Spanish poem
La Negra Noche Su Enlutado Manto
La negra noche su enlutado manto por la serena atmósfera tendía con inefable y misterioso encanto. ¡Cuánta tristeza y cuanta poesía en el herido corazón despierta ese adiós melancólico del día! La luz crepuscular, pálida, incierta, que pasa, se amortigua y desvanece cómo recuerdo de esperanza muerta; la muda sombra que impalpable crece, y a semejanza del dolor humano todo lo apaga y todo lo obscurece; aquel reposo, de la muerte hermano, que extingue los latidos de la vida en la selva, en la cumbre y en el llano, aquel suave silencio que convida al sueño; aquella soledad suprema, a la paz del sepulcro parecida; el fulgor de la luna, casto emblema del doméstico hogar puro y honrado, que alumbra y da calor, pero no quema; el infinito espacio, tachonado de innúmeras estrellas que el camino señalan de otra patria al desdichado, y son el jeroglífico divino que en la bóveda inmensa Dios imprime para enseñar al hombre su destino: todo es en ti patético y sublime, ¡oh noche augusta! para el alma inquieta que duda y ama, que medita y gime. Esperé, pues, con la ansiedad secreta del que sueña en cercanas alegrías, a que la lobreguez fuese completa, y dando sueka a las pasiones mías perdime entonces, de temor ajeno, por calles solitarias y sombrías. Insensible mi espíritu sereno a los siniestros cuentos y consejas que inventa el vulgo, de aprensiones lleno, altivo, con la capa hasta las cejas y la mano en el pomo de la espada, palpitando de amor llegué a tus rejas. Tú aguardabas allí, triste, callada, inmóvil, como estatua misteriosa en su lecho de piedra incorporada, y al verme, con palabra recelosa, tenue como el suspiro comprimido que del deshecho corazón rebosa, —¡Cuán desgraciada soy! Habéis venido,— dijiste, alzando la mirada al cielo y arrancando del alma hondo gemido. —¿Tanto me aborrecéis, que os causa duelo mi presencia —exclamé— cuando en el mundo cifro en vos, sólo en vos, todo mi anhelo?— —Quizás os pese y lo lloréis, Raimundo,— respondiste con voz solemne y grave como el último adiós del moribundo. Llegué a tu puerta, rechinó la llave, abrió y entré. Lo que en aquel momento pasó dentro de mí, nadie lo sabe. La rápida explosión de mi contento tan recia fue, que atónito y confuso detuve el paso hasta cobrar aliento. ¡Con qué placer mi corazón iluso vio entonces acortarse la distancia que tu rigor entre nosotros puso! Sobrecogido penetré en tu estancia, en aquella mansión tranquila y pura como los castos sueños de la infancia. De una lámpara de oro la insegura y vacilante luz, con noble empleo alumbraba de lleno tu hermosura. ¡Ay! a despecho de la edad, aún veo tu imagen melancólica y esbelta como jamás la sospechó el deseo. En níveo traje desceñido, envuelta, por tu gallarda espalda descendía la cabellera destrenzada y suelta. Tu mirada, fijándose en la mía, intensa como el rayo y penetrante la sangre de mis venas encendía. Tímida, ruborosa y anhelante, con la impresión de la inquietud y el miedo retratada en tu angélico semblante, me viste aparecer, y con el dedo mostrándome un sitial, por vez primera tu labio me llamó, quedo, muy quedo. Y al pronunciar mi nombre, tu voz era como arrullo de tórtola que anida y al tierno esposo enamorada espera. De impaciencia y temor el alma henchida, obediente moví la débil planta, y a tus pies me postré, luz de mi vida. A tus pies me postré; pero con tanta agitación, que demudado y frío, sentí ahogarse la voz en mi garganta: hasta que al fin, como el hinchado río que se desborda y precipita ciego, estalló sordamente el amor mío. Y estalló con sus cláusulas de fuego, con su expresión incoherente y rota por el halago, y la pasión, y el ruego; con ese dulce cántico que brota al fecundo calor de una mirada, y lleva una ilusión en cada nota; con esa breve frase entrecortada que al morir en los labios adivina el corazón de la mujer amada, música de las almas, peregrina, que con suspiros trémulos empieza y con vibrantes ósculos termina. No sé lo que te