Spanish poem
Epístola
by Francisco de Paula Martínez de la Rosa y Berdejo
Desde las tristes márgenes del Sena, Cubierto el cielo de apiñadas nubes, De nieve el suelo, y de tristeza el alma, Salud te envía tu infeliz amigo, ¡A ti más infeliz!... y ni le arredra El temor de tocar la cruda llaga, Que aun brota sangre, y de mirar tus ojos Bañarse en nuevas lágrimas... ¿Qué fuera Si no llorara el hombre?... Yo mil veces He bendecido a Dios que nos dio el llanto Para aliviar el corazón, cual vemos Calmar la lluvia al mar tempestuoso. Llora pues, llora: otros amigos fieles, De más saber y de mayor ventura, De la exótica virtud en tus oídos Harán sonar la voz; yo que en el mundo Del cáliz de amargura una vez y otra Apuré hasta las heces, no hallé nunca Más alivio al dolor que el dolor mismo; Hasta que ya cansada, sin aliento, Luchando el alma y reluchando en vano, Bajo el inmenso peso se rendía... ¿Lo creerás, caro amigo?... Llega un tiempo En que gastados del dolor los filos, Ese afán, esa angustia, esa congoja, Truécanse al fin en plácida tristeza; Y en ella absorta, embebecida el alma, Repliégase en sí misma silenciosa, Y ni la dicha ni el placer envidia. Tú dudas que así sea: y yo otras veces Lo dudé como tú; juzgaba eterna Mi profunda aflicción, y grave insulto Anunciarme que un tiempo fin tendría... Y le tuvo: de Dios a los mortales Es esta otra merced; que así tan solo, Entre tantas desdichas y miserias, Sufrir pudieran la cansada vida. Espera pues: da crédito a mis voces, Y fíate de mí... ¿Quién en el mundo Compró tan caro el triste privilegio De hablar de la desdicha?... En tantos años, ¿Viste un día siquiera, un solo día, En que no me mirases vil juguete De un destino fatal, cual débil rama Que el huracán arranca, y por los aires La remonta un instante, y contra el suelo La arroja luego y la revuelca impío?... Lo sé: contra los golpes de la suerte, Cuando solo en nosotros los descarga, El firme corazón opone escudo; Mas no acontece así... ¿Y acaso piensas Que no he perdido nunca a quien amaba Más que a mi propia vida?... Si un momento Te da tregua el dolor, vuelve los ojos A un huérfano infeliz, enfermo, triste, Solo en el mundo, sin tener ya apenas A quien llorar... que a todos en la tumba Unos tras otros los hundió la muerte. En la misma estación (¿ves? tu desgracia Ha vuelto a abrir mi dolorosa herida) Perdí una madre tierna, idolatrada, Mi dicha y mi consuelo; tras sus huellas Mi triste padre descendió a la tumba; Y abrazados bajaron, de consuno Pronunciando mi nombre, que a lo lejos Sonó en mi corazón, no en mis oídos... Corrí, volé, llegué; mas ya fue en vano: La fatal losa a entrambos cobijaba; Y para colmo de pesar y angustia; Aun encontré la tierra removida! Tú has hallado, si es dable, más consuelos En tu grave aflicción... Aunque rebelde Se vuelva contra mí tu pena misma, Por fuerza has de escuchar mi voz severa, Que no aduló jamás a la fortuna, Ni ahora adula al dolor. —Tú en tu desgracia Hallaste mil consuelos, que la suerte Cruelmente me negó: viste a tu esposa Y la cuidaste en su dolencia extrema; Tú recibiste su postrer suspiro; Tú estrechaste su mano; tú la viste Tender a ti los brazos, y cual prenda En los tuyos dejar su amada hija... Pero yo propio, sin querer, ahondo El puñal en tu pecho, renovando Ante tu vista la funesta imagen De la noche fatal, en que aún luchaba La vida con la muerte... Ya sus penas Para siempre acabaron: ella misma, Vueltos al cielo los piadosos ojos, Se lo rogó en su angustia; y la esperanza Brilló al morir en su serena frente. ¡Oh, si nos fuera dado del sepulcro Penetrar los arcanos!... ¡Cuántas veces Nuestro acerbo dolor se templaría! En este mismo