Versos Spanish Joaquín González Camargo —Si Existiera El Apoyo En Que Aquel Sabio

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—Si Existiera El Apoyo En Que Aquel Sabio

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—Si existiera el apoyo en que aquel sabio Quiso elevar con su palanca el mundo, En ese apoyo enclavaría la tierra En un eterno reposar profundo. ¿Y para qué, preguntarás, yo quiero Detener de este globo la carrera; Sí; para qué, si el porvenir fecundo Nos ofrece una dicha verdadera? ¿Y no es una quimera La esperanza que al verla nos tacina? ¿Un vapor no será que se deshace Si al soplo de mi aliento se avecina? Si se parara en su correr la tierra Esta tarde tan sólo miraríamos: Siempre el sol ocultándose en la sierra, De esperanza cargado el horizonte Y siempre sentiríamos La brisa que refresca nuestra frente; De tu aliento mezclándose al ruido De un tropel de ilusiones, el zumbido; En tu hombro mi cabeza eternamente; Tu rizo por el aire estremecido Rozando mi mejilla blandamente, Y por siempre en el cielo aquellas nubes Que se rompen en copos blanquecinos Que se encuentran, se besan, se confunden, Inconscientes, siguiendo sus caminos Como amantes espíritus se funden. —¿Una dicha mejor no se prepara Si la tierra en su curso no se para? —¿Y quién sabe, mi Maji, si aquel día El día tan esperado En lugar del placer dulce y ansiado Nos traiga con sus lumbres el olvido? —No, tu nombre está escrito en mi memoria. —Y tu nombre en mi pecho está esculpido; Mas, ¿ quién del porvenir traza la historia? Y sabes que tenemos los mortales Una sombra enemiga que amenaza, Que se filtra en los puros manantiales, Se esconde en la arboleda, Que en medio de la dicha nos sorprende. Que se oculta tras rica colgadura, Debajo de la paja en que se queda El ciego desvalido, Que en las aras asecha de los templos, Se pasea del festín en el ruido. Nadie la mira, mas el triste roce De sus ropas se escucha por doquiera La que sólo sus víctimas conoce; Siempre va armada de guadaña artera Tan afilada, tanto, Que no se amella en el dolor más fuerte Ni se enmohece en la humedad del llanto. —¿Y esa sombra quién es? —Esa es la muerte. Triste llanto empañó los bellos ojos De la amante sencilla que, escondiendo De su amado en el pecho la cabeza, Le dijo con tristeza: —Mas nunca de mi amor hará despojos Esa muerte que estamos hoy temiendo. De los dos las cabezas se juntaron Y de un pino muy viejo las raíces Con lágrimas amantes refrescaron. Algún tiempo después, del pino añejo El tronco ennegrecido Que ya jugo no daba, era tan viejo, Adornado se vio y embellecido Por dos grandes magníficos rosales Que mezclaban sus hojas y sus flores Y que al decir de las sencillas gentes Servían de remedio en todos males, De consuelo de todos los dolores; Y añadían los buenos pobladores De más de cien lugares Que sus flores jamás envejecían, y adornaban con ellas sus altares; Si acaso algún curioso Intentaba saber a qué debían Esas plantas poder tan misterioso De sus ra.nas, sus hojas, y sus flores, Las niñas sonrojándose decían: «Por qué fueron con lágrimas de amores Cuando tiernos regados, los rosales Cual lágrimas de amor, siempre consuelan, Cual lágrimas de amor, son inmortales».