Versos Spanish Joaquín González Camargo Ya No Es Posible Más. La Ciencia Muda

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Ya No Es Posible Más. La Ciencia Muda

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Ya no es posible más. La ciencia muda Inclina silenciosa la cabeza Ante el adusto ceño de la muerte, Que humilla de los hombres la altiveza. La madre va a morir; hay en su rostro Marchita juventud; hay hermosura, Aunque el puro rosado de su frente Se desvanece ya. Cuando murmura Adiós de eternidad con voz doliente, Brilla su llanto en las pestañas rubias A la postrera luz de su mirada, Como la lluvia en la dorada espiga Por la luz de la tarde iluminada. Y su hijo está allí; besa de hinojos Una mano ya gélida y convulsa, Mientras se enturbian los brillantes ojos Y el ya cansado corazón no impulsa. Él tiene vida, de su madre esencia, Que hoy infundirle entre sus besos quiere; ¿Por qúé, por qué, en su mísera impotencia Él no lo puede hacer y ella se muere? Luis está en esa edad, edad de oro Que tiene en cada flor una esperanza, Que tiene en cada estrella su tesoro;— La edad en que se ingerta, En la savia del niño la del hombre Que vigoroso al porvenir despierta; Si como hoguera que calor derrama La llama de la vida en él abunda, ¿Por qué por falta de una chispa sola Se congela la madre moribunda? Y llora, y para qué, si de la muerte Es la cuchilla tan templada, tanto, Que no se amella en el dolor más fuene Ni se enmohece en la humedad del llanto, Ni siquiera en el llanto de la madre, La madre, hostia sagrada, A donde Dios desciende cada día Para alentar la humanidad cansada. De pie, en la enferma la mirada fija, Don Juan está del lecho a la testera, Allá en su mente rebuscando en vano Un esfuerzo que hacer, una esperanza, Una ilusión siquiera, Con el afán y anhelo sobrehumano. Con la ansiedad del médico que lucha Y la ansiedad terrible del hermano. En silencio profundo Guarda escondido su dolor inmenso, Y ve perderse una existencia entera, Y ve que es sólo ráfaga de incienso Que sube en espiral hacia otra esfera. ¡Oh trinidad augusta aunque terrible! Una alma entre dos mundos suspendida, Un hijo reclamando aquella vida, Y un sabio que se estrella en lo imposible. Con las auras que vienen de la tumba Aquel tibio aposento ya se enfría, Olor de cirio ya, como que zumba El lejano rumor de una salmodia Que fúnebre se canta... De improviso, Como alumbrado por brillante idea, Rápido se levanta El pensativo sabio y se encamina A la estancia vecina, Volviendo presuroso Con la máquina extraña Que aplica cuidadoso Al ya trémulo labio agonizante, En el precioso instante En que con un gemido Como el eco que muere en la enramada, Pero dulce, süave, conmovido. Dice la madre en voz amortiguada; «Siempre bueno has de ser, hijo querido». Ya se cierran sus labios y sus ojos; Ya rota la terrena ligadura, Envuelta en un suspiro el alma pura Se desprende fugaz, y los despojos Se estremecen en la última amargura; El alma haciendo de cariño gala Besa la frente al infeliz mancebo, Y tiende luego pesarosa el ala, Y cual vapor que de los lagos sube Se pierde en el espacio Como impalpable, luminosa nube.

Creo que aI fin barquero y nave El Rhin hundirá en su lecho; Y esto con su canto suave La Lore-ley lo habrá hecho.

