Versos Spanish Gregorio Gutiérrez González Es El Amanecer De Un Día De Junio

Spanish poem

Es El Amanecer De Un Día De Junio

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Es el amanecer de un día de junio; El sol no asoma, pero ya blanquea Por el oriente el aplomado cielo, Con la sonrisa de su luz primera. Ya dio el gurri su fúnebre chillido Largo y agudo, en la vecina selva; Ya la Roza se va cubriendo en partes Con los jirones de su chal de nieblas. Lanza la choza cual penacho blanco La vara de humo que se eleva recta; Es que antes que el sol y que las aves Se levantó, al fogón, la cocinera. Ya tiene preparado el desayuno Cuando todos los peones se despiertan; Chocolate de harina en coco negro Recibe cada cual, con media arepa. Con un costal terciado cada uno Todos saliendo van; sólo se queda El muchacho que debe cargar agua, Fregar los trastos y rajar la leña. Van a coger frisoles; por la Roza Los peones sin orden se dispersan Cogiendo a manotadas los racimos Que de las matas enredados cuelgan. Los chócolos picados por las aves Cogen también, y los que están en tierra Echan en el costal y los revuelven De los frisoles con las vainas secas. El que llena su tercio a vaciarlo Va en el rancho, y se vuelve a la faena; Y llenando y vaciando sus costales Siguen sin descansar hasta que almuerzan. Mientras que van y vuelven los peones Que han almorzado ya, la cocinera, Siempre incansable y siempre con buen modo, Se ocupa sin cesar en sus tareas. En la misma cuyabra aparadora Pone el maíz a remojar, y deja La mitad para hacer la mazamorra, La otra mitad para moler la arepa. Era la cocinera una muchacha Ágil, arrutanada, alta y morena, Que su saya de fula con el chumbe En su cintura arregazada lleva. Descubiertos los brazos musculosos Y la redonda pantorrilla muestra Con inocente libertad, pues sabe Que sólo para andar sirven las piernas. Medio cubre su seno prominente La camisa de tira de arandela, En donde se sepulta su rosario Con sus cuentas de oro y su pajuela. Un poco cortas, negras y brillantes, De su crespo cabello las dos trenzas, Rematando sus puntas en cachumbos, Graciosamente por la espalda cuelgan. Pero vedla cascando mazamorra, O moliendo en su trono, que es la piedra; A su vaivén cachumbos y mejillas, Arandelas y seno, todo tiembla.

Arreglado el fogón alza dos ollas, Y los frisoles echa en la pequeña; Va en la grande a poner la mazamorra, De su quehacer la operación más seria. Se moja en agua-masa las dos manos, Las pone encima de ceniza fresca, Las sacude muy bien, y en la agua-masa Las lava luego y la ceniza deja. De agua-masa y arroz llena la olla, Le echa la bendición, y la menea Con el ahumado mecedor de palo; Sopla el fogón y aviva la candela. Acaba de moler, y con la masa Va extendiendo en las manos las arepas Que coloca después en la callana; Ya tostadas de un lado, las voltea; Y luego las entierra en el rescoldo, Y brasas amontona encima de ellas, Y chócolos encima de las brasas Pone a asar recostados a las piedras: Estos se van dorando poco a poco; Los granos al calor se caponean ¡Y exhalan un olor!... que hasta los peones Cuando vienen, un chócolo se llevan.

A las dos de la tarde suena el cacho Para que todos hacia el rancho vengan, Pues ya está la comida. Van llegando Y en el suelo sentados forman rueda. El muchacho que ayuda en la cocina Reparte a los peones las arepas; De frisoles con carne de marrano Un plato lleno a cada par entrega. En seguida les da la mazamorra, Que algunas de ellos con la leche mezclan; Otros se bogan el caliente claro Y se toman la leche con la arepa. Medio cuarto de dulce melcochudo Les sirve para hacer la sobremesa, Y una totuma rebosando de agua Su comida magnífica completa.

