Versos Spanish José María Heredia y Heredia ¿Quién Hay, Mujer Divina

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¿Quién Hay, Mujer Divina

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¿Quién hay, mujer divina, Que al mágico poder de tus encantos Pueda ya resistir? El alma mía Se abrasó a tu mirar: entre la pompa Te contemplé del estruendoso baile, Altiva y majestuosa descollando Entre tanta hermosura, Cual palma gallardísima y erguida De la enlazada selva en la espesura. De tu rosada boca la sonrisa Mas grata es ¡ay! que en el ardiente julio De balsámica brisa el fresco vuelo, Y tus ojos divinos replandecen Como el astro de Venus en el cielo. Mas ágil y serena, Al compás de la música sonante Partes veloz, y mi agitado pecho Palpita de placer. Cual azucena, Que al soplo regalado Del aura matinal mueve su frente, Que coronó de perlas el rocío, Así, de gracias y de gloria llena, Giras ufana, y la expresión escuchas De admiración y amor, y los suspiros Que vagan junto a ti; pues electriza A todos y enamora Tu beldad, tu abandono, tu sonrisa, Y tu actitud modesta, abrasadora. ¡Ay! todos se conmueven: Sus compañeras tristes, eclipsadas, Se agitan despechadas, Y ni a mirarla pálidas se atreven. Ellos arden de amor y ellas de envidia. ¿Y engaños y perfidia Se abrigarán en el nevado seno Que hora palpita blandamente, lleno De celeste candor?... —¡Afortunado El mortal a quien ames encendida, A quien halagues tierna y amorosa Con tu mirar sereno y blanda risa...! Divina joven, ¿me amarás? ¿quién supo Amar ¡ay! como yo? Tus ojos bellos Afable pon en mí; seré dichoso. En tus labios de rosa el dulce beso Ansioso cogeré: ¡sobre tu seno Reclinaré mi lánguida cabeza, Y espiraré de amor...! ¡Mísero! en vano Hablo de amor, en ilusión perdido. ¡Ángel de paz! de ti correspondido Nunca ¡infeliz! seré. Mi hado tirano A estériles afectos me condena. ¡Ay! el pecho se oprime; consternado Me agito, gimo triste, Y me siento morir... —¡Dios que me miras, Muévate a compasión mi suerte amarga, Y alivia ya la insoportable carga Del corazón ardiente que me diste!

Tú eres más bella que la blanca luna Cuando en noche fogosa del estío, Precedida por brisas y frescura, En Oriente aparece, Y sube al yermo cielo, y silenciosa En medio de los astros resplandece.

Su indigno compañero La lleva entre sus brazos insensible, Y yerto, inanimado, Gira en torno de sí los vagos ojos, Y sus gracias no ve... No más profanes, Insensible mortal, ese tesoro, Que no sabes preciar: ¡huye! ¡mis brazos Estrecharán al inflamado seno Ese ángel celestial!... —¡Oh! si pudiera Hacerme amar de ti, como te adoro, ¡Cuál fuera yo feliz! ¡Cómo viviera Del mundo en un rincón, desconocido, Contigo y la virtud!... Mas no, infelice; Yo de angustia y dolores la llenara; Y en su inocente pecho derramara La agitación penosa Que turba y atormenta Mi juventud ardiente y borrascosa. ¡No, mujer adorada! Vive feliz sin mí... Yo generoso Gemiré y callaré; seré dichoso, Si eres dichosa tú... Benigno el cielo Oiga mis votos férvidos y puros, Y en tu pecho conserve De inocencia la calma, La deliciosa paz, la paz del alma, Que severo y terrible me ha negado, Cuando me ha condenado A gemir, y apurar sin esperanza Un doloroso cáliz de amargura, Y a que nunca me halaguen Sueños de amor y plácida ventura.