Entre bomba azulada se recata Misteriosa bugía Que las formas fantásticas dilata, Envolviendo entre sueño y fantasía El retrete que alumbra Esa luz embozada en la penumbra. Son vagos e indecisos los contornos, Temblando centellean Los dorados magnificos adornos; Parece que en la sombra cuchicean De flamenca pintura Personajes de varia catadura. Gime afuera la lluvia que gotea; De lejano concierto La brisa que en las hojas aletea Trae un rumor indefinible, incierto Que llega a aquel retiro Como eI eco rimado de un suspiro. Con los perfumes que al jardín le roba Allí el ambiente halaga Suave olor de femenil alcoba, Hay una mezcla que el sentido embriaga, Y es el retrete acopio De los sueños del haschis y del opio. Tendida está en magnífica otomana Elvira, que embelesa Con su negro mirar de sevillana y los rizos dorados de una inglesa Y el todo que enamora, Conjunto de crepúsculos y aurora. Luis a sus pies, porque el amor le rinde, La contempla extasiado, Y traspasando del sentido el linde Como a su dios la adora entusiasmado, Y distraida Elvira Vagando en otros sueños, ni le mira. Luis las palabras del amor más tiernas En sus oídos vierte, Promete dichas que serán eternas Y que no han de acabarse con la muerte: En su infeliz anhelo Pinta la vida de color de cielo. —«Si tú quieres mi amor, dame riquezas, Ya no me satisfacen Tus dolientes suspiros y ternezas, Fantasmas que en los vientos se deshacen...» Y se levanla altiva Tanto más bella cuanto más esquiva. Se dirige después a la ventana Que de lo alto domina La dormida ciudad, como sultana Que fatigada del placer reclina Las mórbidas espaldas De excelso monte en las musgosas faldas. Los confusos y vagos lineamentos Se pierden y confunden; Informes e indecisos mil concentos En fantásticas músicas se funden; Las llanuras y montes Ondulan en nublados horizontes. Ya la lluvia pasó tras de las cumbres La luna se levanta, Y besando las húmedas techumbres, Las cúpulas doradas abrillanta Y tiembla entre las gotas Que se anidaron en las flores rotas. De la maga la blanca vestidura, Su flotante cabello, Ese algo de infernal de su hermosura Que ilumina en fatidico destello. Ese mirar sombrío Que avasalla y enfrena el albeldrío. Reclinada en el dórico antepecho Del mirador altivo, Se parece a Satán que en su despecho, Hermoso en su crueldad y vengativo Se cierne sin reposo Buscando un bien que acibarar ansioso, Él, que en silencio devoró la afrenta De su orgullo abatido, Y que ya en vano despertar intenta La dignidad que el vicio ha pervertido, A su pasión se entrega Vuelve de nuevo a quien le humilla, y ruega Con una voz que misteriosa suena Entre canto y rugido Como el chirriar del áspera cadena, y el canto del zagal en el ejido; Mientras su mano mueve Contesta Elvira con acento breve: —«¿Allá no ves, en la región lejana En suntuoso palacio Que derramando luz de alta ventana Se asemeja a un fanal en el espacio? Se oculta allí un tesoro; Pues róbalo, hazte rico, y yo te adoro»— Rechazado, el deseo se agiganta, La conciencia vacila, Y entre el humear que la pasión levanta La virtud sofocada se aniquila; Los halagos oprimen, Las sombras crecen, y se yergue el crimen.

haschis

Rotos cendales de esfumada nube Sobre lo terso de la azul esfera, Ráfagas blancas de adormida luna, Negros perfiles de alta cordillera, Agujas, campanarios Como fantasmas hasta el cielo erguidos, Suspiradores árboles mecidos, Verjas, estatuas, templos, santuarios, Parecen que se aduermen Y en silencio reposan solitarios Dándole treguas de la vida al germen. Eterna el agua entre las guijas llora, Eterno gime en la llanura el viento, Eterno en sus dolores y sus luchas No descansa un instante el pensamiento, Ruge el malvado en delirante insomnio, Ve a su lado agitarse los recuerdos Con membranosas alas de demonio, y el niño sonriendo entre su cuna Ve las alas azules, transparentes Del arcángel guardián de su fortuna; El fraile en el convento Entre el ronco rumor de sus plegarias Y del órgano al trémulo lamento Ve surgir en las naves solitarias Las yacentes estatuas Que parecen mover su masa inerte, Y brota de sepulcros olvidados El opaco fulgor de luces fatuas Como vida siniestra de la muerte.

Y más lejos, allá, de la arboleda Entre el ramaje arrullador y umbrío, La blanca quinta, medio oculta queda Como abrigada del calor y el frío; Vierte la luz un pálido reflejo De un balcón al través de los cristales, Como el ojo avizor de un centinela Que presintiendo misteriosos males Entre las sombras previsivo vela. Se oye un rumor sobre la fresca grama, Cual de hojas secas que arrastró la brisa. ¿Son acaso las aves en su nido, O la alimaña que entre el bosque pisa? No. que resbalan por el pie del muro. Unas formas oscuras y ligeras Que salen como a impulsos de un conjuro De los sotos de pinos y de higueras; Alumbra apenas la incubierta luna De aquellas formas el perfil humano; La semi-luz a su intención se aduna, Y los cobija en misterioso arcano. Uno de aquellos por el muro sube Y se allega al balcón en un instante Sale la luna de entre parda nube y alumbra a Luis el pálido semblante. Acobardado entonces, sigiloso Por abierto póstigo se resbala. Y cobijado por amiga sombra Se encuentra al fin en la anchurosa sala; Y huyendo de la luna, que rasgando Las compactadas sombras, ilumina Los átomos que danzan en el aire En polvoroso rastro, se encamina A la alumbrada estancia; convulsivo Entre sus dedos el puñal aprieta, El sanguinoso fuego en las entrañas. El pie inseguro, la mirada inquieta, Le parece escuchar cosas extrañas; Cruza la puerta rápido, se oculta Tras de espeso tapiz que con sus pliegues Entre la sombra la traición sepulta.