¡Salve, segunda trinidad bendita, Salve, frisoles, mazamorra, arepa! Con nombraros no más se siente hambre. «¡No muera yo sin que otra vez os vea!» ¡Pero ay gran Dios! algunos petulantes, Que sólo porque han ido a tierra ajena, Y han comido jamón y carnes crudas, ¡De su comida y su niñez reniegan! Y escritores parciales y vendidos De las papas pregonan la excelencia, Pretendiendo amenguar la mazamorra, Con la calumnia vil, sin conocerla. Yo quisiera mirarlos en Antioquia Y presentarles la totuma llena De mazamorra de esponjados granos, Más blancos que la leche en que se mezclan; Que metieran en ella la cuchara, Y que de granos la sacaran llena, Cual isla de marfil que flota en leche, Como mazorca de nevadas perlas; Y que dejando chorrear el claro La comieran después, y que dijeran, Si es que tienen pudor, ¿si con las papas Alguno habrá que compararla pueda? ¡Oh, comparar con el maíz las papas, Es una atrocidad, una blasfemia! ¡Comparar con el rey que se levanta La ridícula chiza que se entierra! Y ¿qué dirían si frisoles verdes Con el mote de chócolo comieran, Y con una tajada de aguacate Blanda, amarilla, mantecosa, tierna....? ¿Si una postrera de espumosa leche Con arepa de chócolo bebieran, Una arepa dorada envuelta en hojas, Que hay que soplar porque al partirla humea? Y la natilla.... ¡Oh!, la más sabrosa De todas las comidas de la tierra, ¡Con aquella dureza tentadora Con que sus flancos ruborosos tiemblan!... ¡Y tú también, la fermentada en tarros, Remedio del calor, chicha antioqueña! ¡Y el mote, los tamales, los masatos, El guarrús, los buñuelos, la conserva!... ¡Y mil y mil manjares deliciosos Que da el maíz en variedad inmensa!... Empero, con la papa, la vil papa, ¿Qué cosa puede hacerse....? No comerla. A veces el patrón lleva a la Roza A los niños pequeños de la hacienda, Después de conseguir con mil trabajos Que conceda la madre la licencia. Sale la turba gritadora, alegre, A asistir juguetona a la cogienda, Con carrieles y jíqueras terciados Cual los peones sus costales llevan. ¿Quién puede calcular los mil placeres Que proporciona tan sabrosa fiesta?... ¡Ah malhaya volver a aquellos tiempos! ¡Ah malhaya esa edad pura y risueña! Avaro guarda el corazón del hombre Esos recuerdos que del niño quedan; Ese rayo de sol en una cárcel Es el tesoro de la edad proyecta. También la juventud guarda recuerdos De placeres sin fin.... pero con mezcla. Las memorias campestres de la infancia Tienen siempre el sabor de la inocencia. Esos recuerdos con olor de helecho Son el idilio de la edad primera, Son la planta parásita del hombre, Que aún seco el árbol, su verdor conservan. ¡Oh! pero vosotros, pobres socios De una escuela de artes y de ciencias, Siempre en medio de libros y papeles Y viviendo en ciudades opulentas; ¡Nacidos en la alcoba empapelada De una casa sin patios y sin huerta, Que jamás conocisteis otro árbol Que el naranjo del patio de la escuela! Vosotros ¡ay! cuyos primeros pasos Se dieron en alfombras y en esteras, Y lo que es más horrible, con botines, Vosotros que nacisteis con chaqueta; Vosotros, que no os criasteis en camisa Cruzando montes y saltando cercas, ¡Oh, no podéis saber, desventurados, Cuánta es la dicha que un recuerdo encierra! ¿Con qué recuerdo alegraréis vosotros De la helada vejez las horas lentas, Si no tuvisteis perros ni gallinas Ni habéis matado a patos ni culebras? No endulzarán vuestros postreros días El sabroso balar de las ovejas, De las vacas el nombre, uno por uno, La imagen del solar, piedra por piedra; Las sabaletas conservadas vivas, Sirviendo de vivero una batea; Las moras y guayabas del rastrojo, El columpio del guamo de la huerta; La golondrina a la oración volando Al rededor de las tostadas tejas, La queja del pichón aprisionado, La siempre dulce reprensión materna; La cometa enredada en el papayo, Los primeros perritos de Marbella.... En fin.... ¡vuestra vejez será horrorosa, Pues no habéis asistido a una cogienda!