Versos Spanish Gregorio Gutiérrez González Hoy Es Domingo. En El Vecino Pueblo

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Hoy Es Domingo. En El Vecino Pueblo

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Hoy es domingo. En el vecino pueblo Las campanas con júbilo repican, Del mercado en la plaza ya hormiguean Los campesinos al salir de misa. Hoy han resuelto los vecinos todos Hacer a la patrona rogativa, Para pedirle que el verano cese, Pues lluvia ya las rozas necesitan. De golpe cesa el ruido de la plaza, El sombrero, a una vez, todos se quitan... Es que a la puerta de la iglesia asoma La procesión en prolongada fila. Va detrás de la cruz y los ciriales Una imagen llevada en andas limpias, De la que siempre, y aun en tosca imagen Llena de gracia y de pureza brilla. Todo el pueblo la sigue, y en voz baja Sus oraciones cada cual recita, Suplicando a los cielos que derramen Fecunda lluvia que la tierra ansía. ¡Hay algo de sublime, algo de tierno En aquella oración pura y sencilla, Inocente paráfrasis del pueblo, Del Danos hoy el pan de cada día! Nuestro patrón y el grupo de peones Mezclados en la turba se divisan Murmurando sus rezos, porque saben Que Dios su oreja a nuestro ruego inclina. Pero, no. Yo no quiero con vosotros Asistir a esa humilde rogativa; Porque todos nosotros somos sabios, Y no quisimos asistir a misa. Y ya la moda va quitando al pueblo El único tesoro que tenía. (Una duda me queda solamente: ¿Con qué le pagará lo que le quita?)

Danos hoy el pan de cada día

Brotaron del maíz en cada hoyo Tres o cuatro maticas amarillas, Que con dos hojas anchas y redondas La tierna mata de frisol abriga. Salpicada de estrellas de esmeralda Desde lejos la Roza se divisa; Manto real de terciopelo negro Que las espaldas de un Titán cobija, Aborlonados sus airosos pliegues Formados de cañadas y colinas; Con el humo argentado de su rancho, De sus quebradas con la blanca cinta. El maíz con las lluvias va creciendo Henchido de verdor y lozanía, Y en torno dél, entapizando el suelo, Va naciendo la yerba entretejida. Por doquiera se prenden los bejucos Que la silvestre enredadera estira; Y en florida espiral trepando, envuelve Las cañas del maíz la batatilla. Sobre esa alfombra de amarillo y verde Los primeros retoños se divisan, Que en grupos brotan del cortado tronco Al cual su savia exuberante quitan.

Ya llegó la deshierba; la ancha roza De peones invade la cuadrilla, Y armados de azadón y calabozo La yerba toda y la maleza limpian. Queda el maíz en toda su belleza, Mostrando su verdor en largas filas, En las cuales se ve la frisolera, Con lujo tropical entretejida.

¡Qué bello es el maíz! Mas la costumbre No nos deja admirar su bizarría, Ni agradecer del cielo ese presente Solo porque lo da todos los días. El don primero que con mano larga Al Nuevo Mundo el Hacedor destina; El más vistoso pabellón que undula De la virgen América en las cimas. Contemplad una mata. A cada lado De su caña robusta y amarilla, Penden sus tiernas hojas arqueadas, Por el ambiente juguetón mecidas. Su pie desnudo muestra los anillos Que a trecho igual sobre sus nudos brillan, Y racimos de dedos elegantes, En los cuales parece que se empina. Más distantes las hojas hacia abajo, Más rectas y agrupadas hacia arriba, Donde empieza a mostrar tímidamente Sus blancos tilos la primera espiga, Semejante a una joven de quince años, De esbeltas formas y de frente erguida, Rodeada de alegres compañeras Rebosando salud y ansiando dicha. Forma el viento al mover sus largas hojas, El rumor de dulzura indefinida De los trajes de seda que se rozan En el baile de bodas de una niña. Se despliegan al sol y, se levantan Ya doradas, temblando, las espigas, Que sobresalen cual penachos jaldes De un escuadrón en las revueltas filas. Brota el blondo cabello del filote, Que muellemente al despuntar se inclina; El manso viento con sus hebras juega Y los rayos del sol tuestan y rizan. La mata el seno suavemente abulta Donde la tusa aprisionada cría, Y allí los granos como blancas perlas, Cuajan envueltos en sus hojas finas. Los chócolos se ven a cada lado, Como rubios gemelos que reclinan, En los costados de su joven madre, Sus doradas y tiernas cabecitas.

El pajarero, niño de diez años, Desde su andamio sin cesar vigila Las bandadas de pájaros diversos, Que hambrientos vienen a ese mar de espigas. En el extremo de una vara larga Coloca su sombrero y su camisa; Y silbando, y cantando, y dando gritos, Los días enteros el sembrado cuida. Con su churreta de flexibles guascas Que fuertemente al agitar rechina; Desbandadas las aves se dispersan Y fugitivas corren las arditas. Los pericos en círculos volando En caprichosas espirales giran; Dando al sol su plumaje de esmeralda Y al aire su salvaje algarabía. Y sobre el verde manto de la Roza El amarillo de los toches brilla, Como onzas de oro en la carpeta verde De una mesa de juego repartidas. Meciéndose galán y enamorado, Gentil turpial en la flexible espiga, Rubí con alas de azabache, ostenta Su bella pluma y su canción divina. El duro pico del chamán desgarra De las hojas del chócolo las fibras, Dejando ver los granos, cual los dientes De una bella al través de su sonrisa. Cuelga el gulungo su oscilante nido De un árbol en las ramas extendidas, Y se columpia blandamente al viento, Incensario de rústica capilla. La boba, el carriquí, la guacamaya, El afrechero, el diostedé, la mirla, Con sus pulmones de metal que aturden, Cantan, gritan, gorjean, silban y chillan.