instante, en que lamentas De tu mísera esposa el fatal hado, ¿Quién te ha dicho, infeliz, que más dichosa No esté gozando de eternal ventura? ¡Callas, y sobre el pecho la cabeza Dejas caer!... No calles, no; responde: Sondea, si te atreves, el abismo Que de tu amada esposa te separa; Cruza la eternidad; y luego dime En dónde está, si es mísera o dichosa, Si pide luto o parabién. No ha mucho (A ti contarlo puedo; alegres otros Riyeran de mi triste desvarío) Hallándome en la orilla encantadora Del mar tirreno, la ciudad dejaba, Madre de los placeres; y a Pompeya La débil planta absorto dirigía... Fuentes, jardines, quintas y palacios A mis ojos brillaban; mas la mente Penetraba más hondo, y poco a poco Se iba estrechando el corazón... las flores Entre lava nacían, y esos pueblos, Hoy ricos, florecientes, ocultaban Otros pueblos felices algún día, Labrados sobre otros que ya fueron. Llegaba al fin a divisar los muros De la ciudad desierta, y ya anunciaban Que fue un tiempo morada de los hombres Los sepulcros que orlaban la ancha vía: A su arrimo descansa el pasajero; Que ellos le dan sombra y reposo... Al cabo, A las puertas tocaba; y en su linde El vacilante pie se detenía, Cual si temiese profanar osado La mansión de los muertos. —Ni un acento, Ni una voz, ni un murmullo... hasta parece Que el eco está allí mudo, y no responde. Cruzaba lento las estrechas calles Sin huella humana; pórticos y plazas Sin un solo viviente, en pie los muros, Desiertos los hogares; y en los templos Sin víctimas las aras... y aun sin Dioses. ¡Qué pequeño, qué mísero y mezquino El mundo ante mis ojos parecía Cuando me hallaba allí!... Sonrisa amarga Asomaba a mis labios, recordando La ambición de los hombres, sus venganzas, Sus proyectos sin fin: un breve soplo Sus bienes y sus males como el humo Disipa, y la ceniza a cubrir basta Una inmensa ciudad, cual leve polvo Cubre un vil hormiguero... Así abismado En tristes reflexiones, recorría Aquel vasto recinto silencioso, Cual una sombra vaga entre sepulcros: Los lazos que me ataban a la tierra, Aflojarse sentía, y libre el alma Lanzábase, dejando atrás los siglos, Al espacio sin límites... ¡Si vieras Lo que es la triste vida, comparada A aquella inmensidad! De cierto, amigo, Cuajadas en tus ojos quedarían Esas copiosas lágrimas que viertes; Y en la tierra fijándolos, tú propio Allí vieras el término a los males; El descanso y la paz, de que ya goza La que tú lloras, tú que por el suelo Arrastras como yo la dura carga. Mas en tanto que el cíelo te concede Volverte a unir a tu adorada esposa, Consagra a su memoria los instantes Que de ella ausente estés, y su recuerdo Tu corazón anime; y en tus labios Resuene siempre su apacible nombre... ¡Ni cómo de tu esposa olvidarías El claro ingenio, el alma generosa, La divina beldad; dotes preciados Que rara vez el mundo admiró unidos! Mas ya te veo hacia el opaco bosque De cipreses y adelfas caminando, Pendiente de tu diestra una corona De tristes siemprevivas; y los ojos Apenas alzas, descubrir temiendo El monumento de perpetua pena Que de tu esposa las cenizas guarda... Tanto infeliz como acorrió piadosa, Tanto huérfano pobre y desvalido De que fue tierna madre, los que un día Su bondad y sus prendas admiraron, En largas filas, silenciosos, mustios, Tus pasos lentamente van siguiendo, Y cercan su sepulcro... ¿No los oyes? Suyos son los tristísimos sollozos, Suyas las quejas y el confuso llanto Que interrumpen las fúnebres plegarias... Yo aquí no tengo, para ornar su tumba, Ni una flor que enviarte: que las flores No nacen entre el hielo; y si naciesen, Solo al tocarlas yo se marchitaran.
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