Spanish poem
El trovador
by José María de Pereda (1833–1906)
Ya del rubicundo Febo las relumbrantes guedejas sus destellos apagaron tras de las peladas selvas. Cueto, el ilustre lugar, confín de la noble Iberia, el de las sensibles Hadas y retozonas Napeas; patria de grandes varones, cuna de tamañas hembras; Cueto, en fin, que no hay más que él, ni caben más en la tierra, duerme el sueño de los justos entre escajos y tinieblas. Nada turba su reposo, nada su quietud altera; ni un perro que ladre inquieto; ni un cencerro que se mueva; ni una vaca que, bramando, pida su ración de yerba; ni un suspiro, ni un lamento, ni una risa, ni una queja.
De repente, y sin preludios, rasgando la bruma densa, un relincho se elevó hasta la celeste esfera, retumbando en las colinas cual la lúgubre trompeta llamando a juicio final al desquiciarse la tierra; y poco tiempo después, entre las zarzas espesas, viose aparecer un hombre hacia el fin de una calleja, avanzando a grandes pasos, que marcaba con presteza, sobre los duros morrillos, el son de su almadreñas. Saltó en seguido un vallado, subió de un prado la cuesta, y en una casa fijóse de pobre y ruda apariencia. Entró luego en el corral sin aprensión ni cautela; y echando hacia atrás los codos y hacia delante la jeta, otro relincho lanzó mejor que la vez primera. Tosió dos veces seguidas, separó sus largas piernas, cargóse sobre el garrote, echó el sombrero a la izquierda; y abriendo de boca un palmo, fija la vista en la puerta, cantó con voz infinita estas sentidas
ENDECHAS
«En el corral de tu casa estoy, para lo que mandes, a las once de la noche con un frío que me parte.
Si acaso no estás dormida y escuchas estos cantares, deja rodar una lágrima de tus ojos, cuando acabe.
En el día de San Juan hará tres años cabales que nos dimos la palabra estando Lucu delante...
¡Mala cólera me lleve si pensé, Nela, engañarte, ni en que me salieras luego con que no quiere tu padre!
¡La culpa me tengo yo, burro, animal y salvaje, que te tengo tanto amor que en el cuero no me cabe!
Yo no duermo ni sosiego una noche ni un instante, ni tengo salú completa pensando en ti y en tu padre.
Porque él me tiene la culpa, y de aquí no hay quien me saque; y él también tiene que ser el que dé conmigo al traste.
Ya la borona no me entra, y el pan no me satisface, ni me llenan las patatas, ni me paran los bisanes.
Ni se me abre el apetito con vino blanco y panales, ni aunque me dieran a pienso garbanzos y chocolate.
No voy el domingo al corro si tú no estás en el baile, ni me pongo otra camisa que la que tú me bordeastes.
A escuras vivo de día llorando a moco colgante, hasta que llega la noche y aquí me vengo a cantarte.
Así ya se van pasando tres años, Nela, cabales, y así pasaré la vida como de mí no te apiades.
¡Mira que no puedo más con estos pícaros males que amores llaman las gentes y yo llamo... barrabases!
¡Mira que ya de penar tengo el pecho tan inflante, que parece el corazón un puchero de los grandes!
Yo bien quisiera, Neluca, darlo todo al desbarate antes que pasar la vida rodando por los bardales:
Pero si tú no te arrojas, como no puedo olvidarte, no me queda más remedio que algún rayo que me aplane.»
Calló la voz, y al momento, con misteriosa prudencia, un ventanillo se abrió en el fondo de la puerta.
¡Nela!-¡Colás!... ¡no seas bruto! -¿En qué te he ofendido, Nela? -Ya te he dicho que no cantes,
Colás... ¡no me comprometas! ¡Mira que cada cantar una paliza me cuesta!
-¡Una paliza, mi bien! ¿Y quién rayos te la pega? ¡Dímelo, Nela, por Dios; por Dios me lo dice, Nela!
-¡Pégame, Colás, mi padre!; mi padre, Colás, me pega! -Entonces... -Entonces ¿qué? -Entonces, nada, pacencia...
y no me olvides, por Dios, aunque a puro darte leña se te queden las costillas como una banasta vieja.
-¡Es que ya no puedo más! -No importa, puede o revienta; que, al fin y al cabo, ha de ser... Dame de amor otra prenda.
-Toma una liga, Colás: bien caliente te la llevas... Dijo, y le entregó un esparto que él se guardó en la chaqueta.
-Ahora, por esa ventana echa los morros afuera. -¿Para qué?-Pa lo que sabes... -No seas bárbaro. -¡Anda, Nela!
-Ahora, vete. -No me voy. -Quiero que te largues, ¡ea! -¡Mira que entoavía es trempano! -Pues si no quieres, lo dejas. Y le dio con la ventana en la mismísima jeta.
-Ascucha, Nela, otro poco... ¡no te me encultes!... ¡aspera! gritaba el pobre Colás dando golpes en la puerta.
-Nada más que un poquitín, ¡cinco menutos siquiera!
Y a la misma cerradura pegaba el pobre la oreja, para escuchar si volvía la su idolatrada Nela.
Un largo rato pasó exhalando amargas quejas, llamando en todos los tonos y sacudiendo la puerta; pero fue tiempo perdido, porque ya roncaba Nela.
Entonces, desesperado, maldijo su suerte perra, calóse más el sombrero, abrochóse la chaqueta, y, requiriendo el garrote, salió del corral afuera. Echó por el prado abajo, torció luego a la derecha, un seto saltó después; y, al entrar en la calleja, antes que los matorrales por completo le cubrieran, otro relincho lanzó volviendo atrás la cabeza. Después siguió su camino; internóse en la calleja, y se apagó entre el ramaje el son de sus almadreñas.