada tus enemigos llorarán su afrenta. Y tú, Grecia, concorde a la esperanza de Egito, y gloria de su confianza triste, que a ella pareces, no temiendo a Dios, y en tu remedio no atendiendo, ¿por qué, ingrata, tus hijas adornaste en adulterio con tan impia gente que deseaba profanar tus frutos, y con ojos enjutos sus odiosos pasos imitaste, su aborrecible vida y mal presente?; por eso Dios se vengará en tu muerte, que llega a tu cerviz su diestra fuerte la aguda espada. ¿quién será que pueda tener su mano poderosa queda? Mas tú, fuerza del mar, tú, ecelsa Tiro, que en tus naves estabas glorïosa, y el término espantavas de la tierra, y, si hacías guerra, de temor la cubrías con suspiro, ¿cómo acabaste fiera y orgullosa? ¿quién pensó a tu cabeza daño tanto? Dios, para convertir tu gloria en llanto y derribar tus ínclitos y fuertes te hizo perecer con tantas muertes. Llorad, naves del mar, que es destruida toda vuestra soberbia y fortaleza. ¿Quién ya tendrá de ti lástima alguna, tú, que sigues la Luna, Asia adúltera, en vicios sumergida? ¿Quién mostrará por ti alguna tristeza? ¿Quién rogará por ti? Que Dios entiende tu ira, y la soberbia que te ofende; y tus antiguas culpas y mudanza han vuelto contra ti a pedir venganza. Los que vieren tus brazos quebrantados, y de tus pinos ir el mar desnudo que sus ondas turbaron y llanura, viendo tu muerte oscura, dirán, de tus estragos espantados: «¿Quién contra la espantosa tanto pudo?» El Señor, que mostró su fuerte mano, por la fe de su príncipe cristiano y por el nombre santo de su gloria, a España le concede esta vitoria. Bendita, Señor, sea tu grandeza, que después de los daños padecidos, después de nuestras culpas y castigo, rompiste al enemigo de la antigua soberbia la dureza. Adórente, Señor, tus escogidos. Confiese, cuanto cerca el ancho cielo, tu nombre, ¡oh nuestro Dios, nuestro consuelo!, y la cerviz rebelde, condenada, padesca en bravas llamas abrasada. A ti solo la gloria por siglos de los siglos, a ti damos la honra, y humillados te adoramos.