El anciano don Juan, allí no lejos En un ancho sillón medio escondido, De amortiguada luz a los reflejos, En amena lectura distraido, Pensando en lo infinito, en lo impalpable, Olvidado tal vez de su existencia, Se transfunde su ser en lo inefable. En el éxtasis santo de la ciencia; Brilla en sus ojos el fulgor celeste Del alma que ante Dios se transparenta, y en la dulce sonrisa de los labios Se revela un pasado sín afrenta. Una niña en que el ángel se adivina Y el ala tras del hombro se trasluce. Con los ojos de noche compactada En que el fulgor de la mañana luce. La boca sonriente, el cuello erguido Sobre el seno de gazas y de encaje, Donde nunca la vista se ha atrevido, Y a donde nunca llegará el ultraje. Así Beatriz sobre el bordado inclina El palpitable busto cincelado, Y soñando en quimeras que imagina. Más de una vez se olvida del bordado. El anciano y la niña, casto grupo Que desprende apacible la armonía. Sublime conjunción de dos reflejos. El del nacer y el del morir del día. Es la flor que al abrirse se desmaya Sobre la fuente que cuajó la nieve. Es una mariposa que entre ruinas Sus alas de oro juguetona mueve. Y los une el amor como un arco-iris Que entre las brumas hasta el cielo sube, E ilumina las canas y los rizos Como el sol los escombros y la nube.

Luis, levantando a medias la cortina, Aquel grupo contempla, y a su mente Como una brisa llena de fragancia Le vienen los recuerdos de la infancia. De aquel amor tan puro e inocente Que a su Beatriz le uniera; aquellos juegos Por caricias no más interrumpidos Cuando buscaban en el huerto frutos. Cuando buscaban en el bosque nidos. Tal vez ella le adore todavía Como en el tiempo aquél; mas la silueta De Elvira se levanta en su memoria Y se ahuyenta la imagen transitoria De aquel recuerdo al quemador aliento: Pero un terror incógnito le acoge, Tiene miedo a su propio pensamiento. Como llarna de incendio de sus vicios El fuego que devora, se agiganta: Persiste en un proyecto que repugna Y avanza en un camino que le espanta. —«Señor», la niña con acento blando Dice en la voz que música desprende, El anciano interrumpe su lectura Y con semblante cariñoso atiende. —«Me ofreciste el final de aquella historia "Melancólica y triste de tu humana y algo más prometiste». —«Ya recuerdo. ¡Cuánta tristeza este recuerdo emana!» Le contesta el anciano, y de sus ojos Una lágrima rueda silenciosa. —«Hija, escúchame pues, murió en mis brazos, Fue a buscar otra vida más dichosa; Yo recibí su postrimer aliento Y por medio de máquina sencilla He guardado los ritmos de su acento» —«¿El Fonógrafo?» —«Grande maravilla Que es de la ciencia la primera gloria Pues no olvida jamás lo que ha escuchado Esta infalible, eléctrica memoria; Alcánzalo, allá está, y ahora mismo Podrás oír su voz y sus palabras, Palabras de virtud, que en un abismo Ya su hijo arrojó»,— Luis se adelanta Al oír un rumor: el golpe esperan Sus compañeros. el puñal levanta, Dice entre dientes blasfemando «Mueran»; Pero entonces se oyó como un gemido. Como el eco que muere en la enramada. Pero dulce, sonríe, conmovido Que dice con la coz amortiguada «Siempre bueno has de ser hijo querido»

Cayose de la mano El homicida acero; Y al oír el acento sobrehumano Sintió el culpable estremecerse entero Todo su ser, cayendo de rodillas El perdón implorando Exclamó con la voz desgarradora: —«¡Mí madre idolatrada Desde los cielos mi maldad veía; Su consejo olvidé, mas desde ahora Siempre bueno he de ser, oh madre mía!»