Versos Spanish Guillermo Valencia Balada

Spanish poem

Balada

by

Listen in the reader

Al-Mojahed, el Califa de la florecida barba, aguileña nariz y ojos tan negros como el cale de la felice Arabia; Al-Mojahed, el Califa de veinte años, en Granada, sus labios muestra sin color y tiene los ojos tristes y la frente pálida. No ya remira sus flores abiertas al sol de África, ni los corceles de cabeza enjuta que devoran el viento de la pampa; sobre mullidos cojines dobla la cabeza lánguida, que a la luz del crepúsculo semeja un lívido nenúfar entre agua... Porque le encienda la vida hizo venir a su alcázar, de los confines del Oriente, un moro de ojos de halcón y cabellera blanca. Y horas después el Califa, su fría mano apoyada en el moro, las sordas galerías de su desierta habitación cruzaba hasta descubrir el muro cuyas vidrieras caladas, a breve altura, como el arte pide, filtran la luz por sus rendijas largas, de donde ¡sueño fantástico de los magos y las hadas! salen brazos desnudos de mujeres rubias, morenas, amarillas, pálidas. Parose junto, el Califa, del primero que asomaba: era el mórbido brazo de una rubia, con infantil coloración de nácar. Tómalo el moro, y al filo de leve cuchilla, salta sobre una copa de marfil luciente, el jugo de la blonda castellana. Asoma después, más negro que el ojo de las gitanas y el tinte obscuro que en dorado fondo la piel sedosa de los tigres mancha, el envilecido puño de una virgen africana, que al leve araño del cuchillo suelta undívagas serpientes de escarlata... Y como de piedra inmóvil, teñido con luz de alba, viene luego la mística figura de un brazo núbil de belleza casta; redondo y tibio, le cubre la pelusa plateada que brilla sobre el rostro de las vírgenes y en las frutas caídas de las ramas; y entre el pulido contorno de sus carnes frescas, blandas, como en el mármol del antiguo Abruzzo, corren menudas venas azuladas. Ese brazo gime, sueña, languidece, ríe, canta, revela en el lenguaje de la línea la luz de un cuerpo, la visión de un alma... Y cuando vertió sus púrpuras entre la copa labrada, pensó el Califa en los arpones trémulos que van al cuello de las corzas blancas, y prosiguió distraído (la copa ya rebosaba) : «La luz viene de Oriente, dijo el moro; ruega, que tu salud está alcanzada». Y al ofrecer al magnate la honda copa torneada como un seno, «a que bebas te conjuro, dijo, el solo remedio que te salva». Y Al-Mojahed, el Califa de la florecida barba, de aguileña nariz y ojos tan negros como el café de la felice Arabia; Al-Mojahed, el Califa de veinte años, en Granada, no mostró ya los labios incoloros los ojos tristes ni la frente pálida...

Si a las mías que la buscan tu mística mano alargas, alentará mi espíritu ya muerto con la frescura de su amor, ¡oh Hada!