Spanish poem
S. Pedro Libertado Por Un Ángel. Oda
by Gertrudis Gómez de Avellaneda
Próximo estaba un día De gran suceso augusto aniversario, Y la gente judía Su antigua Pascua celebrar debía Bajo el sol del calvario. En la sagrada cumbre Aún se ostentaba el indeleble rastro De la sangre divina, Que no secara, respetuoso, el astro, Con el torrente de su activa lumbre; Aunque una y otra vez de Palestina En su anual curso contempló la afrenta, Después de aquel instante En que al aspecto de la cruz sangrienta, Pavoroso veló su faz brillante. Mas ¡ay! aun turbulento Y de sangre sediento Se agita el pueblo con afán impío! Ved cual se agolpa en torno De ese edificio tétrico y sombrío, Del triste criminal mansión postrera, Ronco exhalando amenazantes voces; Como la hambrienta fiera Que olfatea la víctima que espera, Y afilando las garras la saluda Con rugidos feroces. De ese clamor de cólera sañudo, Que en furioso tumulto se convierte. Es objeto ¡qué horror! un triste anciano, A ignominiosa muerte Ya sentenciado, por el vil tirano Que aunque siervo de Roma, Cual hijo alienta su ambición inquieta, Y bajo el yugo que su audacia doma Con más vil yugo a su nación sujeta. Para acallar las santas profecías, Que despiertan su bárbaro recelo Con el sagrado nombre del Mesías, No basta a Herodes que al atroz suplicio, Allí aportado de extranjero suelo, El nieto de los Reyes, Absuelto en balde en extranjero juicio, Fuese arrastrado por infames greyes. Aquel gran sacrificio, Que desarmara a la justicia eterna, No desarmó al tirano. Ve con pasmo Y con pavura interna, De la iglesia naciente Brillar la fe, crecer el entusiasmo, Y presume demente Que a hundir su base indestructible alcanza, Cuando al iluso populacho lanza Aquel decreto infando, En que abandona a su furor injusto, Como a cabeza de ominoso bando, Del Hombre-Dios al sucesor augusto, Llega en tanto la noche: la postrera Para el Apóstol mísero: perdida Toda esperanza yace: vanamente Lloran los fieles, en ceniza hundida La consagrada frente, Orando con la voz de su gemido Al Dios de su consuelo. Vanamente también del inocente Condenado a morir, han defendido La noble causa con ardiente celo... ¡Viene el día temido, Y está mudo el tirano y sordo el cielo! Mas mientras gime entre pavor y llanto La Iglesia desolada, Con alma sosegada Al momento fatal se apresta el Santo. ¡Oh! ¡cómo envuelto en el corrupto ambiente De su mazmorra lúgubre, respira Aura de paz, y con afecto tierno Tributo de loor rinde al Eterno! Luego elevando los cansados brazos Entre los férreos lazos, Se le oye murmurar blanda plegaria Con la humildad de un pecho penitente; Mientras en solitaria Lámpara negra, vacilante oscila La débil luz, que de su vasta frente Llega a alumbrar la majestad tranquila. Del amargo penar la prueba ruda No perturba del alma Aquella noble calma Que la sublime religión escuda. Piedra santa, escogida Para eternal cimiento, No indaga Pedro al terminar su vida Si cumplió su misión. Ante el arcano Del Hacedor del mundo Solo escucha su fe: base y asiento Del edificio augusto y sobrehumano, Que humillará el poder del Orco inmundo, Sabe que va a morir, mas sin que tema Inútil ser para el querer divino, Que en vida o muerte cumplirá el destino Que le trazó su previsión suprema. Sábelo el santo; sus humildes preces No intentan alejar el cáliz fiero, Cuyas amargas heces Agotó manso el celestial cordero. Discípulo sumiso Sigue tan alto ejemplo: resignado, No ardiente ni remiso, De este mundo abandona La peligrosa lid, y aun no