dijo mi terneza entonces: sé que al escuchar mi acento doblaste blandamente la cabeza; sé que en tu irresistible arrobamiento más de una vez, a tu pesar, sin duda, se confundió tu aliento con mi aliento; sé que en aquella prueba áspera y ruda, tú, en amorosas lides inexperta, debiste al cielo demandar ayuda; sé —y al profundizar mi herida abierta aún abundantes lágrimas derramo— que conmovida, fascinada, incierta, como pobre avecilla que al reclamo acude presurosa, me dijiste en mis brazos cayendo: —¡Te amo! ¡Te amo! — ¿Qué más pude escuchar? ¿Ni quién resiste al grato influjo de la voz querida, a un tiempo mismo apasionada y triste? Dentro de mí se engrandeció la vida, y ante mis ojos fulguró cercana la dicha ansiada y nunca conseguida. Y te abracé con fuerza sobrehumana, y mis labios ardientes dejé impresos ¡ay! en los tuyos de encendida grana. Y sentí penetrar aquellos besos que arrebataba a tu inocencia esquiva, cual plomo derretido, hasta mis huesos. Ya, redoblando mis esfuerzos, iba a vencer tu virtud lánguida y yerta, cuando de pronto sacudiendo altiva la noble frente de rubor cubierta, me rechazaste atónita y convulsa exclamando: —¡Jamás! ¡Primero muerta!— Como es ciego el amor que nos impulsa, tomé por la postrera llamarada del pudor vacilante tu repulsa. Y te busqué otra vez y acongojada reprimiste otra vez mi atrevimiento, diciéndome con voz ronca y ahogada: —¡Soy débil, perdonadme! En vano intento sofocar mi pasión, que ya no puede permanecer oculta. ¡Harto lo siento! Dios no permite que en la sombra quede comprimido este afán que me consume: el alma mía a sus impulsos cede. Y cual la violeta que presume de modesta y humilde, aunque se esconda revela donde está con su perfume, es inútil querer que no responda al fuego inextinguible en que me abraso, mi agitación desordenada y honda. Sabedlo, pues; pero olvidadme. ¿Acaso debo pensar en el amor terreno, yo, moribunda y triste ave de paso? Esto soy, esto ansiáis, este es el seno donde la muerte os pareciera hermosa. Ved lo que guarda. ¡Podredumbre y cieno!— Y con mano alterada y temblorosa descubriste tu pecho carcomido por repugnante llaga cancerosa. —¡Ay! dijiste cayendo sin sentido al contemplar mi horror: —¿Me amabais tanto, que a robarme la vida habéis venido? Yo, mudo de estupor, con el espanto pintándose en mi faz desencajada, pudiendo apenas reprimir el llanto, vi deshacerse en polvo, en humo, en nada, mis ensueños, mi gloria, mi alegría, el encanto del alma enamorada. Y sentí, bajo el golpe que me hería, vacio el corazón, vacío el mundo, hasta la misma inmensidad vacía. Trastornose mi vida en un segundo, y como aquél a quien del sueño arranca dolor extraño, insólito, profundo, dando a mi exaltación salida franca, ¡Blanca! —gemí desesperado, al verte caer cual ave herida: —¡Blanca ¡Blanca! ¡Oye mi ruego! ¡Unamos nuestra suerte!— Mas ¡ay! que sólo al llamamiento mío contestaba el silencio de la muerte. En mi airado y frenético extravío, de Dios y de los hombres olvidado cogí en mis brazos tu cadáver frío, Y le estreché con furor y arrebatado besé tu boca lívida, aún caliente, como nido recién abandonado. Y así hubiera seguido eternamente abrazado a tus míseros despojos, ajeno a todo, a todo indiferente, helado el corazón, turbios los ojos, si no hubiera sentido de improviso rumor de gente y ruido de cerrojos. Piadoso el cielo, con aquel aviso quizás volverme la razón perdida y poner fin a mis angustias quiso. Otra vez, en señal de despedida posé mis labios en tu faz serena, y en aquel beso te dejé mi vida. Salí. La noche transparente, llena de reposo, insultaba mi tormento y parecía escarnecer mi pena. Templó mi fiebre abrasadora el viento bullicioso y sutil, y más tranquilo dijo en la soledad mi pensamiento: —¡Mundo engañoso, adiós! Rompiose el hilo que me ligaba a ti, y en su regazo la religión me prestará un asilo. Unió la muerte con estrecho lazo nuestras almas ¡oh Blanca de Castelo! Mi senda es fatigosa; pero el plazo breve y seguro. ¡Espérame en el cielo!