Spanish poem
Discurso Moral Sobre La Templanza En Los Deseos
by Francisco de Paula Martínez de la Rosa y Berdejo
¿De qué se queja, Arnosto, el débil hombre Si su menguada condición olvida; Y sin límite explaya sus deseos, Cual turbio mar sin fondo y sin orilla?... Nace llorando en angustiosa cuna, Y largo tiempo con afán respira; Amparando su frágil existencia De una madre el amor y las caricias: Como sueño fugaz vuela su infancia, Sin que acierte á gustar su breve dicha; Y apénas ya garzón saluda ufano La grata primavera de la vida, Él propio acorta el término a sus bienes, Y cuanto toca, con su ardor marchita. De una ilusión en otra, de un delirio Precipítase en mil; ansía, suspira, Corre con loco afán, tiende los brazos Tras una y otra sombra fugitiva; Y al irla ya a estrechar contra su seno, La suerte con un soplo la disipa. Así agota su mísera existencia; Eternos juzga los veloces días; Y los granos de arena cuenta ansioso Que miden los instantes de su vida; Mientras de males y dolor cargada La vejez lentamente se avecina; Y al ir el infeliz a dar un paso, Abierta ante sus pies la tumba mira. ¿Quién en el mundo, quién, dime uno solo Que el breve espacio con sus ojos mida; Y el ímpetu modere y el aliento, Con la meta fatal siempre a la vista?... Corren los unos a estrellarse ciegos; Con gesto y voz aquellos los animan; Y otros los siguen, y otros los empujan; Y todos a la par se precipitan... Labra en arena su ventura el hombre, Y segura y eterna la imagina; Sin reparar en la funesta playa Las rotas naves y recientes ruinas: Como al pie mismo del Vesuvio ardiente Cercas, hogares, pueblos se fabrican De otros pueblos con míseros escombros, Con la tostada lava apenas tibia! Aunque la ciega suerte muestre acaso La engañadora faz grata y propicia, No en tu ilusión presumas, caro Arnesto, Que disfrute el mortal dicha cumplida: El goce de los bienes más ansiados, De otros mayores el afán escita; Y apenas a una cumbre asciende el hombre, Otras más altas sobre sí divisa: Cual el viajero en los fragosos Alpes Cien y cien montes trepa con fatiga; Y cuando sueña el término cercano, Ve allá en los cielos la nevada cima. En frágil tabla al piélago sañudo Se arroja el mercadante: hogar, familia, Patria, amigos, esposa, hermanos, hijos, A la sed de riqueza sacrifica: Sin que le asombre la distancia inmensa, El hondo mar, el ignorado clima, Ni pestilente fiebre que le aguarda Cual triste nuncio en la fatal orilla. Llega, corre, se afana, de mil siervos Rinde el esfuerzo a la mortal fatiga; De avara acusa el mísero a la tierra; Y estéril halla la opulenta mina. Árbitro de la Grecia, en regio trono El hijo de Filipo se vio un día; Y en tan estrechos límites se ahoga, Y extiende victorioso sus conquistas: Tiembla a su voz la Europa, tiembla el Asia; Cien y cien reyes doblan la rodilla; Y al llegar a los términos del mundo, Aun halla estrecho el ámbito y suspira. ¿Pero a qué en el torrente de otros siglos Buscar tanto escarmiento, tanta ruina, Cuando a mirarlas con los propios ojos Nos condenó a los dos la suerte impía? Al abrirlos al sol por vez primera, Tremblaba ya la tierra estremecida; Y al pasar la niñez en leves juegos, A raudales la sangre se vertía: La juventud en vano lisonjera Nos brindó con amores y delicias; Mientras la voz de la afligida patria Ahogaba en nuestros pechos la alegría, Y en vez de amenos prados, solo vimos A hierro y fuego yermas las campiñas. ¿Mas qué fue del mortal que allá en su mente El destino del orbe revolvía, Y árbitro de la suerte y la victoria La tierra un tiempo le aclamó sumisa? El eco de su nombre llenó el mundo, Cuando apenas sus pálidas mejillas El bozo sombreaba; y en los Alpes Borró las huellas que dejara Aníbal: Venció, tornó a vencer, domó la Italia; Llevó después al Nilo sus insignias; Y al imperio aspiró del rico Oriente Por los tristes desiertos de la Siria. Mas revolvió la vista hacia su patria, Que desgarraba sus entrañas mismas, Y el corazón latiéndole en el pecho, A su ambición el lauro pronostica: Voló, llegó, paró con fuerte diestra El carro que al abismo ya corría; Mas le cargó de grillos y cadenas, Y un monte de trofeos le echó encima. En su cumbre asentado, vio a sus plantas Una diadema en sangre humedecida; Y la recoge audaz, su frente ciñe, Y a la Europa aterrada leyes dicta. Búscale ahora , búscale, si puedes, En el estrecho hogar de estéril isla, Cual leve punto en el espacio inmenso, En el seno del piélago perdida... Míralo; él es, Arnesto: solo, inmóvil Sobre una roca en la desierta orilla, Quien vio a sus pies postradas cien naciones Y cien coronas en el polvo hundidas, Ve crecer y llegar las recias olas, Que amenazan su planta estremecida; Y apenas a su mísero sepulcro Asilo y paz concederán un día!
More by Francisco de Paula Martínez de la Rosa y Berdejo
- Bebamos, Muchachas
- Deja Que Estalle El Trueno
- Discurso Moral Sobre Los Límites De La Razón Humana
- El Amor En Venta
- El Árbol De La Esperanza
- El Nido De Los Amores
- El Propósito De Un Amante
- El Reloj De Arena
All 65 poems by Francisco de Paula Martínez de la Rosa y Berdejo