Spanish poem
Cárlos Coello
by José Campo Arana (1847–1885)
Yo padezco, lector, frecuentemente, —sin que sepa la causa verdadera ni si es cosa del cuerpo ó de la mente,— una tristeza amarga, que inclemente me domina, me rinde y desespera.
La sangre que en mis venas comprimida caminaba en raudal impetüoso, parece detenerse en su carrera, y sin calor, sin fuerza, empobrecida, se desliza con paso perezoso como si en mí la vida se extinguiera. La luz no hiere con su lumbre pura mis ojos apagados donde ántes su fulgor resplandecía, y á través de una niebla siempre oscura miro la alegre claridad del dia.
No hay eco que hasta mí llegue distinto, ni idea que despierte mi entusiasmo; no hallo placer que excite en mí el instinto, ni dolor que me saque del marasmo. Dios, la gloria, el amor, la patria, el arte, ídolos de mi ardiente desvarío, sólo me inspiran pesaroso hastío; que parece domar mi sér inerte la calma precursora de la muerte.
Un remedio á mi mal buscando en vano, ya me siento al piano y recorro con mano perezosa las teclas de marfil de uno á otro extremo, modulando en su marcha caprichosa extrañas melodías en las que siempre va del alma parte, llenas de extravagantes fantasías, sin hilacion, sin formas y sin arte, brillantes una vez y otra sombrías; canto salvaje que mi mente eleva sin que el arte lo cubra con su manto, que el viento nunca lleva á donde yo lo envío; notas de una oracion ó de un lamento que nadie escuchar quiere, y que van á perderse en el vacío ignoradas y solas, como el grito del náufrago que muere en el rumor de las revueltas olas.
Ya el exánime cuerpo abandonando á la extraña inaccion que le avasalla, los tristes ojos á la luz cerrando, sin que la voluntad le oponga valla, dejo á mi pensamiento libre vuelo; mas de un sueño imposible en pos se lanza, y vaga en loco anhelo de un recuerdo á un dolor ó á una esperanza, de una idea á otra idea, sin conseguir hallar lo que desea. Ya queriendo fijar mi pensamiento, sobre el blanco papel la mano puesta, expresar con palabras mi ánsia intento; y comienzo novelas y canciones, y poemas, y dramas, y cien cosas que no pasan jamás de tres renglones. Fragmentos que conservo en mi cartera, que leo con el alma estremecida, porque en esos fragmentos está entera la historia de mi vida.
Mas todo en vano: ni en los dulces sones de la rica armonía, ni en las anchas regiones donde mi pensamiento desvaría, llenas de luz, de amor y de belleza, puedo encontrar alivio á mi tristeza.
Si vuelvo á Dios el ánimo contrito y piedad de mi pena le demando con humilde fervor y acento blando, el aliento maldito de la duda cobarde y acerada á envenenar mis pensamientos viene, y en mis labios detiene Una oracion apenas comenzada.
Vuelvo entónces los ojos á la tierra y de mí se apodera horrible espanto al ver los séres que en su seno encierra. Unos con rabia atroz, otros con llanto, alzan al cielo punzador gemido, y el de unos en el de otros confundido, en concierto infernal, que crece y crece como el mar al alzarse enfurecido, hacen llegar sin tregua hasta mi oido un grito de dolor que me enloquece.
Por fin, tras largas horas de ignorado martirio, el mal se aleja trocándose en hondísima amargura que ya nunca me deja.
Entónces, á mi afan suelto la llave y escribo, sin pensar adquirir gloria ni de fama ó de títulos ansioso, —que esa ambicion en mí fuera irrisoria. Escribo, como llora el desgraciado, como canta el alegre; porque el pecho es para el hondo sentimiento estrecho y se desborda el duelo ó la alegría, ésta con expansiva carcajada, aquél en una lágrima sombría. Escribo sin buscar otra ventura, sin anhelar más precio á mis canciones que desahogar un poco mi amargura.
No busques pues, lector, en mí al poeta ni al hablista galano, ni al pensador severo: Dios me negó favor tan soberano y yo que fiel su voluntad venero, á mi modesta inspiracion me allano. Dotes tan altas, ni fingirlas puede el mortal á quien Él no las concede.
Mas no por eso cesará mi canto, que en el concierto inmenso, de la tibia mañana que la dulce y alegre primavera con aromas y flores engalana, del grillo entre las yerbas escondido el ingrato chirrido, se une al canto de amores regalado del pardo ruiseñor enamorado, y al zumbido monótono y constante del insecto infeliz, el tierno arrullo de la tórtola amante y del arroyo el plácido murmullo; y de unos en la de otros confundida la voz, ésta apacible, aquélla ingrata, forman, por atraccion desconocida, el himno poderoso de la vida que en los aires fermenta y se dilata.