Spanish poem
Mi Caballo, Sintiendo El Acicate
Mi caballo, sintiendo el acicate y no la brida, abandonada y suelta, salió escapado con furioso embate. La atropellada multitud, envuelta en el espeso polvo del camino, me apostrofaba enérgica y resuelta. Pero yo, como el raudo torbellino que al través de los bosques se abre paso, avanzaba frenético y sin tino. Falto de aliento, de vigor escaso, iba como la seca y móvil hoja al impulso del viento y del acaso. Poco a poco el temor y la congoja fueron cediendo; recobré el estribo, con mano firme aseguré la floja y descuidada rienda, erguime altivo, y lentamente hacia el paterno techo retrocedí cansado y pensativo. Arrojeme sin fuerzas en el lecho, y contra mí frenético y sañudo, herí mi frente, desgarré mi pecho. Como si atara mi garganta un nudo pugnaba por gritar, y no podía, porque el dolor que se desborda es mudo. ¡Noche de insomnio, noche de agonía, que vives ¡ay! en mi memoria impresa con indelebles rasgos todavía! ¡Aún tiemblo de pavor! Al hacer presa la calentura en mí, formas extrañas se destacaron de la sombra espesa. Híbridos monstuos, fieras alimañas, trasgos y espectros espantosos, hijos del fuego abrasador de mis entrañas, al par deslumbradores y prolijos revolaban en torno de mi frente, con sus ojos de luz, siempre en mí fijos. Y en el círculo tú, resplandeciente como la estrella matutina, muda como el pudor, como el amor, ardiente, mostrándote a mi afán, medio desnuda, confuso el rostro, palpitante el seno cual la virtud que desfallece y duda, con blando halago, de promesas lleno, como nunca gozaron los mortales, soltabas ¡ay! a mi pasión el freno. Yo , rompiendo los diáfanos cendales que te envolvían, con hambrientos ojos devoraba tus formas virginales, y esclavo de mis lúbricos antojos, vencido por el lánguido embeleso de tu húmeda pupila y labios rojos, de mi amante ilusión en el exceso, extático y dichoso hubiera dado mi eternidad de gloria por un beso. ¡Por un beso no más! Desesperado, atrepellando la medrosa hueste de monstruos que giraban a mi lado, quise alcanzarte, aparición celeste, y las manos tendí con desvarío para rasgar tu inmaculada veste; pero hallé un esqueleto hórrido y frío que al deshacerse en mis convulsos brazos exclamaba llorando: —¡Ay, amor mío!— Y bajo la opresión de estos abrazos de muerte, de estos punzadores goces, mi corazón saltaba hecho pedazos. Y otra vez, dando incomprensibles voces, volvían los abortos del mareo a perseguirme airados y veloces. Y otra vez ofreciéndote en trofeo a mi imposible amor, te descubría más cerca y más radiante mi deseo... ¿Cuánto duró la fiebre? No sabría decirlo: sé que sonrosada y bella calmó mi ardor la claridad del día. ¡Ay! a juzgar por la profunda huella que el dolor dejó en mí, duró las horas de mi edad juvenil la noche aquella. Huyeron las visiones tentadoras a la naciente luz, con manso ruido batió el sueño sus alas bienhechoras, y como el gladiador, que ya rendido, el postrer golpe resignado espera, cerré los ojos y perdí el sentido. Ya el sol en la mitad de su carrera, desparramaba sobre el ancho mundo su fúlgida y dorada cabellera, cuando saliendo yo de mi profundo letargo, alceme triste y macilento como vuelve a la vida el moribundo. En medio de mi vago aturdimiento recordé tus ofensas, tan contrito como espantado de mi loco intento, y buscando el perdón de mi delito estos versos tracé, que de buen grado hubiera con mis lágrimas escrito: «¡Oh Blanca! Cierto que la culpa mía es grande; ni la oculto ni la niego: pero vencido por mi humilde ruego Dios al mismo Luzbel perdonaría. Injusta pena por demás sería la que impusieres, cuando ve el más ciego que aviva tu desdén mi amante fuego y es causa tu rigor de mi porfía. ¡Oh mi vida! ¡Oh mi luz! ¡Oh mi esperanza!: Ahógame entre tus brazos si a moverte mi fervorosa súplica no alcanza. Que yo al morir bendeciré mi suerte, pues será compasión, y no venganza, darme en tu seno candido la muerte». Berenguer de Pedralves, mi criado, animoso y resuelto, halló camino de entrar en tu mansión, sin ser notado. Encomendé mi carta a su buen tino, y tal maña se dio, que en plazo breve, con la respuesta inesperada vino. Quien sienta y sufra como yo, quien pruebe la esquiva condición de un pecho ingrato, para el amor de endurecida nieve, ese quizás comprenda el arrebato con que tu carta abrí, sin que acertara a entender su enigmático relato: «Mísera y desdichada criatura, lamento vuestro error, y le perdono. Mas ¿quién me guardará de vuestro encono si en la casa de Dios no estoy segura? Nada vale la efímera hermosura con que, sin pretenderlo, os aprisiono; Dejad que se marchite en su abandono y alzad los ojos a mayor altura. Pero si con mi ruego no os obligo rompiendo para siempre nuestros lazos a separaros del amor terreno; si es para vos piedad y no castigo hallar la muerte en mis crispados brazos, venid, que acaso dormirá en mi seno». Era la cita misteriosa y rara; mas cuando la pasión nos precipita, ¿quién en vanos escrúpulos repara? —A un mismo tiempo —murmuré— me incita y me desprecia. La razón no acierto; pero ¿qué importa? Acudiré a la cita.— Y cuando en mi amoroso desconcierto esto decía, lúgubre y lejana en los aires vibró, doblando a muerto, la penetrante voz de una campana.
«¡Oh Blanca! Cierto que la culpa mía es grande; ni la oculto ni la niego: pero vencido por mi humilde ruego Dios al mismo Luzbel perdonaría. Injusta pena por demás sería la que impusieres, cuando ve el más ciego que aviva tu desdén mi amante fuego y es causa tu rigor de mi porfía. ¡Oh mi vida! ¡Oh mi luz! ¡Oh mi esperanza!: Ahógame entre tus brazos si a moverte mi fervorosa súplica no alcanza. Que yo al morir bendeciré mi suerte, pues será compasión, y no venganza, darme en tu seno candido la muerte».
«Mísera y desdichada criatura, lamento vuestro error, y le perdono. Mas ¿quién me guardará de vuestro encono si en la casa de Dios no estoy segura? Nada vale la efímera hermosura con que, sin pretenderlo, os aprisiono; Dejad que se marchite en su abandono y alzad los ojos a mayor altura. Pero si con mi ruego no os obligo rompiendo para siempre nuestros lazos a separaros del amor terreno; si es para vos piedad y no castigo hallar la muerte en mis crispados brazos, venid, que acaso dormirá en mi seno».