Spanish poem
A orillas del Macará
by Honorato Vázquez (1855–1933)
Todos duermen, y en el campo reina silenciosa calma, y sólo a intervalos muge, cuando del desierto avanza, el viento, a estrellar su furia en la sierra ecuatoriana; sobrecogida, despierta la selva, crujen las ramas y, cual si sintieran miedo, unas con otras se abrazan.
Insomne y meditabundo, acodado a una ventana, desde aquí miro undulante la combatida montaña, por los rayos de la luna a intervalos alumbrada; erguida en el horizonte, tras cuyas sutiles gasas las temblorosas estrellas parecen gotas que bajan en lluvia argéntea, a sumirse en las selvas de mi patria.
Como un rebaño dormido veo blanquear las casas del Macará, y a un extremo una lumbre brilla escasa, cual la que el pastor enciende junto al redil, y a las auras deja, de la noche, aviven, si va a extinguirse, la llama.
¡Ay! es la luz de la iglesia, es del Sagrario la lámpara, que alumbra allí unos misterios que sólo presiente el alma. Allí está el que, Rey de reyes, hoy Pastor sólo se llama, que doquier busca a los suyos, y a quien los suyos reclaman; y que, en vigilia constante, y en espera que no acaba, y en amor que no se mengua, a la luz de pobre lámpara en esa noche de olvido que extendemos por sus aras, solitario nos vigila, olvidado nos aguarda.
Ya voy, Señor, a tu templo a ofrendarte mi plegaria, ¡último templo, el más pobre de mi tierra ecuatoriana! Voy en nombre de mi madre, en nombre de mis hermanas, en nombre de mis verdugos, y en nombre voy de mi Patria, a orar allí en tu recinto, antes que la luz del alba el camino me señale por extranjera comarca.
Mas, de este río interpuesto los hombres me han hecho valla: aquende extranjera tierra, allende, cerca la Patria, a la que es crimen me llegue como fue crimen amarla... ¡Oh! ¿por qué debo rendirme a esa usurpación nefaria conque, viéndome indefenso, mi libertad me arrebatan?
No; listo está mi caballo; ¡venga! Lanzado a las aguas, al estímulo del hierro, de entre la corriente rauda, surgirá a la opuesta orilla de mi tierra ecuatoriana... ¡Adelante!...
Entre las sombras no sorprenderán mi marcha; y... de improviso, una noche fugitivo iré a mi casa, correré desatentado de mi madre hacia la estancia; tal vez la encuentre en vigilia, y, al pie de una cruz postrada, por el hijo ausente orando en lacrimosa plegaria... Me desplomaré en sus brazos... ¡Supremo placer de mi alma!... ¡Ea!...
Mas, si hogar recobro, no hallaré libre a mi Patria; que, en torno, sólo se escuchan los hierros que la remachan, el chasquido del azote que corroe sus espaldas, y en su virginal mejilla parricida bofetada... ¡Oh, no!... Perdón, madre mía, llora de Dios en las aras, llora mi ausencia; ¡me alejo huérfano de ti y mi Patria!...
Y a Ti, Señor, que vigilas en esa iglesia cercana, a cuyas puertas me impiden los hombres lleve mi planta, desde aquí mi amor te envío, mi amor ese río salva. ¡Libre soy para adorarte! ¡No hay fronteras para el alma! Ayer te dejé mi ofrenda de las penas cosechadas; aunque es tan pobre mi duelo, todo él lo dejo en tus aras; ¡que al pie de tu cruz ¡bien mío! la ofrenda más aquilatan las lágrimas que la riegan, que el oro que las recama!
Rindo a tus sabios decretos la rebeldía de mi alma, campo que ya igual recibe, así el rocío del alba que en múltiple centelleo el verde prado aljofara, como el caluroso rayo que, calcinando la grama, deja la sedienta tierra en hondas grietas surcada. Sé que eres Padre: esta idea para mi consuelo basta. ¡Pon tus ojos paternales en mi madre y en mi Patria!
Ya la aurora colorea tras las azules montañas, ¡adelante, peregrino! ¡Amplio desierto te aguarda! Salvada ya la frontera, nadie a tu honradez amaga, nadie libertad te roba ni da ley a tu palabra. ¡Adelante!... ¡Seré libre, libre cual no fui en la patria, libre, cual los huracanes de estas solitarias pampas, sin más ley, Dios, que la tuya, y tu amor, madre de mi alma!...