Versos Spanish José Hernández La vuelta de Martín Fierro — V

Spanish poem

La vuelta de Martín Fierro — V

by (1834–1886)

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Aquel desierto se agita cuando la invasion regresa; llevan miles de cabezas de vacuno y yeguarizo; pa no afligirse es preciso tener bastante firmeza.

Aquello es un hervidero de pampas -un celemín-. Cuando riunen el botín juntando toda la hacienda, es cantidá tan tremenda que no alcanza a verse el fin.

Vuelven las chinas cargadas con las prendas en montón; aflige esa destrucción: acomodaos en cargueros llevan negocios enteros que han saquiao en la invasión.

Su pretensión es robar, no quedar en el pantano; viene a tierra de cristianos como juria del infierno; no se llevan al Gobierno poerque no lo hallan a mano.

Vuelven locos de contento cuando han venido a la fija; antes que ninguno elija empiezan con todo empeño, como dijo un santiagueño, a hacerse la repartija.

Se reparten el botín con igualdad, sin malicia; no muestra el indio codicia, ninguna falta comete: solo en eso se somete a una regla de justicia.

Y cada cual con lo suyo a sus toldos enderieza; luego la matanza empieza tan sin razon ni motivo, que no queda animal vivo de esos miles de cabezas.

Y satisfecho el salvaje de que su oficio ha cumplido, lo pasa por ahi tendido volviendo a su haraganiar, y entra la china a cueriar con un afán desmedido.

A veces a tierra adentro algunas puntas se llevan; pero hay pocos que se atrevan a hacer esas incursiones, porque otros indios ladrones les suelen pelar la breva.

Pero pienso que los pampas deben de ser los mas rudos; aunque andan medio desnudos ni su conveniencia entienden: por una vaca que venden quinientas matan al ñudo.

Estas cosas y otras piores las he visto muchos años; pero si yo no me engaño concluyó ese vandalaje, y esos bárbaros salvajes no podran hacer mas daño.

Las tribus están deshechas; los caciques más altivos estan muertos o cautivos, privaos de toda esperanza, y de la chusma y de la lanza, ya muy pocos quedan vivos.

Son salvajes por completo hasta pa su diversión, pues hacen una junción que naides se la imagina; recien le toca a la china el hacer su papelón.

Cuando el hombre es mas salvaje trata pior a la mujer: yo no sé que pueda haber sin ella dicha ni goce. ¡Feliz el que la conoce y logra hacerse querer!

Todo el que entiende la vida busca a su lao los placeres; justo es que las considere el hombre de corazón; sólo los cobardes son valientes con sus mujeres.

Pa servir a un desgraciao pronta la mujer está; cuando en su camino va no hay peligro que le asuste; ni hay una a quien no le guste una obra de caridá.

No se allará una mujer a la que esto no le cuadre; yo alabo al Eterno Padre, no porque las hizo bellas, sino porque a todas ellas les dió corazón de madre.

Es piadosa y diligente y sufrida en los trabajos; tal vez su valor rebajo aunque la estimo bastante; mas los indios inorantes la trata al estropajo.

Echan la alma trabajando bajo el mas duro rigor; el marido es su señor, como tirano la manda, porque el indio no se ablanda ni siquiera en el amor.

No tiene cariño a naides ni sabe lo que es amar. ¿Ni que se puede esperar de aquellos pechos de bronce? Yo los conocí al llegar y los calé dende entonces.

Mientras tiene qué comer permanece sosegao; yo que en sus toldos he estao y sus costumbres oservo, digo que es como aquel cuervo que no volvio del mandao.

Es para él como un juguete escupir un crucifijo; pienso que Dios los maldijo y ansina al ñudo desato: el indio, el cerdo y el gato redaman sangre del hijo.

Mas ya con cuentos de pampas no ocuparé su atención; debo pedirles perdón, pues sin querer me distraje; por hablar de esos salvajees me olvidé de la junción.

Hacen un cerco de lanzas, los indios quedan ajuera; dentra la china ligera como yeguada en la trilla, y empieza allí la cuadrilla a dar güeltas en la era.

A un lao están los caciques, capitanejos y el trompa tocando con toda pompa como un toque de fajina; adentro muere la china, sin que aquel circulo rompa.

Muchas veces se les oyen a las pobres los quejidos; mas son lamentos perdidos: al rededor del cercao, en el suelo están mamaos los indios dando alaridos.

Su canto es una palabra y de ahi no salen jamás; llevan todas el compás "Ioká-ioká" repitiendo; me parece estarlas viendo mas fieras que Satanás.

Al trote dentro del cerco, sudando, hambrientas, juriosas, desgreñadas y rotosas, de sol a sol se lo llevan: bailan aunque truene o llueva, cantando la mesma cosa.