Versos Spanish José Hernández La vuelta de Martín Fierro — VIII

Spanish poem

La vuelta de Martín Fierro — VIII

by (1834–1886)

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Mas tarde supe por ella, de manera positiva, que dentró una comitiva de pampas a su partido, mataron a su marido y la llevaron cautiva.

En tan dura servidumbre hacían dos años que estaba; un hijito que llevaba a su lado lo tenía. La china la aborrecía tratandola como esclava.

Deseaba para escaparse hacer una tentativa, pues a la infeliz cautiva naides la va a redimir, y allí tiene que sufrir el tormento mientras viva.

Aquella china perversa, dende el punto que llegó, crueldá y orgullo mostró porque el indio era valiente: usaba un collar de dientes de cristianos que él mató.

La mandaba a trabajar, poniendo cerca a su hijito tiritando y dando gritos, por la mañana temprano, atado de pies y manos lo mesmo que un corderito.

Ansí le imponía tarea de juntar leña y sembrar viendo a su hijito llorar, y hasta que no terminaba, la china no la dejaba que le diera de mamar.

Cuando no tenían trabajo la emprestaban a otra china, "Naides", decía, "se imagina, ni es capaz de presumir cuanto tiene que sufrir la infeliz que esta cautiva".

Si ven crecido a su hijito, como de piedá no entienden y a suplicas nunca atienden, cuando no es éste es el otro, se lo quitan y lo venden o lo cambian por un potro.

En la crianza de los suyos son bárbaros por demás. No lo habia visto jamás: en una tabla los atan, los crian así, y les achatan la cabeza por detrás.

Aunque esto parezca extraño, ninguno lo ponga en duda: entre aquella gente ruda, en su bárbara tropeza, es gala que la cabeza se les forme puntiaguda.

Aquella china malvada, que tanto la aborrecía, empezó a decir un día, porque falleció una hermana, que sin duda la cristiana le había echado brujería.

El indio la sacó al campo y la empezó a amenazar que le había de confesar si la brujería era cierta; o que la iba a castigar hasta que quedara muerta.

Llora la pobre afligida, pero el indio, en su rigor, le arrebató con juror al hijo de entre sus brazos, y del primer rebencazo la hizo crujir de dolor.

Que aquel salvaje tan cruel azotándola seguía; más y más se enfurecía cuanto mas la castigaba y la infeliz se atajaba los golpes como podía.

Que le gritó muy furioso "Confechando no querés;" la dió vuelta de un revés y, por colmar su amargura, a su tierna criatura se la desgolló a los pies.

"Es increible" me decía, "Que tanta fiereza esista; no habrá madre que resista; aquel salvaje inclemente cometió tranquilamente aquel crimen a mi vista."

Esos horrores tremendos no los inventa el cristiano: "Es bárbaro inhumano" -sollozando me lo dijo- "Me amarró luego las manos con las tripitas de mi hijo."