cansado Espera sosegado Del triunfo ilustre la inmortal corona. Túrbase, empero, y se estremece, y vierte Lágrimas ¡ay! que corren de sus ojos Hasta sus labios secos, Cuando medita en la futura suerte De los insanos que a la iglesia oprimen, Y entonces vuelven los horribles huecos De la mansión del crimen, ¡Del Gólgota los ecos! ¡Por sus verdugos ora...! pero vuelan Sus últimos instantes: la fatiga Sus miembros entorpece, Y allí, tendido en aquel suelo inmundo, Al cansancio cediendo, se adormece Con rostro tan sereno, Y con solaz tan plácido y profundo. Cual un infante en el materno seno. ¡Ah! tal vez su memoria A las visiones de su mente enlaza Recuerdos que le alientan a porfía, Y ve pasar en óptica ilusoria, Del huerto la agonia Y del Tabor la gloria. Mas pronto el denso manto Recogerá la noche: el horizonte Ya esclarece su azul, y en el oriente Leve matiz de nácar y amaranto A aparecer comienza. Ya del monte La cabeza eminente, Con reflejos suaves De tibia luz se mira coronada, Y a saludarla próxima alborada Se aperciben las aves. ¡Solo de Pedro en la mansión sombría Es eterna la noche: el postrer día Solo verá al morir!... Su luz escasa No vierte ya la lámpara extinguida. Ningún rumor traspasa El negro y alto muro, Y a revelar la vida Que allí se oculta entre vapor impuro, Solo a intervalos suena Leve murmurio blando, Entre el sordo crujir de una cadena, Porque aun dormido el justo está rogando. Súbito, empero, se alza estremecido, Y en torno le circunda Relámpago de luz, que no es seguido Del trueno por horrísono estallido, Y que la estancia pavorosa inunda De claridad y aroma misterioso, Cual si la eterna aurora Anticípase Dios al que allí mora. ¿Mas qué visión divina Nos anuncia su rostro venerable, Donde al asombro y turbación domina Un placer inefable?... ¡Oh, vedle, vedle!... ¡Un huésped de los cielos La tierra huella do el Apóstol gime...! ¡En sus osados vuelos No alcanza a concebir la humana mente, La inspiración de su mirar sublime, La majestad de su serena frente! Mas no a los centinelas vigilantes Es dado ver la angélica hermosura Del ministro de Dios, ni los destellos De sus alas brillantes. Es para ellos oscura, Impenetrable sombra, la luz pura Que deslumbrando a Pedro lo extasía; Solo un pavor extraño Su sangre hiela, embarga sus sentidos, Hasta apagar los flébiles sonidos De la trémula voz en sus gargantas. En tanto el Ángel con ligeras plantas Se acerca al santo; los hermosos brazos Tiende hacia él, y de su mano apenas Llega a sentir el delicioso roce, Cuando ruedan deshechas en pedazos Las pesadas cadenas, Y con divino acento, —Toma tu ceñidor, le dice al punto: Calza tus pies y sígueme. —Turbado, Mas al mandato atento, Obedece el Apóstol. —Cual la ardiente, Ígnea columna que Moisés seguía, Cuando a su indócil gente Al través de desiertos conducía, Marcha el Ángel delante Dejando en pos un rastro luminoso, Y le sigue con paso vacilante, Absorto y silencioso, El triste sentenciado, Por el brazo de Dios ya libertado. ¡Oh Herodes! ¡ven! demanda a tus cerrojos, A tus macizas puertas
Y a tus guardias alertas, La víctima que esconden! ¡Ay! tus ojos Aquellas ven abiertas, Empero ante los suyos ha pasado La víctima sin susto. En vano la reclamas, y el adusto Ceño mostrando, y el mirar que empaña Tu llanto de furor, venganza espresa Y castigos tu voz. ¡Necio! te engaña Tu orgullo criminal. ¡Oh! ¡cesa! ¡cesa! ¡Contra el poder que te arrancó tu presa Es polvo tu poder, humo tu saña!
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