Spanish poem
La vuelta de Martín Fierro — XXVI
by José Hernández (1834–1886)
Cuando me llegó mi turno dije entre mí: "Ya me toca", y aunque mi falta era poca no sé por que me asustaba; les asiguro que estaba con el Jesús en ia boca.
Me dijo que yo era un vago, un jugador, un perdido; que dende que fí al partido andaba de picaflor; que había de ser un bandido como mi antesucesor.
Puede que uno tenga un vicio y que de él no se reforme, mas naides esta conforme con recebir ese trato: yo conocí que era el ñato quien le había dao los informes.
Me dentro curiosidá, al ver que de esa manera tan siguro me dijera que jué mi padre un bandido; luego, lo habrá conocido, y yo inoraba quien era.
Me empeñé en aviriguarlo; promesas hice a Jesús; tuve por fin una luz y supe con alegría que era el autor de mis días el guapo sargento Cruz.
Yo conocía bien su historia y la tenía muy presente: sabía que Cruz, bravamente, yendo con una partida, había jugado la vida por defender a un valiente.
Y hoy ruego a mi Dios piadoso que lo mantenga en su gloria; se ha de conservar su historia en el corazón del hijo; el al morir me bendijo yo bendigo su memoria.
Yo juré tener enmienda y lo conseguí de veras; puedo decir ande quiera que, si faltas he tenido, de todas me he corregido dende que supe quién era.
El que sabe ser güen hijo a los suyos se parece; y aquel que a su lado crece y a su padre no hace honor, como castigo merece de la desdicha el rigor.
Con un empeño costante mis faltas supe enmendar; todo conseguí olvidar, pero, por desgracia mía, el nombre de Picardía no me lo pude quitar.
Aquel que tiene güen nombre muchos dijustos se ahorra, y entre tanta mazamorra no olviden esta alvertencia: aprendí por esperencia que el mal nombre no se borra.