Spanish poem
Epístola Segunda Al Abad De Valchretien Mr. D'Eymar
by Gaspar Melchor de Jovellanos (1744–1811)
Sequor, et qua ducitis adsum.
Mientras te alejas de la verde orilla querido Eymar, del caudaloso Betis, huyendo de los brazos de tu amigo; y en tanto que atraviesas los confines de una y otra provincia, sus estudios, sus leyes y costumbres meditando; mientras, lleno de un ansia generosa de conocer al hombre, le examinas por los distintos climas donde mora, lejos vagando de la dulce patria; permite que, admirada de tu celo, siga mi musa tus ilustres huellas, y te acompañe por los ricos campos de Astigi, que con giro majestuoso fecundiza el Genil, y hasta las puertas te siga, por do entraron tantas veces el ayo de Nerón y el numeroso cantor de los farsálicos horrores; que en pos de ti discurra el ancha falda de los Marianos montes, patria un tiempo de fieras alimañas, y hoy milagro del arte y de la industria; que penetre por los sedientos campos de la Mancha, tumba del Guadiana memorable, no hollados ya de héroes ni gigantes; que te acompañe, en fin, hasta que pueda besar contigo la imperial corriente del pobre y respetado Manzanares. Permítela también que al lado tuyo pise después con planta temerosa el suelo carpentano, la dorada arena de Carpento, do tuvieron su cuna y su mansión mil altos reyes. Juntos allí veremos las grandezas del imperio español, y reducidos a muy breve recinto, admiraremos el sudor y opulencia de dos mundos. Luego entraremos tímidos del trono que ocupa Carlos a la augusta gloria, y asentados verás allí a su diestra la religión, el celo, la justicia, la piedad y el amor, firmes apoyos de su poder, su gloria y ornamento. De su real familia en los semblantes verás la tierna humanidad pintada, cautivando mil almas, y el glorioso espirtu varonil del cuarto Carlos, sucesor destinado a sus virtudes y su trono, y objeto ya constante de amor a los hispanos corazones. Después que beses las augustas manos con labio reverente, y reflexivo tanto esplendor y majestad contemples huiremos de allí, no sea que al soplo del aire palaciego algún maligno influjo dañe a tu alma generosa; huiremos de allí, y atrás dejando la oficiosa ambición, el necio orgullo, la negra envidia, el fraude, la lisonja y otros aúlicos monstruos, a más dignos objetos volveremos nuestros ojos. Mas bien será que en la intrincada senda del matritense laberinto guíe la alma filosofía nuestros pasos; la alma filosofía, a cuyas voces tan avezada, Eymar, está tu oreja. Con ella subiremos a los templos do tiene culto Astrea, y do del numen atentos a la voz de sus oráculos, la infalible sanción escucharemos. Allí verás, sentados a la sombra del solio, en alto escaño, a los severos ministros de la diosa, con oscuras y luengas vestiduras ataviados; de la suprema voluntad del numen son órgano sus bocas, y dos mundos ven su felicidad de ellas pendiente. El celo del bien público las abre y las hace elocuentes, y del numen calor e inspiración reciben sólo. Pero si alguna, al interés movida, profana la verdad; si ves que usurpa la mentira tal vez su santo adorno; si el dolo, si el arbitrio introducidos vieres en el congreso, Eymar, ¡oh, huye, huye de allí con planta presurosa! Huyamos. ¡Ah, no sean de la impura profanación testigos nuestros ojos! Huyamos a buscar a los tranquilos alumnos de Sofía en su gimnasio. Pasado el ancho foro y los umbrales del alto consistorio, los veremos trabajar por el bien de sus hermanos sin fausto, sin escolta, sin señales de imperio o dignidad: sólo al provecho los verás de su patria consagrados. El patrio amor preside las sesiones, él sólo los congrega, los inspira, los inflama, los guía y los corona. El pobre labrador, a la inclemencia del sol y el viento expuesto, y de las lluvias; en su taller el mísero artesano; el rico mercadante en su trastienda, o bien del bravo mar entre las ondas, objeto son de su incesante estudio. Mira aquél que entre todos sobresale con cana cabellera y luengas ropas, encendido el semblante, y penetrado de patriótico celo. Aplica atento tu oído a sus discursos; ya resuenan en ambos hemisferios sus clamores. La patria está a su diestra, y con la suya le ofrece una corona. ¡Vive, oh ilustre alumno de Sofía! ¡Vive, y goza el tributo de gloria y de alabanza que te ofrece la patria, mientras el cielo labra más alto premio a tus virtudes! Mira también entre los mismos muros, Eymar, otros alumnos de Minerva, deteniendo del tiempo el raudo curso; míralos renovando la memoria de los pasados héroes, sus nombres a los siglos futuros perpetuando. Otros allí verás, atentos siempre a conservar la gloria y la pureza del lenguaje español, de sus dominios las ajenas y bárbaras palabras y las espurias frases desterrando. Admíralos, Eymar, mientras muy dignos de eterna gratitud, al bien consagran de su patria y hermanos sus fatigas. Ven conmigo después a la ancha casa do están depositados los milagros de arte y naturaleza. ¡Dulce amigo!, ve aquí de tu atención dulces objetos. Cuanto produce el ámbito espacioso de uno y otro hemisferio, en aire, en tierra, en fuego, en mar, aquí verás cifrado. Sacia tu sed, y por las varias clases de entes, o ya perfectos o monstruosos, ricos, raros, hermosos o terribles, tiende la experta y penetrante vista. Carlos redujo toda la natura a tan breve recinto. También mora, gracias a su piedad, con ella el arte; el arte, imitador de la natura, pues cuanto ella produce y perfecciona la mano del artista imita diestra, en lienzo, en piedra o en sempiterno bronce. ¡Oh, benéficas artes, que el muy Alto para alentar a la virtud produjo! ¡A vosotras es dado solamente el hacer inmortales! ¡Almas grandes, corred al heroísmo! Vuestros nombres ya no irán con vosotros al sepulcro: Carlos hará que vivan respetados en la posteridad, y en vuestra muerte no moriréis del todo. Pero vamos, Eymar, y nuestros pasos a más dulces objetos dirijamos, también dignos de tu especulación. Amables ninfas del claro Manzanares, salid prontas, salidnos al encuentro, y por un rato permitidnos llegar a vuestros coros. ¿No ves, Eymar, la gracia y gentileza que brilla en sus semblantes? La alma Venus su imperio les cedió; su dulce imperio, sobre esforzados pechos ejercido, donde viven esclavos los más altos, nobles y generosos corazones. Ea, pues, moradoras de Carpento, venid, y con guirnaldas de odoroso mirto tejidas, y de verde hiedra, venid y coronad al nuevo huésped; venid a coronarle, y pues su lira, diestramente tañida tantas veces a orillas del Secuana, fue embeleso de sus graciosas ninfas, de vosotras logre también el galardón debido. Llega, Eymar, nada temas: el agrado es su virtud genial. ¡Ah, si al hechizo de sus ojos resistes; si no rindes tu albedrío al imperio de sus labios; si las ves, si las oyes con tranquilo y libre corazón...! Guárdate, oh amigo, guárdate de pasar por insensible; guárdate... Mas permite que mi musa vuelva sus pasos a la fresca orilla del Betis, do, quejosas de esta ausencia, la esperan ya las ninfas sevillanas.