Spanish poem
Discurso Moral Sobre Los Límites De La Razón Humana
by Francisco de Paula Martínez de la Rosa y Berdejo
¡Cuán grande, Aurelio, se presenta el hombre No de indignas pasiones vil esclavo, Como el cautivo en la africana costa AI suelo con cien grillos amarrado, Sino libre y audaz, con noble orgullo Las alas de su mente desplegando, De recorrer ansioso en raudo vuelo La tierra, el cielo, el tiempo y el espacio!... Al par abarca la creación inmensa: Sigue veloz el curso de los astros; Puebla el mar, surca el aire, el globo mide; Nueva senda al oriente busca osado: Y apenas la descubre, otra ambiciona, Y encuentra un mundo en el opuesto ocaso. Aun aquellos estudios, caro amigo, Que el ignorante vulgo juzga vanos, Quizá en su seno la semilla encierran De los frutos más ricos y preciados; Cual nacer suele corpulenta encina De ruin bellota que arrojó el acaso. El que observó la fuerza y el impulso De impalpable vapor encarcelado, Las alas de los vientos dio a la industria, Movió sin ellos las pesadas naos; Y otro débil mortal, en pobre albergue De la ciega Fortuna desdeñado, Al sacar de un cristal leve destello, Desarmó al cielo y le arrancó su rayo. ¡En nuestra propia edad, con nuestros ojos Tales portentos vemos: asombrados El campo contemplamos recorrido Desde la infancia del linaje humano; Y otro mayor, sin límites, inmenso, Mas allá de los siglos columbrarnos! ¿Te envaneces, Aurelio?... Un breve instante Repliégate en ti mismo; y si te es dado Un misterio sondar, uno tan solo De tantos y tan íntimos arcanos Como en el hombre mísero se encierran, De tu débil razón muéstrate ufano. ¿Quién piensa en tu interior? ¿Qué fuerza mueve Tu voluntad, tu cuerpo, un solo brazo? ¿Dónde se alberga tu memoria? ¿En dónde Su imagen graban los objetos varios Que te circundan? La vejez, los males, ¿Cómo van el reflejo amortiguando De ese ser inmortal, hijo del cielo; Que no cabe del mundo en los espacios? ¿Dó estaba al nacer tú? ¿Cómo a tus miembros Unirse pudo en tan estrecho lazo? ¿Quién lo desata luego? ¿A dónde vuela, Del sepulcro los límites salvando?... Yo también, como tú, mancebo un día De altivo pecho y corazón hidalgo, Mi incomprensible ser penetrar quise, De mi ciega ignorancia sonrojado: Demandé a la razón su opaca antorcha, La empuñé audaz, precipité mis pasos; Mas al bajar a tan profundo abismo, Faltole el aire y se apagó en mi mano. No empero desistí del loco empeño: De mi flaca razón desconfiado, Nueva senda tenté; recorrí ansioso Las ruinas de cien pueblos celebrados; Removí los escombros de los siglos, El tesoro buscando de los sabios; Y en pórticos, en templos, en liceos, Solo encontré ceniza y polvo vano. Una noche... (recuérdolo ya apenas, Y aún me infunde tristeza el recordarlo) Libre dejé vagar mi fantasía Por lejanas regiones: de los magos La oscura ciencia, como el mundo antigua... El saber del Egipto, al vulgo insano Vedado siempre, y con tesón y audacia Desde el Nilo a Grecia trasplantado... Roma pidiendo humilde a los vencidos Leyes, aras, doctrinas... de Bizancio Hirviendo el seno en frívolas disputas, Mientras sus puertas rompe el Otomano... Error, delirio, vanidad, miseria, El imperio del mundo disputando; Y siempre el hombre, deslumhrado, ciego, Corriendo tras un triste desengaño... Al grave peso, a la mortal angustia, Mi mente se rindió; torpe letargo Se apoderó de mis cansados miembros; Y aún zumbaba en mi oido un rumor vago, Como al huir la horrísona tormenta Retumba el trueno en el confín lejano. «¡Oíd la verdad, mortales!... ¡Calla, aleve! ¡Yo la encontré !... ¡Yo solo!... ¡Error!... ¡Engaño!... ¡Seguidme!... ¡Vedla aquí!... ¡Muera el impío!... ¡Lejos, lejos del templo los profanos!...» Y entre el ronco clamor gritos de muerte, Y en la oscura tiniebla serpeando Relámpago fugaz , que no alumbraba , Y abrasaba los pueblos y los campos. A las discordes voces y alaridos, Al confuso tropel, a los estragos Que con mis propios ojos ver creía, Me faltó el respirar; secos mis labios, En vano clamar quise: «deteneos; Infelices, ¿qué hacéis? ¿No sois hermanos?» Ellos en su delirio proseguían; Y al abismo bajaban despeñados Los unos tras los otros , cual las olas Se estrellan contra el límite vedado. Mas al fin, en las márgenes del Sena De clara aurora el resplandor brillando, Una sonora voz anunció al mundo De la razón el siglo fortunado: Grata esperanza rebosó en los pechos; Olvidó el hombre su penar amargo; Y esperó ansioso libertad, ventura, Cual blanda lluvia los sedientos campos. ¡Vana ilusión! Usurpan las pasiones De la razón el cetro soberano; Y apiñando cadáveres y escombros, En vez de altar le erigen un cadalso. De víctimas culpadas o inocentes Allí corre la sangre en holocausto; Y los mismos verdugos se proclaman De la razón pontífices sagrados: «No hay Dios —gritan impíos—; en la tumba La nada envuelve al justo y al malvado...» Y al descargar la bárbara cuchilla, Feroz sonrisa horrorizó en sus labios. Déjame al menos, deja que respire... ¡Ay!, ¡Tú no has sido, Aurelio, desdichado; No sabes, no, qué bálsamo es al alma El consuelo de un Dios, que seque el llanto De tus ojos, que escuche tus suspiros, Cuando te ves del mundo abandonado! ¿Gimes solo? Él te ve; su acento es ese Que responde a tu acento; él con su mano Tus hierros aligera, él te sostiene En el mismo suplicio... Y si al amago De la muerte vacila tu constancia, Y atrás vuelves el rostro con espanto, Él ofrece piadoso a tu inocencia Eterna paz, inmarcesible lauro, Una patria mejor... donde no alcanza El brazo ni la voz de los malvados.
No hay Dios en la tumba
La nada envuelve al justo y al malvado
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